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Todo es culpa de la casa (y de Donald Trump)...

10/11/2016 7:00 AM CST | Actualizado 10/11/2016 10:17 AM CST
Lucas Jackson / Reuters

Ayer amanecimos en un mundo donde ganó Donald Trump.

Donde ganó el racista, abusivo, misógino, ignorante, políticamente incorrecto, soberbio, egoísta, mentiroso, e imbécil de Donald Trump.

Y a Emi (mi hijastro), a mis hijos, y a mí, nos podría haber tocado vivirlo allá.
Pero no.
Lo vivimos por WhatsApp, con mis amigas de NY, quienes me escribían con ataques de pánico, cada vez que un estado se ponía de color rojo.
Sufrí junto con ellas, junto con Emi y junto a mis dos hijos; sentados frente a la televisión.
Y tuvimos un muy-pequeño-momento-emocionante, con el triunfo de Hillary en NY.

Los resultados aparecieron proyectados en el Empire State, que era la vista que teníamos desde nuestra casa, hace dos años...
Y nos pusimos algo nostálgicos.
Juliana dijo:
"Podríamos estarlo viendo desde nuestra ventana..."

Haré casa esté donde esté, mientras esté con mis dos hijos. Donde sea... en una ciudad con un presidente malo. O en otra, con otro peor.

Cada noche cambian las luces del Empire State, cada fecha especial, se ilumina de acuerdo al evento.
Verlo era un espectáculo, sobre todo cuando ya todos dormían.
Era mi happy hour.
(Con vino, obviamente).

via GIPHY

Era una buena casa... y la extraño cada día.
Buena vista, buena ubicación, buena cocina, buen tamaño... puesta con mucho pinche amor.

En México tenemos una casa, puesta con amor sin duda, pero llena de defectos que me encabronan y que nomás no podemos corregir.
Habría que irnos a otra.
Y nomás de pensar en poner "con mucho amor" —otra casa—​​​​​​​ me muero de la hueva.
Tendría que tener amor extra, y a últimas fechas, no me anda sobrando mucho.

Y es así como este pensamiento que arrancó por el pendejo de Trump se pasó a Hillary, dio la vuelta por el Empire State y se metió por la ventana de la sala de nuestro departamento en NY... me forzó a pensar con mucha intensidad, en este tema de la casa.

Es fácil para mí, atribuirle todo lo malo que sucede en mi vida, a la casa.

A la casa perfecta que dejé allá en esa isla.
A la otra casa perfecta —​​​​​​​a la que no pude regresar—​​​​​​​ después de separarme del padre de mis hijos.
Y finalmente, a la casa que decidí mudarme, una vez en México.

Culpar al puto garaje malo.
A mover cinco méndigos coches cada fin de semana, porque dejan el mío, hasta adelante.
A chocar el coche del Borre (mi vecino), en dicha movida.
Culpar a la cocina imperfecta.
A los mosaicos de antro.
Y a que nuestra vista —​​​​​​​desde casa—​​​​​​​ dista mucho de ser el Empire State encendido.

Cuando las cosas andan mal, de una manera u otra, culpo a esas tres casas.
Y finalmente,
- Qué jalada...
Porque no todo está tan malo, pero sobre todo porque la casa es una.
Es verdad.
Yo soy la casa.
La mía... la de mis hijos.

Puedo vivir con ellos en un tipi o en una mansión,
Da igual.
La casa sigo siendo yo.
Y la culpa (si es que la hay) es toda mía.
No de las casas.

Ayer veíamos ese espectáculo de las elecciones en nuestro sillón morado que nos encanta.
Lo veíamos en esa tele que está escondida, en el mueble que nos hizo Mike, que nos encanta. En esa sala, donde están nuestros libros y nuestros recuerdos de viajes, y las piedras de Diego y los adornos que me pone Juliana; y todo eso que nos encanta.

En esa cocina imperfecta que tenemos, Juliana cocina los brownies más feos del mundo y nos los comemos felices. El cuarto de Diego tiene una guarida que le hizo Mara, y se pasa ahí grandes ratos, inventando historias y jugando sin dar lata —​​​​​​​y eso por cierto—​​​​​​​ cómo me encanta.

El librero de Juliana lo forré yo con mis manitas, y con papeles diferentes que fui comprando, y ahí pone todas las cosas que le parecen importantes; las tres recámaras están inundadas de fotos de nuestra vida, mi cuarto que es el único que se usa para dormir (carajo), tiene una pared rosa con un mapa de NY que me regalaron Gaby y Carri... y puta, cómo nos encanta.

Cada cuando me preguntan qué se siente haber regresado a México después de vivir 18 años fuera.
Y cada vez se volverá más obsoleta la pregunta, pues ya cumplí dos años acá.

La verdad es que cada vez estoy más segura de que fue lo correcto, y también sé que jamás dejaré de extrañar NY.
Pero creo con lo que respecta a la casa,
ya es lo de menos.

Haré casa esté donde esté, mientras esté con mis dos hijos.
Donde sea...
En una ciudad con un presidente malo,
O en otra, con otro peor,

Por ahora en esta,
aunque le tenga que comprar un coche nuevo al Borre.

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*Este texto representa la opinión del autor y no necesariamente la de The Huffington Post México.