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La comida callejera y yo: terapia de banqueta

22/06/2017 5:34 AM CDT | Actualizado 22/06/2017 9:40 AM CDT

David Peevers
"Al principio decidí que, por salud, no comería nada de lo que las banquetas ofrecieran, a menos que fuera indispensable, es decir, porque me viera obligada a acompañar a alguien a hacerlo. Sola no".

Hay algo problemático en mi relación con la comida callejera, algo que vivir en la Ciudad de México ha tocado en lo profundo a fuerza de enfrentarme a ella todos los días, en todo lugar y tiempo. Quiero entender qué es.

La abuela que me crió en Guadalajara rayaba en la misofobia y buena parte de mis aprendizajes de la infancia tenían que ver con la batalla —inevitablemente perdida— que todos los días librábamos contra gérmenes, bacterias y todo tipo de fauna microscópica que se escondía en lugares obvios y en otros no tanto. Me enseñó que las consecuencias de esta convivencia forzada eran terribles, nauseabundas.

Crecí con miedo de ese mundo invisible, creyendo en la magia oscura de lo que actúa infatigablemente al abrigo de su pequeñez, en el poder inconmensurable de lo que prácticamente no tiene materia y, aun así, podría acabar conmigo en un par de noches de fiebre y diarrea.

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No siempre podíamos controlar el aire o el contacto con los otros. La comida, en cambio, fue el espacio en el que mi abuela decidió que era posible conquistar todas las certidumbres. Todo era enjabonable, tallable, desinfectable, hervible; desde una zanahoria hasta un filete. Fresas, uvas, lechugas, cilantros y perejiles eran auténticos caballos troyanos y como tales había que combatirlos. La comida se convertía así en un acto de purificación interna, no solo porque al desinfectarla una o tres veces ya no nos intoxicaría, sino porque a través de ella ingeríamos, literalmente in-corporábamos, la superioridad moral que las clases educadas —pero con poco dinero— le apuestan desproporcionadamente a la limpieza.

En ese tenor, la comida callejera, la de la banqueta, la que se come de pie, era el demonio. Una orgía microscópica de gérmenes que aumentaba exponencialmente su tamaño cada vez que las mismas manos que preparaban los alimentos recibían dinero y daban el cambio; cada que un mofle escupía cerca de algún changarro de fritangas; cada vez que los chefs de banqueta decidían, con toda premeditación, alevosía y ventaja, no desinfectar la verdura, no lavar los limones, no tapar las salsas, no estornudar hacia otro lado, no dejar de sudar por encima de la comida.

No es que la comida callejera me fuera absolutamente negada. Tampoco. Para una niña citadina promedio creciendo en una cultura que, como la nuestra, depende tanto de sus calles, eso habría sido imposible. El estricto sistema de la abuela tenía fisuras y yo las aprovechaba. Los hermanos de mi madre, por ejemplo, un par de jóvenes apuestos y bragados que también vivían con nosotras, prácticamente existían gracias a lo que las banquetas prodigaban. De repente llevaban algo a la casa, algo que mi abuela desaprobaba invariablemente y de lo que yo alcanzaba, a veces, un par de mordidas.

MOISÉS PABLO/CUARTOSCURO.COM
"Los hermanos de mi madre, por ejemplo, un par de jóvenes apuestos y bragados que también vivían con nosotras, prácticamente existían gracias a lo que las banquetas prodigaban".

"Ya comí", decían casi siempre. ¿Dónde, qué comieron?, ¿por qué no comen aquí?, ¿por qué yo sí? ¿Dónde comen los hombres? Aunque me criaron mujeres trabajadoras que salían todos los días a sus respectivas faenas, la experiencia intensiva de la calle era de los hombres. Ellas iban de la casa a mi escuela, al trabajo, a mi escuela, a la casa, al trabajo, a la casa. Las variaciones, los divertimentos, las digresiones del camino, las aventuras y la comida eran de ellos. Primeras lecciones sobre la división sexual del espacio público y el privado.

A mí, en cambio, se me enseñó que había que ser extremadamente cautelosos, llevar comida preparada en casa o, si no era posible, preferir locales establecidos a puestos aleatorios, pedir todo demasiado cocido o achicharronado, esquivar las hierbas frescas, evitar el agua, llevar toallas húmedas a todos lados —estábamos en la era pre-gel antibacterial—, etcétera, etcétera. Era complicado y me daba mucha pena ser tan quisquillosa en público. Sentía que mi obsesión inculcada ofendía a los demás, que me evidenciaba como outsider poner límites a lo que parece un acto absolutamente obvio: comer en la acera, recargada sobre un carro, chupándose los dedos hasta el codo.

En mi cabeza —y lo lamento tanto— comer garnachas en solitario, rodeada de gente desconocida, en la banqueta, de pie, es algo tristísimo.

Crecí más. Eso significa que cumplí cabalmente con el proceso natural de alejarme de los míos. Con ello vinieron nuevos lazos y nuevas prácticas, entre ellas, las de la comida. De la mano de otros y otras, amistades y amantes con quienes me urgía estar por encima de todas las cosas y fobias, fui venciendo de a poco el temor a la banqueta y sus tentaciones. Así he podido gozar, por ejemplo, de la guía trasnochada de generosos Virgilios y Ariadnas que me han acompañado en el complejo y gratificante arte del bajón, uno de los momentos cumbre de la gastronomía callejera.

Pero aún estoy lejos de acostumbrarme y en el DF las fijaciones de antaño se han acentuado. Ni modo; es la cosa con esta ciudad, que todo lo magnifica. El caos y la suciedad de las banquetas consiguen que muy pocas cosas se me presenten como realmente apetitosas. Es decir, claramente lo son, pero la verdad no paso de un esquite, un tlacoyo o una quesadilla cada tanto, con la misma señora, de la misma barda, frente a la misma escuela.

En los diez años que llevo de vivir en esta ciudad son muchas las cuadras de comida que he pasado de largo, aunque no sin sorprenderme por su sofisticación: frituras que se fríen, tortas rellenas de sí mismas, panes de dulce gigantescos, gratinados omnipresentes.

Más allá del temor familiar

Pero sé que en mi rechazo hay algo más, algo distinto a la herencia de las manías, algo que se me revuelve cuando veo a personas solas alrededor de un puesto de comida. En mi cabeza —y lo lamento tanto— comer garnachas en solitario, rodeada de gente desconocida, en la banqueta, de pie, es algo tristísimo. No digo que haya que ser o estar triste para hacerlo, pero la imagen guarda para mí una carga de melancolía que no puedo remontar fácilmente.

Les observo con detenimiento y total falta de objetividad. Las y los solitarios miran tan fijamente el plato mientras mastican que parecen a punto de iniciar una conversación con el papel estraza. Sus cuerpos se aprietan, se curvan hacia adentro, como si quisieran meterse en sí mismos, comerse para no ser comidos, alimentarse pronto y salir de ahí, salir de la calle, meterse en algún lado que quién sabe dónde esté, un lugar donde signifiquen algo para otros, porque en la calle no. ¿Les faltará mucho para volver ahí? ¿Vendrán de allá o apenas van de regreso?

Henry Romero / Reuters
"De la mano de otros y otras, amistades y amantes con quienes me urgía estar por encima de todas las cosas y fobias, fui venciendo de a poco el temor a la banqueta y sus tentaciones".

Tal vez la tristeza me haya sido patrocinada por una imagen de la infancia (cuándo si no). Tendría unos cinco años. Mi madre había salido a trabajar y, como todos los días, llegaría hasta la noche. Yo quedaba a cargo de la abuela misofóbica y uno de mis tíos. Era tarde ya y mamá no llegaba. Yo seguía despierta. El tío tuvo antojo de tacos. Pidió permiso a mi abuela para llevarme con él al puesto de El Paisa (quién si no), que estaba a unas cinco cuadras de la casa. Acababa de llover y hacía frío. No quise ir en bicicleta, cosa rara. Fui advertida de que no sería cargada si me cansaba. Arrancamos. Empecé a tener sueño y a refunfuñar: si yo ni tacos quería, dónde estaba mi mamá, por qué no había llegado si yo ya me quería dormir. Si el tío me explicó algo fue inútil, no me acuerdo.

Supe que estábamos cerca por el olor a tacos —sí, Ese Olor a tacos. Después las lucecitas colgadas de la lámina del puesto. Después la gente arremolinada, la pirotecnia de las carnes friéndose, la cebolla asándose. Después una cabeza conocida, una gabardina familiar, unos tacones ya vistos. Después mi mamá, sorprendida, extendiéndome los brazos mientras decía "¡me cachaste!". Besó a su hermano en la mejilla, le dijo que qué iba a pedir, que el bistec estaba bueno, que por qué andaba yo en la calle a esas horas, que por qué no estaba dormida. Cambió el tono y se le acercó más para decirle, en voz baja, que ya llevaba doce tacos. ¡¿Doce tacos?! ¡¿Con las dos tortillas?! "Es que... tenía mucha hambre", dijo mi mamá con una vergüenza muy tierna.

Para comerse doce tacos mi madre tuvo que haber estado desesperada, indeciblemente hambrienta.

En ese entonces ella trabajaba en un hotel. Estaba encargada de la atención a los huéspedes. Su lugar de trabajo —me llevó muchas veces— estaba en la recepción principal, como en medio de la nada. Era como una isla a la que llegaban visitantes náufragos con solicitudes y comentarios de todo tipo. De algún modo, ella entendía que era la imagen del hotel frente a los clientes y cuidaba mucho su apariencia. Trataba por todos los medios de mantener a raya los problemas de peso que empezó a tener cuando me tuvo. Hacía yoga y le coqueteaba con entusiasmo pero escasa determinación al vegetarianismo. Yo la recuerdo lindísima.

Para comerse doce tacos mi madre tuvo que haber estado desesperada, indeciblemente hambrienta. Para no poder esperar a llegar a casa y comer algo que no la hiciera culparse por ello al día siguiente, debió sentir que desfallecía. Seguro tuvo un día complicado y de regreso, encima, la atrapó la lluvia. El autobús probablemente iba demasiado despacio por el agua y las pequeñas inundaciones. Tal vez mi madre decidió bajarse y comenzar a caminar, chapoteando sus tacones en los charcos de las calles oscuras, ensuciándose el vestido, con las tripas rugiendo. Tal vez el hambre la confundió y le hizo equivocar el camino —los tacos estaban en sentido contrario a la casa de la abuela— y, ya extraviada, la luz del puesto fue el faro que la salvó de la inanición.

Pobre mamá. Es todo lo que pensé. Pobre mamá.

La soledad, la comida y las banquetas

Quizás por eso he envejecido con la noción terriblemente equivocada de que la gente que come sola en las banquetas, particularmente en las noches, llega a ellas porque no pudo llegar primero a otro lado, donde alguien le espera. Esas personas que mastican solas, sin hablar, apurando el trago, están tan exhaustas y adoloridas que han tenido que parar. Porque los demás estamos demasiado lejos aún. ¿Por qué están solos, si no? Mi mamá no pudo haber preferido estar sola —sola de mí— y comer "mal". A esa edad es difícil concebir que estar solo y cometer pequeñas violaciones cotidianas a las reglas sean verdaderas opciones. Ya después se convertirán en auténticos estilos de vida.

José Luis González / STRINGER Mexico / Reuters
"Sé que en mi rechazo hay algo más, algo distinto a la herencia de las manías, algo que se me revuelve cuando veo a personas solas alrededor de un puesto de comida".

Ahora dedico mi tiempo a una investigación sobre la comida y sus afanes entre las familias de un barrio popular. La ciudad y sus calles son, sin duda, un personaje en esta historia. Recorro la colonia en todas las direcciones posibles. Me toca mirar y preguntar. Veo las calles y sus puestos hirviendo todo el tiempo. Me obligan a bajarme de la banqueta, a tragarme los olores, a pringarme el cabello y la ropa.

Al principio decidí que, por salud, no comería nada de lo que las banquetas ofrecieran, a menos que fuera indispensable, es decir, porque me viera obligada a acompañar a alguien a hacerlo. Sola no. Tal vez eso deba cambiar.

Quizás, contra toda recomendación del sector salud, este sea el mejor momento para resignificar la generosidad del asfalto y tomar algo de lo que da, para pensar que entonces mi madre no estaba extraviada ni disminuida, sino conquistando espacios, el público y el íntimo, la calle y su cuerpo. Quizás pueda encontrar un punto medio en el que la banqueta pueda ser un lugar de restauración en el que es posible celebrar la comida en soledad y seguir el camino después.

*Este contenido representa la opinión del autor y no necesariamente la de HuffPost México.

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