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El peso de la infancia

14/07/2017 6:00 AM CDT | Actualizado 14/07/2017 6:58 PM CDT

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"A pesar de que nos queremos tanto a través de la comida y sus placeres, podemos ser infinitamente crueles con algunas de sus consecuencias".

Visito casas. Son, en general, casas de personas con pocos recursos. Converso con las familias, sobre todo con las mujeres. Hablamos de comida, de qué les gusta, de cómo lo preparan, de cuánto cuesta, para cuánto les alcanza, de cómo aprendieron a cocinar, qué se les antoja, de qué están enfermas, qué les da asco, cómo les gustaría que fueran las cosas y por qué creen que no son así.

Algunas veces también converso con niños que irrumpen en las conversaciones, imponen su versión de la historia y, más seguido que no, contradicen a sus papás.

Algunos de estos niños y niñas —por favor, notemos que digo algunos, es decir, no todos— tienen sobrepreso, otros franca obesidad. No hace falta calcular el índice de masa corporal o ponerse complicado; en la mayoría de los casos es evidente. A veces —de nuevo, a veces, o sea, no siempre— sus padres, sobre todo sus madres, también tienen sobrepeso.

La relación entre la comida, el afecto y los cuerpos es muy compleja, está llena de prejuicios y moralidades que nos trascienden como individuos.

No es que en sus casas abunde la comida, de hecho, a veces falta. Pero pasa que hay más de la que llena que de la que nutre. Y no necesariamente es por ignorancia o desidia; suelen saber tanto e ignorar tanto como muchas personas con más recursos. La razón es, fundamentalmente, que no hay dinero ni tiempo: porque cuando tienen dinero el tiempo no les alcanza, y porque cuando tienen tiempo no hay trabajo, luego entonces, no hay dinero.

Estos niños y niñas podrían ser la personificación de cuanto artículo sobre pobreza y nutrición exista. Son la materialización, el ejemplo acuerpado del bombardeo de la publicidad, el entorno obesogénico, la falta de acceso a ambientes adecuados y seguros para la actividad física, el gen ahorrador, etcétera. Quien quiera podrá encontrar aquí la verificación de su hipótesis favorita.

Pero, además de ser un fenómeno estadístico, una epidemia nacional, estos niños y niñas son miembros de una familia y de una comunidad en las que sus interacciones están marcadas por lecturas sobre su peso y la apariencia de su cuerpo. Desde el tristemente típico bullying escolar hasta la amonestación institucional de los servicios de salud, pasando por la crítica de su propio núcleo familiar.

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"Dar placer a los hijos a través de la comida que les gusta es una satisfacción muy poderosa".

Esta última es especialmente fuerte, pues es justamente esta red idealizada de protección, amor y solidaridad, la que de formas a veces veladas y otras muy explícitas, juzga a los niños no solo física sino moralmente.

No es raro escuchar que les señalen por comer mucho, por pedir más, por no llenarse, por no tener un buen desempeño en las actividades físicas de la escuela, porque la ropa no les queda, porque parecen esto o lo otro. Y es un asunto confuso incluso para una adulta que lo mira desde afuera, porque muchos de estos juicios y señalamientos son formulados en una clave amorosa, de preocupación y cuidado. O de broma fraterna, de jugueteo casual, familiar a fin de cuentas.

Es claro que estas no son dinámicas privativas de las familias que viven en pobreza, sino una forma de lidiar con el sobrepeso infantil, una lógica que atraviesa todos los estratos sociales de una comunidad que encuentra en la gordura un defecto, un rasgo no solo indeseable sino condenable, despreciable. A pesar de ello, también es claro que —al menos en los casos que conozco— son niñas y niños amados. No hay duda de ello. Sus familias los quieren, cuidan, protegen, atienden, consideran, incluyen, y la comida es una parte muy importante de este afecto y procuración.

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"Satisfacer el antojo de un niño puede hacer la diferencia entre que se sienta igual o menos que otro".

Dar placer a los hijos a través de la comida que les gusta es una satisfacción muy poderosa, y esto es importante en contextos de pocos recursos, en los que la culpa y la frustración por no poderles dar todo lo que necesitan o desean es frecuente. Satisfacer el antojo de un niño puede hacer la diferencia entre que se sienta igual o menos que otro; evita conflictos mayores a madres de suyo presionadas y agobiadas; vincula a los hijos con padres que trabajan doce horas al día y aprovechan el poco tiempo que tienen para ir juntos a la tiendita de la esquina, donde cada hijo escogerá una golosina. Disfrutar juntos de comidas gozosas, que trasgreden las normas del buen comer, crea momentos alegres, hace mejores recuerdos.

Pero la relación entre la comida, el afecto y los cuerpos es muy compleja, está llena de prejuicios y moralidades que nos trascienden como individuos. Y, a pesar de que nos queremos tanto a través de la comida y sus placeres, podemos ser infinitamente crueles con algunas de sus consecuencias.

Años de dietas

Si usted no tuvo la infortuna de ser un niño o niña con sobrepeso, le costará un poco de trabajo imaginarlo, pero si lo fue, como una servidora, no tendrá inconveniente en aceptarlo. Mi caso no fue, en absoluto, el de la pobreza. Fui una niña delgada que empezó a engordar cuando decidió dejar de tajo la intensa actividad física que había realizado por años (y la escuela y cualquier forma de vida pública, pero eso es otra historia). Luego vinieron los cambios de la adolescencia, las subidas y bajadas de peso. Hasta la fecha, la historia de mi cuerpo me parece poco clara, un relato sumamente distorsionado.

Lo que recuerdo con mucha fidelidad es la relación que establecí con mi madre durante esos años. Ella también padecía problemas de sobrepeso que llegaron con el segundo hijo y se afianzaron con la llegada de la tercera y última de nosotros. La lectura que ella hacía de mi cuerpo, y del reflejo de su propio cuerpo en el mío, marcaron una etapa decisiva de nuestra relación.

Fueron años de dietas —la que estuviera de moda— y rebotes, de aprender a contar calorías, de entender la vida como una serie de restricciones, de días grises que agarraban un poquito de color los fines de semana, cuando comíamos fuera y podíamos complacernos un poco. Solo un poco.

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"Fueron años de dietas —la que estuviera de moda— y rebotes, de aprender a contar calorías, de entender la vida como una serie de restricciones..."

No pasaba de los diez años y ya acompañaba a mi madre en los desde entonces obsoletos métodos de Weight Watchers (de los que solo recuerdo unas deliciosas paletas de hielo, alargadas, delgadas —obviamente— que vendían en dos sabores: naranja-vainilla y chocolate con menta. Puedo recrear su sabor con solo pensarlas: eran sabrosísimas). Fuimos juntas con cuanta nutrióloga le recomendaban, una experiencia de la que recuerdo rencorosamente que mi madre siempre estaba en mis revisiones y yo nunca en las de ella. Salíamos a caminar juntas al parque, nos turnábamos la bicicleta fija y la caminadora que había en casa.

Nos apoyábamos; recaíamos juntas y nos levantábamos juntas. Aunque no. Porque la lectura de mi madre sobre mi cuerpo y mi proceso siempre fue más franca y directiva de lo que yo podía ser con ella. Después de todo, era ella quien decidía sobre mi comida, tenía la potestad absoluta del cuidado de mi cuerpo. Aquella era una solidaridad bastante vertical y ella podía ser dura.

Nunca será lo mismo el sobrepeso infantil de la escasez que el de la holgura.

Ahora entiendo que esa etapa, al menos para mí, se trató mucho menos de bajar de peso que de acercarme a mi madre, de conectarme con ella en una batalla que nos dolía y nos unía en el cuerpo. Fue una forma horrenda de aprender a ser mujer, pero lo hice junto a la mujer de mi vida y eso, de algún modo, sigue siendo entrañable.

Ya después la independencia y la razón crítica —que mi madre también ayudaría a formar— me hicieron tomar la gestión de mi cuerpo y a reinventar mi relación con él y con la comida. Los resultados son variados, algunos muy interesantes y placenteros, otros de dudosa calidad. Pero son míos y me congratulo. Eso no quita las resonancias ni los guiños al pasado, que hoy se manifiestan como preguntas sobre y para los otros.

Nunca será lo mismo el sobrepeso infantil de la escasez que el de la holgura. Aquí intenté organizar algunas ideas sobre cuán específico y complejo puede ser el primero. Confesé la experiencia íntima del segundo. Pero me parece que, en cualquier contexto, la idea de fondo es que los juicios sobre los "cuerpos niños" son poderosos, trascienden, marcan. Detrás del sobrepeso hay relaciones, hay afecto, compensaciones dolorosas y momentos alegres, privaciones y satisfacciones. Hay alianzas tácitas, complicidades; también rechazo y ansiedad. Todo eso se lleva hacia adelante, todo eso avanza o retrocede con nosotros.

Es complejo, pues. Y no, no es lo mismo, pero a veces se parece tanto.

*Este contenido representa la opinión del autor y no necesariamente la de HuffPost México.

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