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Totalmente desiguales: la discriminación en El Palacio

12/09/2017 9:00 AM CDT | Actualizado 12/09/2017 12:28 PM CDT

Facebook de Adri González y Twitter @Adrixila
La exclusión, la humillación pública y la desmoralización son formas de deshumanizar al otro que es diferente.

A estas alturas usted ya se enteró de lo que pasó el domingo en la sucursal que El Palacio de Hierro tiene en el centro comercial Perisur: una familia –una mujer y sus tres hijos pequeños- fue expulsada de la tienda por varios elementos de seguridad – prácticamente uno por cada integrante de la familia-, que los "acompañaron" hasta la puerta.

Nos enteramos del hecho gracias al video de una ciudadana que decidió detenerse para grabar, confrontar al personal de seguridad acusándolos de fragrante discriminación —que fue negada to-do-el-tiem-po— y difundirlo en este monstruo perverso y maravilloso de mil cabezas que es internet.

En el video vemos a la familia prácticamente estática dentro de la tienda. También vemos al jefe de seguridad y a los elementos policiales que "escoltaron" a la familia a la salida. Su actitud es de total condescendencia hacia la mujer que graba; le ofrecen disculpas —¡a ella!— por lo que parece un malentendido, le dicen que otros clientes solicitaron que se expulsara a la familia —cosa que tampoco parece improbable— y le piden que "no se preocupe", que ya giraron sus generosas instrucciones para que la familia pueda continuar en la tienda.

Su graciosa concesión llega demasiado tarde y lo saben: el mundo se va a enterar.

Nos parece fácil pensar que hay motivos correctos para discriminar.

Las redes sociales son una ventana al abismo profundo y oscuro de la opinión pública. Los comentarios sobre la escena son variopintos. Por un lado, están los que coinciden en calificar la escena como un acto de innegable discriminación y llaman, incluso, a boicotear a la tienda departamental. Por otro, hay un numeroso contingente de personas que niegan la violación de derecho alguno y parecen dispuestos a defender que la tienda se reserve el derecho de admisión.

Se dice que la familia pedía dinero dentro de la tienda, que son incluso conocidos en la plaza por esta práctica*. En la opinión de muchos, la familia no tenía nada qué hacer ahí si no tenía dinero para consumir, conclusión a la que llegan considerando su apariencia física como único argumento. Los policías hacían su trabajo: identificar a elementos sospechosos y expulsarlos, proteger a los clientes "legítimos" de una presencia potencialmente perniciosa.

Así las cosas. Estos somos. Tómese el caso como otro botón de muestra para la discusión recientemente recalentada del clasismo y racismo que nos caracteriza. Pero, además, lo que esta situación y sus reacciones han demostrado es cuán complejos y profundos son los mecanismos a los que recurrimos para justificar el rechazo casi patológico que sentimos por personas distintas a nosotros y que nos resultan tremendamente incómodas.

El orden imperante de las cosas nos sugiere que hay tipos de personas y asumimos dócilmente que a cada tipo le corresponden derechos distintos, casi directamente proporcionales al tamaño de sus recursos: el que más tiene, más derechos tiene y sucede lo contrario con quienes posean menos.

Estamos convencidos, además, de que cada tipo de persona tiene sus espacios, sus lugares. La presencia de quien consideramos distinto en nuestros espacios, particularmente en los de convivencia, recreación y consumo, nos provoca un desfase que vuela la cabeza. ¿Por qué estaban ahí? ¿Qué hacían dentro de la tienda? No podían simplemente "estar". Sólo algo turbio y amenazante justifica su presencia en un lugar que, en nuestro imaginario social profundamente desigual, no les corresponde.

Nos decimos que una cosa es tolerar su presencia en el espacio público —así, con toda la arrogante condescendencia de la tolerancia—, saber que existen por allá, lejos. ¿Pero que entren a la tienda? ¿Al lugar al que vamos a distinguirnos, a adquirir cosas que nos identifiquen con los nuestros y nos desmarquen de los otros? No, en la tienda no. Si dejan pasar a unos, ¡después todos querrán venir aquí! Somos una sociedad genuinamente convencida de que el espacio privado permite suspender los derechos de quienes nos resulten incómodos.

La presencia de quien consideramos distinto en nuestros espacios, particularmente en los de convivencia, recreación y consumo, nos provoca un desfase que vuela la cabeza.

Los comentarios de quienes acusan al video de no mostrar la verdadera razón por la que expulsaron a la familia de la tienda dicen que pedían limosna, que los niños solicitaban a los clientes que les compraran cosas, en particular comida (qué crimen; no vaya a ser que se enriquezcan a punta de botanas venidas a más) y que, una vez dentro de la tienda, nada garantiza que no roben. Todas éstas son suposiciones. Recurrimos a explicaciones que, aun sin estar comprobadas, vuelvan lógico el rechazo a otro ser humano. Este tipo de respuestas nos permiten justificar la discriminación casi como un asunto de legítima defensa.

Y es que es fácil pensar que quienes aparentan pobreza son potencialmente peligrosos, especialmente cuando creemos que, por principio, ellos y solo ellos son los culpables de su propia condición, que eso les pasa por ser perezosos, egoístas y dependientes de la "ayuda" "generosa" de la gente bienpensante y esforzada**. Sin mayor evidencia, equiparamos automática y linealmente su carencia material con carencias morales, igualamos ser pobre económicamente con ser pobre éticamente, con comportarse de un modo desviado, resentido, envidioso de la bonanza de otros. ¿Cuál será entonces la justificación de la corrupción criminal de los ricos y poderosos?

Clasificar a las personas, distinguir entre ellos y nosotros, entre sus espacios y los nuestros, considerar a los otros potencialmente peligrosos, son estrategias que convierten a las personas en objetos, cosas, lo que facilita muchísimo pensar que es posible suspender sus derechos —al espacio, al tránsito, a la libertad, a la dignidad— cada vez que nos parezca que están fuera de lugar. La exclusión, la humillación pública y la desmoralización son formas de deshumanizar al otro que es diferente. En la medida en que no lo consideramos igual, minimizamos sus problemas y cancelamos toda posibilidad de encuentro, empatía y solidaridad.

Clasificar a las personas, distinguir entre ellos y nosotros, entre sus espacios y los nuestros, considerar a los otros potencialmente peligrosos, son estrategias que convierten a las personas en objetos, cosas.

Una prueba adicional de esto es el propio comunicado de la empresa, en el que ofrece disculpas por la "incomodidad" causada y niega categóricamente tener "políticas discriminatorias". En primer lugar, las disculpas mediáticas llegarán a muchos pero quizás nunca a los directamente agraviados: la nota de Buzfeed México confirma que nadie se ha acercado a la mujer perseguida para ofrecerle disculpas, mucho menos asistirla. También muestra que el trato discriminatorio no es sólo una reacción particular de la tienda departamental, sino un procedimiento general de la plaza comercial, que también debería reconocer públicamente su error.

En segundo lugar, la discriminación y la violación de derechos no es una "incomodidad", es un delito tipificado. En tercer lugar, es obvio que a estas alturas las empresas no operan con políticas abiertamente discriminatorias, aunque habría que revisar su normatividad laboral, sus políticas por maternidad/paternidad, sus lineamientos salariales, por ejemplo. En ello radica, precisamente, la fortaleza de la desigualdad: es estructural, no opera en la superficie. La hemos incorporado de tal manera que la mayoría de las veces no nos damos cuenta de cómo la reproducimos.

Lo cierto es que nos parece fácil pensar que hay motivos correctos para discriminar. No los hay. Lo que sí hay son protocolos de actuación sensibles a los derechos humanos, libres de prejuicios individuales y colectivos, que deben ser observados en todo momento, lugar y actividad.

En algún momento del video, el hijo varón, un niño de no más de diez años de edad, exclama "ni que fuéramos de otro país para que nos corran". Felicitémonos. Ese niño ha incorporado exitosamente la desigualdad y la discriminación. Supone que los extraños —no ellos, otros extraños— sí son susceptibles de ser perseguidos y expulsados. Defiende un derecho que él está convencido que otros no tienen.

La herencia de la indignidad se ha concretado. La espiral desciende otro nivel.


*Hay comentarios que aseguran que la madre envía a sus hijos a robar a distintas tiendas de la plaza. Nadie demuestra nada pero eso no impide que se crea. El día de hoy Buzfeed México publicó una nota con la versión de la mujer agraviada. No niega pedir dinero ni comida en la plaza como forma de subsistencia, una, por cierto, extremadamente precaria después de escapar de una situación de violencia doméstica.

** Así han demostrado algunos estudios que analizan la percepción de la pobreza y la desigualdad. Para mayor información sobre el caso mexicano, puede consultar los resultados de la Encuesta Nacional de Pobreza, realizada por la UNAM, en el marco del proyecto "Los mexicanos vistos por sí mismos".

*Este contenido representa la opinión del autor y no necesariamente la de HuffPost México.