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Mi abuela encontró el amor de su vida a los noventa

22/05/2017 12:00 PM CDT | Actualizado 22/05/2017 3:41 PM CDT

"Tengo novio", me dijo mi abuela por teléfono. Era agosto de 2016 y yo fingía estar en Arizona cuando, en realidad, me había mudado a Estambul. La abuela llevaba años diciéndome que debería dejar de viajar a Turquía porque era "un sitio muy peligroso". Decidí que no merecía la pena contarle la verdad para que no se preocupara por los intentos de golpe de Estado, las detenciones en masa y los bombardeos reiterados (va, puede que tuviera algo de razón), de modo que enfoqué la conversación hacia sus novedades. No esperaba para nada que su vida fuera de repente más interesante que la mía, desde luego.

"Tiene noventa y tres años. Está hecho todo un caballero", me comentó.

CORTESÍA DE NEKTARIA PETROU

"Pensaba que ya no querías tener nada de eso", le respondí. Un año después de que muriera el abuelo, le aconsejé que tuviera novio y reaccionó como si le hubiera dicho que se comprara una camisa de fuerza: "¿Y para qué quiero yo tener algo de eso? Ya tengo un perro".

"Son cosas que pasan", dijo mi abuela.

"¿Y cómo...?"

"Nuestro cuidador nos presentó hace dos meses".

"Pero ¿es tu amigo o tu novio?"

"Novio, sin duda", contestó con un tono de voz alegre que solo recordaba haber oído una vez antes, justo después de adoptar a su perro, un caniche mestizo monísimo llamado Coco. "Me lleva a cenar dos veces por semana".

"¿Se dan la mano?"

"No sería buena idea. Los dos andamos con bastón".

Les conté a mis compañeros de trabajo lo de la abuela y me dijeron: "¡Qué bonito! Tiene un compañero". Todo el mundo daba por hecho que su relación seguiría, pero de forma más bien platónica. Yo deseé que fuera algo más que eso.

La forma de hablar tan anticuada de la abuela me pareció adorable. Ella y su novio no estaban saliendo: se estaban conociendo.

La abuela nació en Brooklyn (Nueva York) en 1926, se casó en 1945 y enviudó en 2010. Ya no maneja y se queja de que los correos electrónicos y Skype son cosas muy complicadas, pero aún vive sola en adosados de Nueva York y Florida. Cuando yo era pequeña, pasaba mucho tiempo con ella, en parte porque lo disfrutaba, en parte porque mis padres querían librarse de mí y en parte porque era la niña que mi abuela siempre había deseado tener en vez de sus cuatro hijos varones. Cuando mi padre la llamó por teléfono para anunciarle mi nacimiento, la abuela chilló emocionada: "¡Por fin tengo a mi niña!".

Cuando iba a primaria, la abuela y yo hacíamos ropa de muñeca con su máquina de coser Singer, recogíamos judías verdes y tomates de su huerto, veíamos pelis románticas mientras comíamos palomitas con mantequilla y jugábamos a maquillarnos y pintarnos las uñas. También la veía pintar paisajes con acuarelas, un pasatiempo que llenaba el hueco de la historia de amor que le gustaría haber vivido en lugar de su matrimonio infeliz. Cuando yo tenía diez años y oía sus discusiones desde el asiento trasero del coche de mi abuelo, ya me preguntaba por qué no se divorciaban. Así que, cuando se quedó viuda, casi pude entender cómo un perro, Coco, podía parecer mejor que un marido.

CORTESÍA DE NEKTARIA PETROU

Pero cuando Coco dejó de ser una novedad, mi abuela fue haciéndose cada vez más gruñona. Fui en 2015 a visitarla unos días a Florida con ganas de mantener conversaciones profundas sobre su vida, pero ella solo parecía estar preocupada por su lista de tareas del fin de semana. Ese domingo por la tarde, se enojó conmigo porque había atascado el triturador de residuos del fregadero con tallos de col rizada. "¿Es que no tienes triturador en tu casa? ¿No sabes que no puedes tirar verduras ahí dentro nunca?", me gritó.

"Pues en mi triturador tiro siempre los tallos de col rizada".

"¡Vete a tu cuarto!", rugió.

"Ya tengo treinta y nueve años y...".

"¡Ni se te ocurra hablarme así!"

De modo que agarré la correa del perro y llamé a Coco en vez de terminar la frase. Mientras paseaba, recordé que mi tío me había contado que la abuela había sufrido depresión casi toda su vida. En un momento determinado, probablemente cuando tenía unos treinta años, llegó a estar tan abatida que salió de su casa de Nueva York descalza, vestida solo con su camisón en plena noche de invierno.

Este recuerdo me ayudó a mantener la calma y la paciencia cuando la abuela gruñía y gruñía sobre el desastre del triturador atascado, incluso cuando ya se había solucionado el problema. El lunes por la mañana, minutos antes de que saliera hacia el aeropuerto, la abuela me pidió perdón por el arrebato que le había dado. Le di un beso en la frente y le dije: "No pasa nada", pero no le prometí más visitas.

Tratando de dejar atrás este incidente, le mandé a la abuela un ejemplar de mi novela favorita: El amor en los tiempos del cólera (una historia de amor entre personas mayores, guiño, guiño). Cuando le pregunté qué le había parecido, me respondió: "No es mi estilo. Prefiero los de Danielle Steel". No podíamos pasar un fin de semana en la misma casa, nuestros gustos literarios no coincidían y rechazaba por completo la posibilidad de tener novio, pero si a la abuela le gustaban los libros de Danielle, es que aún no se había dado por vencida en el amor. Y por eso me entusiasmé tanto cuando me dijo en agosto de 2016 que tenía novio.

¿Sabes una cosa? Tendría que haber empezado con esto de los novios mucho antes.Mi abuela

En septiembre, volví a llamar para que me pusiera al día. Su novio había empezado a llevar el bastón en la mano izquierda para poder andar cogidos de la mano cuando entraran a los restaurantes. La semana anterior, había llevado a la abuela a casa en coche después de cenar, la había acompañado hasta la misma puerta y le había dado una foto suya. En la siguiente cita, fue ella la que le dio una foto suya a él. Este intercambio, según los protocolos de los 40, significaba exclusividad. En octubre, la abuela dijo que su novio había empezado a entrar con ella a casa para tomar una taza de descafeinado después de sus citas para cenar. "Es muy besucón, ya lo creo, pero el otro día intentó algo para lo que no estoy preparada".

"Detalles", le pedí.

"No voy a contar esas cosas", respondió.

"¿De qué tienes miedo, abuela? ¿De quedarte embarazada?".

"No estoy preparada. Aún no llevamos suficiente tiempo conociéndonos".

La forma de hablar tan anticuada de la abuela me pareció adorable. Ella y su novio no estaban saliendo: se estaban conociendo.

"¿Sabes una cosa? Tendría que haber empezado con esto de los novios mucho antes", me dijo.

"Abuela, así quizás se piensa que no te interesa".

"Pero es que no estoy segura de querer eso".

"¿Quién puede no querer eso? Tienes suerte de haber encontrado a un hombre que aún es capaz".

"Puede esperar".

"¿A sus noventa y tres años? Mira, abuela, igual puedo enseñarte unas cuantas cosas".

"¡Igual soy yo la que puede enseñarte unas cuantas cosas a ti!"

Cuando llamé en noviembre, me dijo que le había comprado a su novio un nuevo traje porque quería llevarle a la cena familiar de Acción de Gracias. Aunque todos los demás iban a ir con ropa informal, la abuela insistía en ir acompañada por un hombre de buen ver. Recuerdo que discutía con el abuelo por sus viejos "pantalones de peto con tirantes" y sus pelos. Por suerte, su novio era más transigente.

Para Navidad, su novio le regaló un collar de plata y diamantes. Un hombre listo: las joyas habían sido siempre la debilidad de mi abuela. Ella, de regalo, se lo llevó a comprar zapatos (odiaba sus "espantosos" mocasines) y le invitó a dormir a casa. "¡Estamos tan enamorados!", me comentó por teléfono en Nochebuena.

"¿Te has comprado lencería?", le pregunté.

"¿A mi edad? ¿Me estás tomando el pelo? Se conformará con lo que haya".

"¿Toma viagra?"

"Dice que no le hace falta".

La llamé al día siguiente: "¿Y bien? ¿Lo hiciste?".

"No. Tuvo diarrea. La gran noche se pospone hasta mi cumpleaños".

Estaba comiendo el día 29 de diciembre en Estambul cuando la fiesta por los noventa años de mi abuela terminaba en Nueva York. Recibí en mi iPhone fotos de una radiante pareja: la abuela, vestida con un elegante vestido rosa que se había fabricado ella misma hacía décadas, estaba sentada en un sillón; detrás posaba su novio, muy elegante, apoyado en el respaldo. La mejor forma de hacer una foto sin bastones, claro. Les enseñé las fotos a mi multicultural grupo de compañeros de trabajo griegos, turcos, armenios y árabes.

No muchas personas pueden vivir una historia de amor a nuestra edad.El novio de mi abuela

Les fascinaba esta historia de amor en la que no importaba la edad, especialmente teniendo en cuenta que la abuela se conserva mejor a sus noventa años que la mayoría de mujeres de Oriente Medio a los setenta y cinco.

Unos pocos días más tarde, llamé otra vez, esta vez a Florida: "¿Ya lo hiciste?"

"Más o menos. Se hizo tarde después de la fiesta y habíamos bebido mucho vino, pero estuvo bien, fuera lo que fuese. Me llevó al aeropuerto a la mañana siguiente. ¡Qué duro fue despedirnos! Ahora hablamos tres o cuatro veces al día por FaceTime".

"¿Has aprendido a manejar FaceTime?"

"Sí, en mi iPad. Por cierto, me he comprado unos vestidos muy monos para dormir, un sujetador negro de encaje y bragas".

"¿Tanga?".

"No te pases".

Oía niños chillando. "¿Dónde estás?".

"De compras. Cumple noventa y cuatro la semana que viene. Estoy eligiendo una tarjeta de cumpleaños".

"Compra dos, abuela: una sexy y otra romántica".

"De acuerdo. ¿Sabes una cosa? Tendría que haber empezado con esto de los novios mucho antes".

"¿Recuerdas que te lo sugerí después de que muriera el abuelo? Y dijiste que ni hablar".

"Bueno, pues tenías razón. Se vive bien así".

Volví a llamar para San Valentín, sabiendo que su novio acababa de llegar para hacer una visita de dos semanas. "Apuesto que tu Día de San Valentín está siendo mejor que el mío", le dije a la abuela.

"Opino igual", respondió sin morderse la lengua.

"¿Quién es?", preguntó un hombre.

"Mi nieta mayor, la que me dice que me compre ropa interior sexy".

Su novio se puso al teléfono: "Ey, Nektaria, tengo que darte las gracias por la ayuda con lo de la lencería".

"Sin problema. Seguiré insistiendo hasta que se compre un tanga".

"Ojalá lo consigas".

"Yo tengo que darte las gracias a ti por hacer tan feliz a la abuela. Es otra persona ahora", le dije.

Él se rió. "Es que no muchas personas pueden vivir una historia de amor a nuestra edad. Bueno, espero conocerte pronto. Te contaré historias que nunca has oído sobre tu abuela". Era una oferta que no podía rechazar. "Les haré una visita tan pronto como me sea posible", le prometí.

Este post fue publicado originalmente en el HuffPost, fue traducido del inglés por Daniel Templeman Sauco, retomado por HuffPost España y luego editado.

Este contenido representa la opinión del autor y no necesariamente la de HuffPost México.

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