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¿Tú también piensas que una adolescente con un 'piercing' es un pésimo ejemplo?

13/09/2017 6:00 AM CDT | Actualizado 13/09/2017 11:51 AM CDT
Olaru Radian-alexandru via Getty Images
Hemera

Mi hija tiene 15 años. Pero desde que se supe que llegaba la hora de inscribirla al kínder, le expliqué que su cuerpo era propiedad solo de ella. Que era, totalmente, libre de decidir todo lo que tenía que ver con él.

Esta explicación iba dirigida en torno a que ella podía elegir a qué personas quería saludar de beso y a quiénes no. Sobre todo, a quienes le permitiría que la tocasen y a quienes no.

Pasaron los años y, hace poco, cuando mi hija entró en la prepa, me comentó que quería ponerse un piercing.

Y entramos en el tema de decorar su cuerpo. Recalco... SU CUERPO.

Yo, desde luego, le repetí a mi hija lo que le había asegurado hace 12 años: Tu cuerpo es tuyo, tú puedes decidir todo sobre él.

Obviamente, le expliqué los pros y los contras de ponerse un piercing desde mi experiencia, porque yo también tengo piercings; sin embargo, cuando dije contras me limité a explicarle los peligros de no tener el cuidado requerido con una perforación. Riesgos para su salud, nada más.

México es un país en el que uno puede ser discriminado por un sinfín de temas, sinrazones y estupideces que inventan una bola de mediocres moralinos.

Unos meses más tarde, llegaron las vacaciones de verano y en mi trabajo organizaron un curso que consiste en que los niños y jóvenes acudan a la oficina a trabajar para que realicen las actividades propias de la profesión que les gustaría estudiar. Mi hija eligió el área de diseño y estaba muy emocionada por conocer cómo es el día a día de un diseñador gráfico. Desde luego a mí me pareció una gran oportunidad para ella.

Y en cuanto llegamos, la dejé con los demás chicos en la recepción y entré a mi oficina.

Al poco rato, la jefa de recursos humanos me la trajo diciéndome que no podía entrar con el piercing que llevaba en la ceja, que se lo tenía que quitar. Además ya estaban siendo muy tolerantes al dejarla pasar con las mechas blancas que tiene en el cabello.

¡Mi hija no era un buen ejemplo!, me recalcó.

Como les contaba, cuando mi hija cumplió tres años y le expliqué acerca de su cuerpo —porque había llegado la hora de llevarla al kínder— me olvidé de explicarle cosas tan simples como que cuando entrara al salón de clases, muchos de sus compañeritos estarían llorando a mares, porque era la primera vez que se separaban de su mamá. Jamás se me ocurrió decirle que quizás también iba a ver a algunas madres llorando a mares, porque era la primera vez que se separaban de sus hijos.

Cuando ella entró al salón de clases se quedó parada en el centro del aula. Su cara era de desconcierto porque no entendía qué sucedía. Yo le había dicho que la escuela era divertida, que iba a conocer a muchos amiguitos, pero jamás le expliqué acerca de este ridículo, pero muy común drama de la despedida a la hora de la entrada.

Y cuando vi su cara con el mismo desconcierto cuando me la trajeron aquí para que la ayudara a sacarse el piercing, me enojé conmigo misma por haber dejado indefensa a mi hija ante la estupidez humana, otra vez.

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Sí, efectivamente, cuando la llevé al lugar donde le hicieron la perforación, jamás, jamás recordé que debía anunciarle que en ese momento en el que la aguja le perforaba la piel se convertía en una persona que podía ser discriminada.

Porque al hablar de perforaciones y tatuajes, y hasta tintes de pelo, entramos en un tema que, desafortunadamente, viene junto con pegado como dijera mi abuelita: la discriminación.

Lamentable, pero cierto. México es un país en el que uno puede ser discriminado por un sinfín de temas, sinrazones y estupideces que inventan una bola de mediocres moralinos que lo único que tienen es un puesto de poder.

Si te pones una camisa de mangas largas y usas un traje, automáticamente, la gente puede creer que eres un exitoso profesionista. ¡Qué ridículas etiquetas!

Y luego recordé las campañas que veo todos los días en el metro que a la voz de —¿cuál es la diferencia?— pretenden terminar con los prejuicios estúpidos en contra de las personas que usamos tatuajes o piercings.

Porque los prejuicios en contra de las personas tatuadas o perforadas funcionan de una forma tan ridícula como cuando Clark Kent se quita los lentes, se convierte en Superman y la gente jamás lo reconoce. Ni siquiera Lois Lane, la mujer que convive con él todos los días. ¿Es en serio? ¿Somos tan primitivos?

De la misma forma, si usas una playera sin mangas y se te ven los tatuajes de los brazos pasas por criminal; pero, si te pones una camisa de mangas largas y usas un traje, automáticamente, la gente puede creer que eres un exitoso profesionista. ¡Qué ridículas etiquetas!

Más tarde, una de las jefa de operaciones vino a cuestionar mi forma de educar a mi hija:

— ¡No sé cómo permites que se haga perforaciones en su cuerpo y que se pinte el cabello, pues apenas tiene quince años! ¡Seguro le permitirás que se tatúe! ¡Seguro ya tiene novio y no te lo dice!

Esa mujer, parada en mi puerta, era la encarnación de la estupidez humana, llena de prejuicios, de etiquetas, de pendejadas.

Por toda respuesta, cual madre rebelde, le dije: ya te respondiste: "es su cuerpo".

Mi hija se quitó el piercing luego de una acalorada discusión. Me dijo que lo haría porque estaba ahí con el propósito de conocer cómo es el trabajo de un diseñador gráfico y así estar segura de que esa era la carrera que quería elegir. Pero que una vez que terminara el curso se volvería a poner el piercing, porque este no la volvía estúpida.

Le expliqué que, desafortunadamente, en muchas ocasiones las personas en niveles de poder mediano y/o alto pueden ser personas retrógradas y cerradas, pero que las cosas van cambiando de manera gradual. O eso quiero pensar.

Michelle trabajó muy duro. Realizó todo el diseño y la imagen del curso: diplomas, boletos, avisos, logotipos; incluso gifs y memes.

El último día del curso todos estaban de acuerdo con que esa chica con piercing, playeras de Spiderman y cabello con mechas blancas era la única niña que en verdad aprovechó el curso, porque no solo lo tomó con toda la seriedad que se esperaba sino que además había sido el elemento más valioso del curso de este año y de los anteriores.

Y después de tres semanas volví a recibir visitas en mi oficina, pero esta vez para felicitarme por lo buena madre que era. ¡Simple y sencillamente ridículo!

Cuando mi hija se iba, bajamos juntas las escaleras del edificio y vimos al sobrino de 15 años de la moralina de recursos humanos fumando un cigarro en la entrada de las oficinas.

Las dos nos miramos y nos reímos mucho.

— Mamá, definitivamente una perforación es mucho peor ejemplo que un cigarro— me dijo con ese humor negro que la caracteriza.

Y sí, el sarcasmo también se lo enseñé yo, pero esa... esa es otra historia.

*Este contenido representa la opinión del autor y no necesariamente la de HuffPost México.