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Cuando la heroína casi me mata, mi teléfono me salvó

He aquí mi viaje, en el que enfrenté la adicción, contado en voz alta.

14/04/2017 7:00 AM CDT

Chris Hazell
Ryan Hampton.

Al final, solamente dos cosas me preocupaban: la bolsa de heroína en el vidrio de la mesita del café, y el celular a su lado. Eran mis dos líneas de vida. Luego de una década de abusar de los opioides, no podía parar de usar heroína. Me sentía psicológica y físicamente dependiente. Y también me sentía atado a mi teléfono. Era mi vínculo con mi red, la cual comencé a construir desde que empecé a trabajar en la Casa Blanca como un ayudante ambicioso. El último día en que usé la droga me fijé en la mesa: a la izquierda, mi bolsita. A la derecha, mi teléfono.

En ese tiempo no tenía idea de que una de esas dos cosas me salvaría de la otra. Ahora, mi teléfono —y, para ser exactos, sus redes sociales— son una parte intrínseca de mi nueva vida en recuperación. Han pasado más de dos años desde que recibí en el celular aquella llamada en la que me avisaron que había una cama disponible en un centro público de rehabilitación.

Tomé la llamada con la oportunidad de la sobriedad. Mientras estuve en rehabilitación me mantuve en contacto con mi familia y mi amigos. Me comencé a comunicar con otra gente que se recuperaba vía Twitter y Facebook. A través de las redes sociales y artículos que leí supe que la adicción es una enfermedad crónica del cerebro. La gente hablaba en línea de su experiencia, rompiendo el silencio de su adicción. Así fue como encontré a mi tribu, y cabían todos en mi bolsillo trasero o en la palma de mi mano.

Estar en las listas de espera, sabiendo que mi apertura a la idea de buscar ayuda se desvanecía cada hora es uno de los momentos más aterradores de mi vida.


Mi teléfono es la vía por la que me entero cuando mis amigos mueren del mismo problema que me aquejaba. Al inicio de mi recuperación perdí a cuatro personas que estaban muy cerca de mí, todos en un periodo de tres meses. Uno de ellos, Nick, quería ser actor. Lo encontraron en su recámara cuando habían pasado diez horas de muerto por una sobredosis.

Otro amigo, Greg, murió a las pocas semanas. Nunca se me olvidará haber recibido esos mensajes o cómo me di cuenta, días después, de que mis amigos eran apenas cuatro de los cientos que mueren cada año por causas relacionadas con las adicciones. Parecía que a donde quiera que volteara alguien había perdido un hijo, una hija, un amigo, una madre o un padre. La adicción, me di cuenta, era algo letal. Y quedarse callado era nuestra sentencia de muerte.

Especial
Ryan y Greg en abril de 2015. Greg murió pocos meses después de tomada esta foto.

Sentado en mi cama en la casa de Pasadena donde recalé para mi vida en sobriedad, me quedé viendo al teléfono en que sostenía. Las estadísticas me daban vueltas en la cabeza. La adicción afecta a 1 de cada 3 personas en EU. Solo 10% de los adictos reciben tratamiento para su enfermedad. El tiempo de espera en las instalaciones públicas normalmente sobrepasa los 30 días. Yo mismo he llamado frenéticamente a muchísimo centros de tratamiento, todo para que me respondan que no hay camas disponibles y que seguramente no las habrá por semanas.

Estar en las listas de espera, sabiendo que mi apertura a la idea de buscar ayuda se desvanecía cada hora es uno de los momentos más aterradores de mi vida. Y de todos modos, 23 millones de personas en EU viven en recuperación de largo plazo. Lo han conseguido, pero ¿cómo conseguir que más gente lo logre?

La tarde del 4 de octubre de 2015, abrí mi app de Facebook y ahí, en mi mano, estaba el video en vivo que cambió mi vida para siempre: el festival de UNITE to Face Addiction (Únete para enfrentar las adicciones) se realizaba en el National Mall en Washington, DC. Suena a muy poco, pero ver ese concierto, con docenas de miles de personas en recuperación, con presentaciones de artistas sobrios a los que escuchaba en el radio mientras crecía, me dio una nueva idea sobre lo que era posible. Esa era mi comunidad, mi gente. Y mostraban su compromiso con aquello en lo que creían. No se escondían y no se avergonzaban. Ese fue el día en que dejé de ser un mero observador en las redes sociales y decidí involucrarme. Encontré mi propósito y, una vez más, estaba bajo mi nariz.

Especial
El día que me di cuenta de lo que podría hacer: 4 de octubre de 2015. UNITE to Face Addiction (Únete para enfrentar las adicciones).

Ya tenía una misión: elevar las voces de los que se recuperan y compartir sus historias vitales en nuestra comunidad.


La idea de que las redes sociales pueden crear un cambio cultural a nivel masivo no es algo nuevo. Los medios sociales permiten a la gente comunicarse libremente y compartir información, facilita la creación de grupos con ideas similares. Si estos grupos son lo suficientemente grandes o tienen el mismo empuje, poseen el potencial de influir de manera positiva y robustecer el cambio cultural.

Algunos ejemplos recientes son la Revolución Verde en Irán, la Primavera Árabe, el movimiento Occupy, y las protestas de #BlackLivesMatter. Y, por supuesto, el nuevo movimiento independiente para terminar con el estigma de la adicción. Nuestra comunidad, marginada alguna vez y obligada a avergonzarse en silencio, encontró una manera de hacer que su voz se escuche, fuerte y alto.

Sintiéndome inspirado entré al sistema de mensajes de a Facebook y encontré a Tom Codere, un activista de la recuperación, agente del cambio y amigo de Facing Addiction, el movimiento que yo admiraba. Él me puso en seguida en contacto con los cofundadores Greg Williams y Jim Hood, y así arranqué. No tenía idea de a dónde me dirigía o cómo llegaría, pero avanzaba.

Ya tenía una misión: elevar las voces de los que se recuperan y compartir sus historias vitales en nuestra comunidad. Pronto estaba en camino rumbo a Filadelfia para la Convención Nacional Demócrata. ¡Oigan! He hecho cosas más locas... pero esta vez lo hacía en mi recuperación y por una buena causa.

Al proyecto le llamamos Adicción por todos los EU y nos asociamos con Facing Addiction. Manejamos por casi 5 mil kilómetros al este para hablar en la convención y pelear por soluciones para las adicciones. Fue una gira por carretera de 30 días por la columna vertebral de EU; por las comunidades más golpeadas por la crisis de las adicciones. No contaba más que con 20 dólares, mi teléfono y una notebook Google Stream cuando tuve esa idea. Pero también tenía un mapa de carreteras de la gente que había emprendido esta gira activista antes que yo, y las historias seguían brotando. Publiqué varias de estas historias en una serie para un sitio web. Eso fue el principio de lo que ahora se llama el Proyecto Voces.

También fue el inicio de la lucha por mi recuperación. Tras la convención, y la elección de 2016, me di cuenta de la tremenda influencia que las redes sociales pueden ejercer en la forma en que la gente habla, piensa, actúa e inclusive vota. Descubrí una manera en la que podemos transformar el movimiento por la rehabilitación en una campaña, una acción tan grande que no pudiera ser ignorada o silenciada. Así que inicié una página de Facebook, y luego sumé Twitter e Instagram.

De entrada, decidí que estas cuentas no deberían tratar de mí. El punto siempre fue elevar las voces de los demás. Las páginas deberían de crecer. Y gente de todo el mundo me encontró. Los primeros 5 mil seguidores se convirtieron en 50 mil. Ahora, la cifra es de más de 200 mil personas entre todas las plataformas. Sin embargo, los números no lo han sido todo. Cada uno de esos "seguidores" tiene un rostro, un latido. Para mí son de carne y hueso. Son personas. Pueden ser una mamá en Connecticut que perdió a su niño; un adicto a la heroína en recuperación encarcelado en Richmond y que ahora es un "padrino" desde su celda y ayuda a que otros se recuperen; un valiente joven en Los Ángeles quien se presentó como una persona en rehabilitación y cuenta su historia por primera vez.

Antes del Proyecto Voces, nunca pensé sobre mí como un narrador. Pero creo que eso es lo que soy. Y estoy bien así. Soy un narrador con un propósito. No me había propuesto ser un activista. No tenía idea de que mi rehabilitación podría llevarme en esa dirección, pero igual que muchos otros en el país una vez que me di cuenta de esta crisis ya no pude ignorar lo que veía. La injusticia, los prejuicios y la epidemia de las vidas perdidas me cegaban de furia. Cada día, más vidas se pierden; se redacta una nueva política injusta y discriminatoria. Por ello, muchas cosas dependen de que contemos nuestras historias. No me puedo detener y no lo haré. Y si bien a veces no sé ni qué decir, por ahora no sé qué más podría hacer.

Y aquí es donde entran todos ustedes. El Proyecto Voces demuestra que juntos podemos ayudar a terminar con la crisis de las adicciones. Así podremos terminar el trabajo que solos jamás lograríamos. Juntos terminaremos el silencio y demostraremos que somos uno de los grupos de influencia más grandes que existen. Podemos inspirar el cambio, salvar vidas, sanar a nuestras comunidades y construir un movimiento digital como nunca se ha visto otro. Esto es #VoicesProject.

Nuestro tiempo es ahora. Hagamos historia.

Este artículo fue publicado originalmente en The Huffington Post y luego fue traducido.

*Este contenido representa la opinión del autor y no necesariamente la de The Huffington Post México.

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