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Llévense al icono, déjennos sus cenizas: sobre la muerte de Fidel Castro y sus dolientes cubanos

02/12/2016 10:59 AM CST | Actualizado 07/02/2017 8:19 AM CST
Carlos Barria / Reuters
Personas esperan el arribo de la caravana con las cenizas de Fidel en la provincia Las Tunas, Cuba, este 2 de diciembre.

Fidel Castro partió la noche del 25 de noviembre. ¿A dónde se fue?

Luego de mirar el aluvión de llorosos obituarios y las jubilosas fiestas por todo el mundo, el paraíso y el infierno parecen ser sus dos destinos más populares al fin del peregrinaje de nueve días que llevará las cenizas del líder de la Revolución cubana, de La Habana al cementerio de Santa Ifigenia, en Santiago de Cuba.

¿El paraíso o el infierno? Sus simpatizantes y sus oponentes solían enfrentarse entre sí desde sus respectivas tribunas. Ya fuera en la Plaza de la Revolución en La Habana, o en el Restaurante Versailles de Miami, sus vociferantes argumentos se han impuesto sobre cualquier posibilidad de un razonamiento claro y productivo.

Infierno o paraíso. O infierno y paraíso... en realidad ya no importa más.

Para mí, lo que realmente importa es que los sobrevivientes, una multitud de cubanos de todas las edades, razas, culturas y creencias políticas y religiosas repartidos por los cinco continentes se han visto rodeados de voces de todo el mundo que afirman sentirse igualmente dolidos por la partida de Fidel Castro.

Cuando Raúl Castro, el actual presidente cubano, anunció su muerte, no supe cómo reaccionar. No estaba realmente triste o feliz, ni siquiera indiferente. Lo más seguro es que no me sorprendió. La ausencia de Fidel Castro de la arena política desde 2006, cuando le cedió la presidencia a su hermano, progresivamente lo borró de la vida cotidiana de los cubanos. Se convirtió en un espectro de una era pasada, enterrado por la liberalización económica del Estado y por el notorio incremento de las desigualdades sociales, económicas y raciales.

Además, tras dos décadas de vivir en Europa y Estados Unidos, personalmente conseguí limitar su influencia en mi rutina cotidiana. Pero el olvido absoluto ha sido imposible. Como nacido en La Habana en los años 70 y habiendo pasado los primeros 20 años de mi vida en la isla, no puedo pretender estar totalmente libre del impacto de Fidel en mi ser. Igual llamo a esto la memoria de la carne. Para bien o para mal, para nuestro gozo o dolor, él ha dado forma a nuestras vidas.

Fidel trabajó muy duro para que se le identificara a él como Cuba, en su totalidad y, caray, creo que quizá debemos darle todo el crédito por este logro: por casi medio siglo, Fidel Castro mandó en la isla y creó, de manera sistemática, formas para interferir en nuestra existencia íntima. Su presencia ha sido constante en todo lo que hacemos, a dondequiera que vamos, en lo que sea que comemos, estudiamos, vestimos, cómo decoramos nuestras casas, cómo y a quién amamos u odiamos... él se mete inclusive en nuestros sueños y pesadillas.

Y ahora, en los primeros días de que partió a su otra vida, nos sigue acechando.

Semejante dominio sobre unos seres humanos nos obliga a revisar con cuidado la dimensión existencial de su legado múltiple y controversial, el cual va más allá de lo político. Se incrusta en nuestras más profundas emociones y experiencias personales. Lo que me queda de la actual borrachera de lamentos o celebraciones por su muerte es que cada quien se queda con su propio Fidel en su carne. Cada experiencia parece única e intransferible. La campesina pobre y analfabeta que en los 60 y 70 se convirtió en estudiante; el primo de esa misma campesina cuyo padre, un presunto conspirador y contrarrevolucionario, fue ejecutado por un escuadrón de fusilamiento; el cubano negro que obtuvo un doctorado en energía nuclear en Moscú; y el homosexual, practicante de la religión yoruba de la santería, o Regla de Osha, refundido en los infames campos de concentración llamados UMAP. Todos experimentaron el poder de Fidel Castro de manera diferente.

El chico de Luanda (Angola), quien pudo completar su educación básica gracias a un profesor cubano; el estudiante chileno, quien escapó en condiciones extremas de la policía secreta de Augusto Pinochet y que disfrutó por décadas de una vida cómoda en La Habana; la mujer haitiana, salvada por un doctor cubano; aquel hombre afroamericano, conmovido de por vida por las películas de Fidel Castro y Malcolm X en el Hotel Theresa en el Harlem de 1960; inclusive aquellos izquierdistas latinoamericanos o europeos, ávidos de un mito lo suficientemente fuerte para amparar sus elecciones políticas... todos tienen razones personales para lamentar la muerte de Fidel.

Y yo entiendo y respeto la tristeza de todos los dolientes sobre el planeta quienes vieron a Fidel Castro como su salvador y que por ello les afecta su muerte.

Como una cubana negra, también me ha preocupado el destino de las naciones africanas. Sin embargo, cada vez que escucho o leo un halago del papel que Fidel Castro jugó en los movimientos de liberación africana, no puedo evitar remontarme al pasado y regresar al cuerpo de la pequeña niña que fui en los 80. El de la niña que no sabía si su padre, quien partió a pelear en una guerra que ella nunca entendió a un país que no se podía imaginar, regresaría a casa, o si acaso regresaría en sí.

Él nunca volvió a ser el mismo que solía ser previo a su experiencia bélica en África y mi familia se rompió desde entonces. De cualquier manera, tuve suerte. Muchos otros, aproximadamente 10 mil cubanos, murieron en Angola. Su regreso, dentro de ataúdes solemnes, cubiertos por la bandera cubana, fue devastador. Eso fue un auténtico funeral a nivel nacional. ¡El de 1989 fue el verdadero fin de una era!

Esas cicatrices permanecen en nuestra carne cubana. Son parte de nuestro trauma nacional y aunque no todos puedan soportar el dolor de los demás, por lo menos debemos respetarlo.

Por ello, ¿podrá ahora el mundo respetar el derecho de todos los cubanos, tanto de los que viven dentro y fuera de la isla, de reaccionar a la muerte de Fidel Castro como nos plazca? ¿Por qué tener jueces que solo ven en Fidel Castro un ícono revolucionario, criticar nuestras diferencias internas como cubanos? ¿Por qué algunos de ellos hasta parecen regocijarse por nuestros conflictos, injuriando tanto a los isleños como a los exiliados?

La solidaridad no debería viajar en una sola dirección.

Para aquellos que en el pasado se han beneficiado del internacionalismo cubano, quizá el mejor gesto de solidaridad hacia los seres humanos que pelearon sus peleas, construyeron sus carreteras, enseñaron a sus hijos, y salvaron a sus pueblos, aquellos que cumplieron los deseos de Fidel Castro, es evitar atacar a los cubanos por las diferentes formas en que respondemos a la muerte del hombre que determinó nuestro destino.

Por estos días, a él se le llama el padre de todos los revolucionarios y súper héroe, o dictador brutal, inclusive un demonio; pero siempre una figura mítica, inabarcable, alguien mucho más grande que nosotros, sus supervivientes. El anuncio de su muerte coincidió con el aniversario de la partida, el 25 de noviembre, del yate Granma, el barco que salió de México en 1956 con los guerrilleros comandados por Castro, listos para reiniciar la revolución.

Los supervivientes, no tenemos razones legítimas para insultar y pelear entre nosotros. Al contrario, tendríamos que comenzar a escuchar lo que cada uno tiene que decir.

Los funerales durarán nueve días, como la novena tradicional de los católicos, tiempo en el que sus cenizas viajarán por toda la isla, siguiendo en reversa el mismo itinerario de las fuerzas revolucionarias en 1958. Al final, pero no es lo último, sus cenizas se enterrarán el 4 de diciembre, el día en que los católicos celebran a Santa Bárbara, la cual es más venerada por los cubanos como Shangó, su equivalente yoruba, a quien se le identifica como el dios de la virilidad, la realeza, la ferocidad y el valor.

Opacado por la abundancia de discursos, saludos de cañones, poemas grandilocuentes, rituales religiosos e históricos, será difícil averiguar qué se oculta detrás del mito.

Pero, bueno, somos los cubanos. Y somos humanos, no símbolos. Estamos vivos mientras las cenizas del expresidente avanzan a su destino final: no el paraíso ni el infierno. Simplemente, la tierra misma.

Nosotros, los supervivientes, no tenemos razones legítimas para insultar y pelear entre nosotros. Al contrario, tendríamos que comenzar a escuchar lo que cada uno tiene que decir.

Es una gran oportunidad para aprender a cómo existir sin nuestras viejas certezas y falsas creencias. Vivir solo por nosotros, con nuestros propios cuerpos, suspiro a suspiro.

En tanto, aquellos que no pueden vivir sin los mitos, los invito cordialmente a llevarse al ícono con ustedes. Déjennos las cenizas que, de todos modos, ya llegan a su destino.

*Gracias al profesor James Buckwalter por su atenta lectura de este texto.

Este artículo fue publicado originalmente en The Huffington Post y posteriormente traducido.

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*Este texto representa la opinión del autor y no necesariamente la de The Huffington Post México.