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Wolfgang Ernst y el misterioso Efecto Pauli

03/02/2017 3:51 PM CST | Actualizado 03/02/2017 5:16 PM CST

Bettmann via Getty Images
Wolfgang Pauli (1900-1958) fue reconocido con un Premio Nobel de física en 1945.

Su sola presencia en un laboratorio hacía arruinarse experimentos, estallar equipos eléctricos o colapsar entornos de investigación. A tal extremo y con tanta regularidad, que en algún momento comenzó a tener nombre y llamarse Efecto Pauli.

El austríaco Wolfgang Ernst Pauli había nacido en abril de 1900 y en 1919, con solo 19 años, daba un verdadero golpe de autoridad, cuando tras una conferencia dictada por Albert Einstein sobre relatividad se ponía de pie y espetaba a la ávida concurrencia: "Verán, lo que ha dicho el Dr. Einstein, en realidad, no es tan tonto".

Antes aún, con solo 18, tras graduarse en física en el Döblinger Gymnasium de Viena, había escrito tres artículos sobre la Teoría de la Relatividad muy celebrados por el padre de la teoría y referencia obligada a día de hoy.

Einstein se refería a él como "su hijo intelectual", y decía que solo Pauli podía medírsele como físico.

A los 25 años daba a conocer su "Principio de exclusión" (en un átomo dos electrones no pueden tener igual energía, mismo nivel, ni análogos números cuánticos), que explica, entre otras cosas, la estabilidad de la materia y que en 1945 le equivaldría un Premio Nobel de Física. También propuso la existencia de una partícula masa-carga cero, finalmente descubierta en 1956, el neutrino, dos años antes de su muerte ocurrida en diciembre de 1958.

Einstein se refería a él como "su hijo intelectual", y decía que solo Pauli podía medírsele como físico: sus colegas lo consideraban el más brillante teórico de su época y lo llamaban "la conciencia de la Física". Y más aún, porque muchos de ellos pensaban que el suyo era también el cerebro de un filósofo, dado el interés que mostraba en ciertos fenómenos de la mente, influido quizá incluso por su... Efecto Pauli.

Este se refería a los inexplicables y sorpresivos eventos catastróficos en los que equipos, ambientes de laboratorio, experimentos, etc., colapsaban de forma inexplicable ante su sola presencia. Un fenómeno, vale agregar, del que con el paso del tiempo se sentiría orgulloso, y que hasta la actualidad no ha tenido explicación plausible.

Equipos, ambientes de laboratorio, experimentos, etc., colapsaban de forma inexplicable ante la sola presencia de Pauli.

Al principio los amigos y colegas bromeaban con el poder de su enérgica personalidad. Sin embargo, la repetición de los eventos llevó a algunos, Pauli incluido, a ir más allá de tomarlo a broma y considerar que, aunque indefinible, el efecto era real.

Una de sus más conocidas manifestaciones destructivas, cuando ya era famoso por ello, tuvo lugar en una visita que realizó en 1950 a la Universidad de Princeton, precisamente en febrero. Ante su presencia, y sin motivo aparente, el ciclotrón (acelerador de partículas) estalló en llamas.

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Desde hacía tiempo algunos de sus amigos le prohibían que se acercara a sus laboratorios cuando realizaran experimentos. Aunque al parecer ni con ello se detenía el poderoso efecto, como "comprobaría" el físico Otto Stern. Gran amigo de Pauli, se aprestaba a realizar un importante experimento en los laboratorios de la Universidad de Göttingen, por lo que le pidió a aquél que se alejara lo más posible ese día.

Cuando el dispositivo de investigación atómica dejó de funcionar repentinamente, Stern culpó inmediatamente a Pauli y a su efecto. Sin embargo, sus colaboradores le recordaron que en ese momento se encontraba en Zúrich, por lo que era imposible algún tipo de responsabilidad en la falla. Días después, y tras un intercambio de misivas, se supo que a la hora del percance Pauli se encontraba relativamente cerca, en un tren que viajaba de Zurich a Copenhague y se había detenido unos minutos en la estación de Göttingen.

Pauli pensaba que la racionalidad científica necesitaba de un contrapeso espiritual.

Ese fue sin duda el caso que haría apoteosis en cuanto al efecto, y que sentaría definitivamente el precepto de que algo había de realidad en lo relacionado a Pauli y su efecto sobre las cosas, aunque nadie se atreviera a incluirlo en el espectro de la "ciencia seria".

Él estaba absolutamente convencido que el tema se insertaba en la parapsicología, y que esta era un campo de investigación tan serio como la física misma. Colaboraría durante años con Carl Gustav Jung en las investigaciones del sicólogo suizo sobre los sueños y el concepto de sincronicidad.

Por supuesto, no desconocía, y de hecho tenía siempre presente, las supersticiones existentes en torno a dichos temas, pero al mismo tiempo pensaba que la racionalidad científica necesitaba de un contrapeso espiritual. Algo que evidentemente lo alejaba de las unilateralidades de gran parte de la comunidad científica de la época.

Tal vez por ello, y quizá también por falta de argumentos contundentes para rebatir sus planteamiento, la ciencia ha mantenido Wolfgang E. Pauli un tanto, bastante, alejado del conocimiento del gran público.

*Este texto representa la opinión del autor y no necesariamente la de The Huffington Post México.

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