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Sin caballos no hay calandrias

21/01/2017 10:20 AM CST | Actualizado 21/01/2017 11:24 AM CST

Buda Mendes/LatinContent/Getty Images
Una calandria, en Guadalajara, en octubre de 2011.

Era poco después del mediodía en el centro de la ciudad. Las condiciones no tan benignas: polvoriento, bloqueado a medias, atascado de máquinas de construcción, casi sin comercios abiertos y desprendiendo un calor digno de un mayo; pero en un 25 de diciembre. No había excusa. La visita de mis hijos representaba un ahora o nunca. Imposible acercarnos otro día sin arriesgar la experiencia -irrepetible, salvo milagro de por medio-, de pasear en calandria por algunas de las calles más bellas, de la ciudad más guapa, del país más espectacular. Acompañados solo del silencio interrumpido por la pisada metálica y la rueda contra el camino.

La curiosidad o el morbo me ganó desde el arranque. --¿Que será de su caballo dentro de seis meses cuando lo tenga que jubilar y reemplazar por un motor? ¿En serio usted cree que la gente va a quererse subir a esas "calandrias"? Para eso están los camiones de dos pisos y al aire libre del Tapatío Tour, ¿o no? ¿Como se les ocurrió permitir esa imposición del gobierno municipal, y además decir pactar con ellos? ¿Pecaron de ingenuos? Después de un melancólico, pausado y sabio "sepa", se puso a renegar y en automático señaló donde se encuentran los restos de un mamut. --Ahí están, en el museo.

Luego, la progenie escuchó desconcertada mis furibundas y majaderas críticas sobre la inminente prohibición de utilizar caballos para jalar los carruajes tradicionales de Guadalajara. Que datan de 1912 y se llaman así por los colores de esa ave obligados a portar durante un tiempo. Amarillo y llantas negras, casi a la manera del taxi actual.

La calandria es costumbre local -y oficio de generaciones- tan arraigada como el mariachi, la charrería, el jarabe tapatío, la torta ahogada, la birria o el tequila.

La calandria es costumbre local -y oficio de generaciones- tan arraigada como el mariachi, la charrería, el jarabe tapatío, la torta ahogada, la birria o el tequila. La supuesta razón de ese progre nice reclamo es proteger a los animales. Algo absurdo, pues ya se vio el cruel resultado de su prohibición en los circos. Están muertos y algunos siguen vivos, pero vejados, maltratados.

Todo comenzó en las redes sociales. Las fotografías viralizadas de un caballo tirado a media calle en Avenida Chapultepec a mediados de 2016 provocó todo el dislate. La versión del gobierno de Guadalajara de las fotografías -reitero, de las fotografías-, consistió en acusar herraduras defectuosas no repuestas de forma negligente. El gremio de cocheros explicó la caída por la pintura fresca pisada por el equino -no se sabe si por falta de señalamientos-. El no poderse levantar de inmediato se dijo, fue por el susto provocado por las hordas tomando fotos con sus teléfonos a su alrededor. Pero la autoridad de contentillo y asustadiza es la autoridad: suspendió la tradición por unos días y logró, con el apoyo de la corrección política progre bonita amante de los animales, su próxima extinción.

Lo óptimo es conservar la tradición con animales pero con inteligencia.

Apareció por fortuna la diosa prudencia. Dejé el odiado tema de lado y junto con el cochero disfruté de explicarles los lugares por donde pasamos. Desde el de la hazaña del Ingeniero Matute Remus hasta la majestuosidad y sencillez de la calle Libertad -mi favorita en su tramo de Enrique Díaz de León a Chapultepec-, pasando antes y después por tantos lados dadores del carácter de nuestra ciudad. Como la cantina la Fuente o el diario El Informador con el que casi colinda, hasta algunas de nuestras joyas arquitectónicas como la misma Catedral, el templo Expiatorio o el teatro Degollado...

Pero, ¿qué sigue? ¿Hundir las trajineras para proteger al ajolote? El mundo sintético -sin animales- es la aspiración de esos "protectores". Las tradiciones se pueden ir al garete. Los animales también. Ahí la llevan.

Sin tocar el exótico tema de los "derechos" de los animales, porque de esto no estamos hablando y da para mucho, lo óptimo es conservar la tradición con animales pero con inteligencia. A los dueños de animales de espectáculo o para paseo les conviene sean muy sanos para que presten su servicio lo mejor posible. Y maltratarlos -no se puede negar la existencia del maltrato absurdo, como no darles de comer, golpearlos en exceso o explotarlos- va en detrimento de la salud del animal y por lo tanto en perjuicio del negocio. Tratándolos bien son perfectamente compatibles con la tradición.

*Este texto representa la opinión del autor y no necesariamente la de The Huffington Post México.

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