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'Malayerba' nunca muere

19/05/2017 9:00 AM CDT | Actualizado 20/05/2017 10:00 AM CDT
Miguel Tovar via Getty Images
Frente a la secretaría de Gobernación se realizó el 17 de mayo 2017 una protesta por el asesinato de Javier Valdez.

En medio del rotundo fracaso de la llamada guerra en contra del narcotráfico y la crisis de derechos humanos que produjo, el lunes pasado le arrancaron la vida a una de las voces narrativas más legibles de las atrocidades que han ocurrido en México en la última década. Javier Valdez Cárdenas, escritor, corresponsal de La Jornada en Sinaloa y co-fundador de RioDoce, murió a manos de un hombre hasta el momento desconocido. Ninguna persona debería morir por ejercer el periodismo. La forma de censura más extrema es el asesinato, durante la administración del presidente Enrique Peña Nieto 33 periodistas perdieron la vida al facilitar el derecho de la sociedad a estar informada.

Un accidentado minuto de silencio no alcanza si quiera para dimensionar el daño causado por la indiferencia del gobierno federal a lo largo del sexenio. A pesar de las promesas de campaña, los métodos tradicionales de censura no solo echaron raíz sino que además se han sofisticado. Un minuto no compensará jamás una década de indiferencia e impunidad.

La violencia en contra de quienes ejercen algún tipo de periodismo en México es parte de un problema mayor: la militarización de la seguridad pública, la colusión de autoridades (principalmente) municipales con grupos del crimen organizado, la violencia electoral, los intereses económicos ilegítimos, el despojo y depredación ambiental, así como la acumulación exponencial de impunidad.

PEDRO PARDO/AFP/Getty Images
Periodistas mexicanos protestan por el asesinato de Javier Valdez.

En materia de libertad de expresión, la simulación continúa siendo la única respuesta del presidente Peña Nieto.

La voz de Javier Valdez dio cuenta ante la sociedad mexicana y para la posteridad, del costo aproximado de casi dos sexenios de la militarización de un problema de salud pública. Javier escribía de crimen organizado y narcotráfico, y ahí, encontraba a las personas. Javier registró la voz de quienes de manera sistemática han sido silenciadas. Eso lo hacía peligroso igualmente para criminales que para la quieren detentan o aspiran al poder público.

Javier era un reportero solidario y transparente, pero sobre todo cauteloso. Un reportero que trascendió su propia geografía, su clase y género. Además fue un generoso mentor y maestro de periodistas y de quienes querían simplemente dar sentido a la cruda realidad que bufa incesante.

Más allá de la narrativa oficial, el morbo o el vértigo informativo, Javier narró esos actos heroicos de mujeres, niñas, hombres y niños que casi nunca merecen un espacio en la prensa comercial. Esas historias naturalmente incómodas para el poder. El legado periodístico y literario de Javier Valdez ya forma parte del acervo que habrá de ayudar al país a salir de la grave crisis de violencia y de seguridad que enfrenta.

La reacción inusitada por parte del gobierno federal llega a destiempo. Esto ha costado vidas y creado una bolsa de impunidad. Al mismo tiempo que regiones enteras han visto interrumpido el flujo de información en varios puntos del país, particularmente en momentos de inestabilidad política y tiempos electorales.

La voz de Javier Valdez dio cuenta ante la sociedad mexicana y para la posteridad, del costo aproximado de casi dos sexenios de la militarización de un problema de salud pública.

La crisis que hoy tiene en las manos el presidente no es nueva.

La respuesta del estado mexicano es insuficiente. No atiende los temas urgentes y pretende presentar como novedad el mandato que desde hace varios años ha ignorado. Sin el más mínimo gesto de apertura, sin preguntas de la prensa y sin un reconocimiento explícito de las víctimas, sus familiares y colegas.

En materia de libertad de expresión, la simulación continúa siendo la única respuesta del presidente Peña Nieto, al igual que con el resto de la agenda de derechos humanos. En septiembre pasado la delegación mexicana co-patrocinó la resolución /HRC/33/L.6 adoptada por consenso por la Asamblea General de las Naciones Unidas, la cual establece de manera expresa los pasos a seguir por aquellos estados en donde la violencia en contra de la prensa es particularmente aguda.

Lamentablemente, el presidente Peña Nieto opta por continuar con la simulación y omitir, lo que de acuerdo a derecho, deberían de ser los lineamientos para garantizar la protección de quienes ejercen la libertad de prensa. A pesar de que México cuenta con uno de los andamiajes más complejos a nivel institucional del mundo para la protección de periodistas, la presente administración ha fracasado rotundamente.

La prensa, parafraseando a Javier, no necesita pésames o disculpas, la prensa necesita garantías para narrar y nombrar la barbarie que nos rodea. La principal amenaza en contra de la prensa, no es el crimen organizado, es la política de simulación del estado mexicano que apuesta a la manipulación mediática y a la desmemoria.

¿Quién disparó, pero sobre todo quién ordenó el asesinato? ¿Quién se beneficia de tan cobarde acto? Así como miles de personas, Javier, se encuentra en lado correcto de la historia. Las muestras de solidaridad, en el país y en el extranjero, apenas comienzan.

Malayerba nunca muere.

Este contenido representa la opinión del autor y no necesariamente la de HuffPost México.

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