EL BLOG

Yo sin mi madre

29/12/2017 7:00 AM CST | Actualizado 29/12/2017 7:00 AM CST

En el inicio se oscureció todo, simultáneamente perdí la vista, la voz y la capacidad de escuchar. Brotó un dolor nunca experimentado, una punzada entre mis ojos que entró por mi cabeza, recorrió mi cuello y después comenzó a hundirse como navajas finas debajo de mi piel hacia mis venas, comenzó a recorrer mi sangre y pronto tomó todo mi cuerpo.

Yo era un planeta en un sistema sostenida por filamentos de energía, de luz y cuando mi estrella murió yo exploté. Dejé de tener forma, dejé de existir como solía hacerlo, me convertí en partículas, flotando en la nada. Me di cuenta que todo lo que era hasta ese momento estaba de algún modo conectado a la vida de mi madre, mis ideas, mis pensamientos, mi calidez, mi humanidad.

Mi madre me amaba tanto que su amor se volvió parte de mi, se volvió parte de quien crecí, de cómo me volví adulta. Y de pronto ya no era.

La oscuridad continuó días, los pensamientos se detuvieron, sólo había dolor y lágrimas, una tormenta que parecía que no se detendría por estaciones enteras.

Continuamente quería llamarle para preguntarle qué hacer sin ella, tomaba mi teléfono y marcaba su número.

Estuve sin guía, sin brújula, sin balance, perdida, no sabía quién era, no sabía qué hacer.

Continuamente quería llamarle para preguntarle qué hacer sin ella, tomaba mi teléfono y marcaba su número, porque era en momentos como ese en los que ella estaba ahí, siempre.

Las calles se volvieron dolorosas, el dolor brotaba de lo cotidiano, de usar un utensilio, de mirar una tela, de cruzar una esquina, de oler un perfume, de revisar un mensaje.

Mis recuerdos se actualizaban a cada paso, todos los detalles de nuestra vida juntas se volvieron una nueva dimensión que me gritaba que ya no estaba, se volvió insoportable transitar, estar en mi casa, estaba en cada mueble, en cada taza, en mi cafetera, en mi ropa.

Me tuve que ir, me fui de la ciudad en la que he vivido toda mi vida, tomé al gato y me fui tres meses.

Las calles se volvieron dolorosas, el dolor brotaba de lo cotidiano.

Un día antes de irme fui al lugar al que ella iba a cortar su cabello, donde me pidió acompañarla a que hicieran algo para no verse tan desarreglada en la cama del hospital. Entré, me reconocieron, lloramos y les pedí que lo cortaran, 35 cm de trenza. Necesitaba dejar de reconocerme en el espejo porque, incluso mi reflejo, me recordaba su ausencia.

Estando fuera caminé nuevos caminos, escuché nuevos sonidos, probé nuevos sabores, recuperé una parte de mi vista, de mi oído, y de mi voz, una voz que aún al decir su nombre ya nunca tendría respuesta, un oído que sabe que nunca volverá a escuchar su voz.

El dolor punzante se transformó en una nueva piel, una coraza brillante, una capa invisible que me acompaña todo el tiempo, en cada respiro, en cada parpadeo, en cada pensamiento. Ya no me siento perdida, aprendí a vivir con el dolor en el corazón, pero también he reído, la vida siguió y hasta ahora, la mejor forma de vivirla ha sido honrando su vida con la mía.

Esta soy yo sin mi madre.

Descansa en paz.

Sandra Susana Ramírez Murillo

10 de septiembre de 1955 – 21 de junio de 2017

Sandra Barrón
27 de marzo de 2016, el día que nos dijeron que el cáncer había vuelto. Ese día pensé "tal vez sea la última vez que la vea así" y así fue.

Este texto fue publicado originalmente en el blog de la autora.

*Este contenido representa la opinión del autor y no necesariamente la de HuffPost México.