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Consejos para Colombia de países que buscaron la paz, y que algunas veces la encontraron

23/02/2017 9:19 AM CST | Actualizado 23/02/2017 11:05 AM CST

Fredy Builes / Reuters
Colombianos participan en una marcha a favor de la paz por las calles de Medellín, en Colombia, el 7 de octubre de 2016.

Luego de 55 años de un conflicto civil en el que murieron unos 220,000 ciudadanos, Colombia marcha indudablemente hacia la paz.

El gobierno de Juan Manuel Santos firmó un acuerdo de paz con los rebeldes de las FARC e inició negociaciones con el ELN, el segundo grupo guerrillero más grande del país, que todavía sigue armado y en activo.

Sin embargo, estos acuerdos son apenas el primer paso para terminar la guerra. Después viene el desarme, la reintegración, las compensaciones, la justicia... todo el trabajo duro para conseguir que la paz permanezca en una nación muy dolida y polarizada.

En esta frágil encrucijada, The Conversation Global invitó a académicos a reflexionar sobre recientes procesos de paz de todo el mundo. La pregunta fue: ¿qué lecciones puede aprender Colombia de las transiciones de la guerra civil a la paz vividas por otros países?

Irlanda del Norte: la transición casi nunca es clara

Nick Didlick / Reuters
Carros fúnebres llevan los ataúdes con los cuerpos de integrantes de las milicias del Ira (Ejército Republicano Irlandés) en Belfast el 16 de marzo de 1988.

Todos los acuerdos de paz tienen características comunes a pesar de los conflictos específicos que tengan lugar. Tienen un inicio y un final y la transición rara vez es transparente. Los acuerdos de paz incluyen sus propios problemas debido a que representan compromisos en los que las partes abandonan su principal opción (la victoria) por un acuerdo mutuo. Así que, invariablemente, algunos oponentes mantienen la fidelidad a su primera opción, por lo que se convierten en un grupo automáticamente opuesto al acuerdo de paz.

A diferencia del acuerdo original de Colombia, el Acuerdo del Viernes Santo de Irlanda del Norte fue aprobado en su referendo. Sin embargo, el entusiasmo pronto se erosionó porque, como en Colombia, las fuerzas contrarias al acuerdo trataron de deconstruirlo y renegociarlo, algunas veces regresando al uso de violencia y a menudo politizando problemas de las víctimas y asuntos más generales del pasado Así que el periodo de euforia que acompaña los acuerdos de paz puede ser breve.

También le recordaría a Colombia que los acuerdos de paz no generan de inmediato acuerdos políticos. Si son efectivos, institucionalizan la paz al establecer estructuras políticas por las que se pueden abordar desacuerdos constantes. Los norirlandeses mantienen su desacuerdo respecto a la frontera, la exclusión social y el declive económico, temas que se incluyen en el legado del acuerdo en sí, el cual incluye ajuste de cuentas con el pasado, compensación a víctimas y cómo tratar a los ex combatientes.

Kaveh Kazemi/Getty Images
Protestas en Belfast, Irlanda, con una imagen de la primera ministra británica Margaret Thatcher, a la que llamaron

Colombia enfrenta desacuerdos relevantes en temas sociopolíticos y económicos, como la pobreza, la reforma de la tierra, los cárteles de las drogas y la participación de los indígenas en la democracia. Estos no van a desaparecer con la firma de un acuerdo.

El presidente colombiano ha señalado lo mucho que le inspiró el proceso de paz de Irlanda del Norte y gente de todas las facciones en el Norte se involucraron profundamente en las negociaciones colombianas.

Pero también nosotros podemos aprender del acuerdo de Colombia, el cual tiene algunas ventajas clave sobre el de Irlanda del Norte. De manera crucial, incluye medidas respecto a un proceso puntual de desmilitarización y desmovilización de grupos armados e incluye un proceso formal de recuperación de la verdad, supervisado por agencias internacionales independientes.

La verdad algunas veces puede ser problemática, pero los países que buscan la paz duradera deben encontrarla y debatirla.

-John Brewer, Universidad Queen, Belfast

Argentina: la justicia auténtica requiere concesiones

STR New / REUTERS/Mariano Paiz
Las personas esperan un veredicto afuera del juicio al ex dictador argentino Jorge Videla, en 2013.

En una justicia transicional, preservar la democracia puede entrar en conflicto con la aplicación equitativa del derecho penal. Si bien es crucial enviar el mensaje de que nadie está por encima de la ley, es también fundamental proteger las libertades de las personas. Hacerlo implica ceder muchas cosas que muchos ciudadanos no querrán conceder.

Raúl Alfonsín enfrentó estos dilemas morales cuando tomó posesión en 1983 como el primer presidente electo en Argentina luego de las dictaduras que asolaron al país entre 1976 y 1983.

A Alfonsín lo guiaron tres convicciones principales:

Primero, que restablecer el estado de derecho requería que, por lo menos, los responsables de diseñar y ordenar las violaciones masivas de derechos humanos fueran castigados. De otra manera, la noción de que los poderosos pueden evadir la justicia podría erosionar o hasta impedir la formación de nuevas instituciones democráticas.

La segunda: para prevenir que se repitan los horrores del pasado, la gente debe conocer toda la verdad sobre lo que pasó.

Y, finalmente, todo esto debía llevarse a cabo sin poner en riesgo la paz futura y la libertad de los argentinos, por lo que bajo ninguna circunstancia la nueva y frágil democracia podría exponerse a un rompimiento.

Enrique Marcarian / Reuters
El ex presidente y dictador argentino Jorge Videla escucha el veredicto en el juicio en su contra el 5 de julio de 2012 en Buenos Aires.

El plan de Alfonsín no satisfizo a todos. Pero a pesar de los pronósticos, Argentina fue el primer país del mundo que buscó castigar a los líderes de una de las dictaduras latinoamericanas más sangrientas. Y conseguimos esto apenas a unos meses de que dejaron el poder, con nuestras propias cortes y jueces.

El presidente Néstor Kirchner abrió o reabrió juicios en contra del resto de los perpetradores 20 años después. Esto ocurrió a los pocos años de las reclamaciones de los defensores de los derechos humanos y, cabe destacar, en un contexto nacional menos amenazante.

Colombia enfrenta una situación similar en su complejidad y no hay un acto en sí que sea suficiente para lidiar con el pasado. La paz y el cese son parte de un proceso que abarca décadas en el que la sociedad hace y rehace sus planes al tiempo que se aferra a sus principales convicciones morales.

-Roberto P. Saba, Universidad de Palermo

Bosnia: no hay que politizar a las víctimas

Danilo Krstanovic AVD/CMC Reuters Photographer / Reuters
A dos mujeres bosnias católicas les avisan que su evacuación a la costa de Croacia fue pospuesta, esto el 27 de noviembre de 1993.

Colombia puede aprender algunas cosas del frágil proceso de Bosnia hacia la paz , el cual inició hace más de dos décadas. Los Acuerdos de Paz de Daytona de 1995, a pesar de que no se concibieron como una solución definitiva, allanaron el camino para la constitución de una nueva Bosnia y Herzegovina luego de la guerra civil de más de tres años y medio.

Una diferencia evidente con Colombia es que, en lugar de reunir a facciones en pugna, el acuerdo de paz dividió al país en varias unidades administrativas, basadas en el origen étnico. Este arreglo dificulta conseguir acuerdos políticos sobre cualquier aspecto de relevancia para el país y ha llevado a divisiones basadas en la etnicidad.

En Bosnia, los intentos para establecer una comisión de la verdad y reconciliación fracasaron; simplemente no se encontró la disposición política para establecerla. Así que la justicia retributiva se convirtió en el único mecanismo de justicia transicional del gobierno.

En este sentido, es bueno que la iniciativa colombiana sea más comprensiva y que haya surgido desde el interior. La paz y la reconciliación nunca debe imponerse por terceras partes.

Antonio Bronic / Reuters
Bosnios marchan por la paz en 2015, 20 años después del fin de la guerra.

También es positivo que los acuerdos de Colombia se basen en principios de justicia restaurativa y que incluyan una combinación de medidas judiciales y no judiciales, una comisión de la verdad y garantías de no repetición de los hechos.

Sin embargo, esto por sí mismo no es suficiente. Otros actores y mecanismos, como los grupos de la sociedad civil y las variadas formas de intervenciones culturales, no deberían de ubicarse al margen.

Y aunque los derechos de las víctimas parecieron haber tenido espacio en el acuerdo colombiano de paz, las víctimas del conflicto debieron haberse incluido en los procesos de toma de decisión y de redacción de las leyes.

De forma crucial, esto debe incluir tomar en cuenta el género de las víctimas. Los acuerdos de Daytona de Bosnia no lo incluyeron. No hubo presencia de mujeres durante las negociaciones o las firmas, y los acuerdos no tratan sobre los daños sufridos por las mujeres en la guerra, y tampoco tocan las necesidades específicas de las mujeres en las secuelas.

Aplaudo que el acuerdo de Colombia reconozca que la comisión de la verdad y reconciliación otorgue atención específica a las mujeres. Sin embargo, las mujeres no deberían de ser vistas solo como víctimas "especialmente vulnerables"; también deben ser vistas como constructoras de la paz y tomadoras de decisiones, tal como lo recomienda la ONU.

Finalmente, Colombia no debe politizar a las víctimas ni al victimismo. Cada representante del gobierno bosnio glorifica el victimismo de sus respectivos pueblos para mantener una atmósfera de temor, poder y control al tiempo que el victimismo y el sufrimiento de los demás raramente se reconoce. Colombia podría, sabiamente, evitar la creación de jerarquías de los crímenes puesto que esa no es una fórmula para la reconciliación.

Es con todo fervor que deseo que a 20 años de distancia, Colombia no slo tenga acuerdos de paz (como los tiene Bosnia), sino que llegue a la propia paz.

-Olivera Simic, Universidad de Griffith

República Democrática del Congo: una lección sobre lo que no se debe hacer

LIONEL HEALING/AFP/Getty Images
El 2 de octubre de 2005 soldados de las Fuerzas Armadas de la República Democrática del Congo inspeccionan armas confiscadas.

La República Democrática del Congo inició un paquete de procesos de desarme, desmovilización y reintegración (DDR) que duró más de una década y que fue financiado principalmente por el Banco Mundial, luego de que en la Segunda Guerra del Congo (1998-2003) murieran casi 3.9 millones de personas. En términos de procesos de paz, esta es una lección sobre lo que no se debe hacer.

Aunque hubo un relativo éxito en el desarme y el registro de combatientes, el DDR del Congo fracasó en su promesa de crear la paz, la seguridad y el desarrollo socioeconómico para los ex combatientes, sus familias y el pueblo congoleño.

Hoy, la economía del Congo está hecha trizas, tiene a un presidente deshonesto y las muertes de civiles, así como el conflicto armado están resurgiendo.

El problema fundamental es que el proceso de paz fue empujado desde fuera. Además del banco Mundial, tanto la ONU como la Organización Internacional de la Migración (OIM) mandaron misiones paralelas que competían entre sí.

Otros tres retos que pudieran servir de ejemplo a Colombia:

Primero, el DDR del Congo careció de consultas independientes consistentes o intensivas con víctimas de la guerra o con ex combatientes. Como resultado, el programa pareció estar desconectado con las necesidades de muchas comunidades.

Las víctimas no recibieron apoyo psicológico, y la capacitación laboral para los ex combatientes fue mediocre y a menudo inapropiada: la mayoría de los antiguos soldados tenía aspiraciones personales, desde terminar su educación a abrir un negocio o aprender a programar por computadora, pero nunca tuvieron estas opciones.

Juda Ngwenya / Reuters
Joseph Kabila espera a ser jurado como presidente de la República Democrática del Congo, en una ceremonia en Kinshasa el 26 de enero de 2001.

En segundo lugar, el financiamiento, especialmente en la fase final de reintegración, llegó tarde o muy agitado, lo que significó que el seguimiento a los procesos fue limitado. Con nadie para revisar o ayudar a que los ex combatientes tuvieran éxito en la vida civil, mi investigación demuestra que muchos veteranos de guerra de la RDC se volvieron a unir a grupos armados en activo.

Finalmente, los principales oficiales obtuvieron puestos de alto nivel en el gobierno. Esto pudo haber ayudado a evitar un comportamiento de sabotear, pero ofreció poca justicia para millones de congoleños ordinarios, quienes han sufrido por décadas.

Así que, para Colombia, recomiendo enfáticamente que el proceso de reintegración sea financiado adecuadamente a través de todas sus fases, desde la capacitación al seguimiento. El gobierno también debe continuar ofreciendo a los ex combatientes y a las comunidades los medios para escuchar sus preocupaciones y sus expectativas.

A fin de cuentas, para el banco Mundial, la ONU y la OIM, el programa de la RDC fue más un ejercicio técnico que un tema de justicia o sanación. Las comunidades beneficiadas y los combatientes fueron más estadísticas que seres humanos. Estas organizaciones internacionales ignoraron ampliamente la larga historia de violencia del Congo, la cual se originó en tiempos coloniales y que involucró a muchos actores nacionales e internacionales (incluyendo milicias locales y mercenarios, secuaces del ex dictador Mobutu, Estados Unidos, Bélgica, la ONU, Uganda y Ruanda).

No se podrá tener éxito en el ambicioso plan de paz sin entender las dinámicas locales históricas y sociales. El proceso de paz en Colombia se ha llevado a cabo de forma interna, por su presidente, y está muy anclado en el contexto nacional del país. Esa es una buena señal.

-Stephanie Perazzone, Instituto de Posgrado de Estudios Internacionales y de Desarrollo

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation y luego traducido. Lee el artículo original aquí.

*Este texto representa la opinión del autor y no necesariamente la de The Huffington Post México.

The Conversation

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