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"La La Land" no sabe nada del amor

Hasta la Academia iba a caer en la trampa.

27/02/2017 7:01 AM CST | Actualizado 28/02/2017 9:10 AM CST

Corazón Films
En "La La Land" quieren hacernos creer que saben de amor.
¡ALERTA SPOILER! ¡ALERTA SPOILER!

Mi madre me enseñó varias cosas, una de ellas: a no ser salvada. A veces creo que esta fue la mejor enseñanza feminista que me heredó. ¿Otras? Odio no saber cómo aceptar la ayuda, los consejos, la buena voluntad de alguien. Me gusta hacer las cosas por mí misma y cocowashearme solita cuando caigo en depresión.

Compré mis entradas para La La Land porque alguien que sabe mucho de cine explotó de emoción al verla y —obvio— la recomendó.

Me senté en la butaca con el mismo entusiasmo de la mayoría, pero conforme le veía me iba sintiendo menos identificada. Sabemos que productos como este explotan la identificación y la pertenencia.

Pues con La La Land ni lo uno ni lo otro, esto es lo que concluí después de verla:

- Todos soñamos con cumplir nuestros sueños. Y si de esto se desprende el éxito, ¡qué mejor!

- También nos gusta el amor. Nos ilusiona encontrar a alguien que nos haga creer que su presencia hace de nuestro mundo un lugar mejor.

La La Land se vende como una película de amor. Nos dice varias cosas sobre el amor, el éxito y al final hace todo un revoltijo. Vamos por partes.

Primero: Los protagonistas de la cinta dirigida por Damien Chazelle son cobardes y mediocres. No creen en sí mismos. Y solo la aparición de "el otro" les hace advertir sus verdaderas posibilidades. ¡Codependencia a la vistaaa!

Segundo: La La Land quieren hacernos creer que sabe de amor. Por un lado nos vende el hecho de que, para superar el fracaso, necesitas al amor de tu vida, quien te ayudará a reunir fuerzas para luchar de nuevo. Y, por el otro, asegura que si tu sueño está al otro lado del mundo, debes desprenderte de todo. Incluido el amor de tu vida. (Sí, ese que te hizo creer en ti —no volver a creer, porque nunca hiciste— y que sin su presencia serías un trapo sucio tirado en el suelo).

Después de tanto, tanto amor, Mia y Sebastian deciden seguir sus propios sueños por separado. Rompen todo contacto —no se envían ni cartas, ni se hacen llamadas telefónicas, ni nada— y solo la fuerza del destino —como cantó Mecano— es capaz de hacerlos coincidir.

Pasaron cinco años sin que uno supiera del otro y —de repente— pum: su mundo era otro.

Ella triunfando de todo a todo, con trabajo, esposo y hasta un bebé. La mujer, ya sabemos, siempre en familia.

Él viviendo de noche, divirtiéndose, rodeado de gente, brillando en todo su esplendor porque por fin logró consumar su mayor expectativa: el bar Seb's, al que llamó así en honor a su amada. El hombre —claro— sin esposa ni hijos, y con el único compromiso de tocar su piano.

Porque en esta película una persona —que no eres tú, pero que cree en ti más que tú mismo— cambia el rumbo de tu vida...

Pero no le vuelves a ver ni el polvo.

"Ah, oc", dirían los millennials.

Giphy.com

Ay, La La Land, me hubiera gustado que me regalaras una verdadera historia de amor. Quizá no un Amour de Michael Haneke ni uno como el de Amélie de Jean-Pierre Jeunet, pero con un Bridget Jones de Sharon Maguire me hubiera bastado.

Algo con más fantasía o con más realidad, no importa. Pero algo digno.

Algo con menos codependencia, con menos monogamia, menos renuncia. Y con menos galanes de claxon (mal)educados, listos para "salvar" a su "chica".

*Este texto representa la opinión del autor y no necesariamente la de The Huffington Post México.

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