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Mike Pence y el ascenso de la mediocridad

07/04/2017 1:22 PM CDT | Actualizado 08/04/2017 8:33 AM CDT
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Un senador por el estado de Nebraska dijo una vez respecto de un nominado a la Suprema Corte: "¿Y qué si es un mediocre? (Los mediocres) también tienen derecho a ser representados". Sin embargo, en el caso de Mike Pence, la mediocridad está sobrerrepresentada. Ni siquiera Donald Trump le da trato elogioso a este intelectual de derecha y de mira estrecha como el Salvador de EU.

Su carrera la inició como un anfitrión de un programa de radio en 1994 en una pequeña ciudad de Indiana, despotricando sobre el "mito" del calentamiento global, la traición de Washington y las verdades de una comunidad evangélica amenazada por la vida cosmopolita. La devoción de pronto se empapó del pragmatismo; tras la ambición por el poder, Pence aprendió qué funcionaba: una agenda antigay, antiaborto, ofrecida con una retórica imprudente presentada con una pose de rectitud. Ahí le informaba a su público que a Clarence Thomas lo estaban "linchando", y que "a pesar de la histeria de la clase política y los medios, fumar no mata". Un cuarto de siglo después, Pence sigue siendo tan pequeño como sus principios.

La flexibilidad de su conciencia emergió durante su primera carrera para el Congreso. Utilizó fondos de la campaña para pagar su hipoteca, su auto, su tarjeta de crédito, sus gastos de golf y su lista del súper. Para ensuciar a su oponente envió correos en los que aparecían líneas de cocaína; pagó un anuncio en el que se retrataba a un jeque árabe; y difundió una historia de que su rival demócrata quería vender su rancho para que se montara un centro de desechos nucleares. Solo después de su derrota fue que Pence mostró un ostentoso sentimiento de culpabilidad.

Pence aprendió qué es lo que funcionaba: una agenda antigay, antiaborto, ofrecida con una retórica imprudente presentada con una pose de rectitud.

Ya luego en el Congreso, Pence se unió al Partido del Té y exhibió una rígida intolerancia por todo lo que no se correspondiera con los estrechos confines del conservadurismo evangélico. Arremetió contra la educación sexual y el derecho de elección con el fanatismo inquisitorial de un Savonarola, atacando la investigación de las células madre, el uso de preservativos para prevenir las ETS, y a las organizaciones que atienden abortos. Para avanzar su agenda, propuso cambiar la definición de violación a "violación forzada" y el cierre del presupuesto del gobierno a fin de quitar fondos para la agencia Planned Parenthood.

Su momento apoteósico fue cuando, como gobernador de Indiana, promulgó una orden que prohibía a las mujeres abortar fetos con grave daño cromosómico. Con ello se exponía a los doctores que las atendían a ser acusados de muerte por negligencia, además de que ordenaba que los fetos abortados recibieran sepultura. Una corte federal de inmediato vetó la orden.

Dice que prohibir el matrimonio entre homosexuales es una "idea de Dios".

Su guerra contra los derechos de la comunidad LGBT es sin cuartel. Dice que prohibir el matrimonio entre homosexuales es una "idea de Dios". Ha luchado por quitar fondos para la investigación del Sida y aplicarlos en programas de terapias para "exgays". Se opuso a leyes que protegen a los gays de la discriminación en el trabajo y de los crímenes de odio, además de que objetó la presencia de gays en las fuerzas armadas.

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Habitantes de Indiana se manifestaron en 2015 en contra de una ley estatal que promovía medidas que podrían resultar discriminatorias contra la comunidad gay. A Pence no le quedó más remedio que pedir al congreso estatal que se "arreglara" la ley.

Como gobernador, Pence lideró una ley de "libertad religiosa" que permitía a los dueños de negocios negar sus servicios a miembros de la comunidad LGBT en un condado de Indiana. En su esfuerzo para defender esto, le dio una entrevista incoherente a George Stephanopoulos en la que mostró su insoportable incapacidad de superar un discurso robótico. Más que estrecho de miras, se le veía denso.

Igual de vacía fue su oposición a un programa de intercambio de agujas, lo que detonó una crisis de VIH-Sida en otro condado de Indiana. La miopía de Pence rezuma. Su fidelidad a la asociación en pro de las armas de EU (NRA) es tan cobarde como total. Él cuestiona el calentamiento global y la teoría de la evolución. Pretendió bloquear la entrada de refugiados sirios a Indiana. En el callejón sin salida que es su mente, él actúa para el único público que conoce: los que piensan igual que él.

Pero es evidente que cada vez más residentes de Indiana no caben ahí. En 2016, su campaña por la reelección hacía agua y sus simpatizantes, generalmente gente muy amable, lo abucheaba en público. Los residentes locales quedaron sorprendidos cuando Donald Trump, sin una opción más atractiva, le ofreció un boleto para buscar el máximo poder. Para Pence, esto fue un regalo de Dios; para otros, una revelación de su carácter.

Sin trazas de vergüenza, comenzó a ofrecer testimonios zalameros de Trump como líder, hombre de familia y como un cristiano con planes transparentes. Un episodio muy revelador fue su cambiante postura entre adulador e intrigante en el caso de la aparición del video de "Access Hollywood" (que mostraba a Trump afecto al abuso sexual).

(VIDEO: La grabación que evidenció más aún el machismo de Trump)

Primero, Pence alardeó que Trump "seguía más fuerte que nunca". Pero cuando se multiplicó la repulsa a la afición al manoseo del candidato presidencial, Pence redescubrió su lado moral y, previo a los debates, profirió: "Oramos por su familia y aguardamos las oportunidades para que demuestre lo que hay en su corazón (en el debate de mañana)". Luego, nada.

Y su plan fue transparente: Pence esperaría el desempeño de Trump antes de defenderlo. En su cabeza ya estaba listo para renunciar a la postulación, o reemplazar a Trump en la candidatura presidencial. Sin embargo, Trump sobrevivió. "Qué orgullo estar contigo", tuiteó Pence, para luego arremeter contra Bill Clinton por su vileza moral.

Así es Pence. En público apesta a santidad: cada mentira, evasión y lugar común mencionados con su voz de barítono, la cual acompaña con su entrecejo pronunciado y cabeceos con los que Pence imagina que ofrecerá una imagen más pía y serena. Pero el efecto es más bien el de un viejo mocho y empalagoso que vende fraudes de pirámide a los incautos de su iglesia y que nunca ha dudado que él hace el trabajo del Señor. Cada autoengaño personal revela qué tan marcada es su vacuidad y lo enorme de su hipocresía.

Su salvación no es la nuestra.

Este texto fue publicado originalmente en The Huffington Post y posteriormente fue traducido y editado para su mejor comprensión.

*Este contenido representa la opinión del autor y no necesariamente la de The Huffington Post México.

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