EL BLOG

Escribir es otra forma de amar

25/11/2016 3:07 PM CST | Actualizado 25/11/2016 7:07 PM CST
Facebook de CRG
La escritora Cristina Rivera Garza

El libro más reciente de Cristina Rivera Garza es, de cierta forma, una historia de amor. No quiero decir con ello que se trata de una narración de tema amoroso, sino que el proceso de su escritura estuvo atravesado por un amor desmedido. En una serie de ensayos, relatos breves, crónicas y algunos versos, Rivera Garza da cuenta de su obsesión por Juan Rulfo.

Desde el título, Había mucha neblina o humo o no sé qué, hay una referencia a la novela del autor jalisciense, Pedro Páramo. En el pasaje número 11, Miguel (que no termina de entender su muerte) le cuenta a doña Eduviges sus dificultades para ubicarse en el espacio y encontrar a su amada:

Se me perdió el pueblo. Había mucha neblina o humo o no sé qué; pero sí sé que Contla no existe. Fui más allá, según mis cálculos, y no encontré nada. Miguel, personaje de "Pedro Páramo"

Había mucha neblina... es una caminata circular por la vida y la obra de Rulfo. En el principio fueron la fascinación y la obsesión. Desde muy joven, Rivera Garza ha leído y releído la obra de Rulfo con el cuidado propio de los amantes. Parte de esa historia está en el blog Mi Rulfo mío de mí, donde hay fotografías tomadas por Rulfo, así como pasajes enteros de su obra rescritos (con modificaciones y sin ellas) por Rivera Garza.


Facebook de CRG

Algunas partes del libro hablan de la investigación documental realizada por Rivera Garza para darle sentido a la respuesta del escritor cuando le preguntaron sobre su proceso creativo: "Lo que pasa es que yo trabajo". ¿Qué significaba trabajar para un escritor nacido en 1917 en una pequeña localidad de Jalisco y emigrado a la Ciudad de México en 1933?

A partir de búsquedas en archivos institucionales de los lugares donde Rulfo fue contratado, emergieron algunas conexiones entre eso que comúnmente llamamos el día a día y la creación estética del autor. Literatura y vida, quizás lo intuíamos, no están desconectadas. Las andanzas de Rulfo por el México de medio siglo como agente de ventas en la Goodrich-Euzkadi, su participación como fotógrafo y analista en la Comisión del Papaloapan o su labor de editor dentro del Instituto Nacional Indigenista, determinaron e influyeron sus procesos de escritura. Incluso constituyeron, en alguna medida, parte de su producción artística.

Facebook de CRG

Desde hace algunos años, la figura de Rulfo como fotógrafo ha ocupado varias salas de museos y publicaciones especializadas. Rivera Garza aventura que no sería exagerado considerarlo un artista visual, debido no solo a la calidad de sus fotografías, sino a la importancia que tuvieron para el desarrollo de cierta estética visual mexicana. A pesar de ello, algunas de las imágenes más representativas fueron pensadas como documentos para la Comisión y no como piezas artísticas.

Rulfo tenía que utilizar sus habilidades con la palabra y con la lente para producir un paisaje desolador y, a la vez, un futuro promisorio.

La biografía se intercala con el relato del encuentro de un hombre que viaja por carreteras mexicanas con una mujer en medio del camino. A veces él es Rivera Garza; a veces es ella. Hacia el final del libro hay también algunos textos que ensayan narraciones a partir de situaciones rulfianas.


Facebook de CRG
Cristina Rivera Garza

El libro explora lugares de la vida del escritor sin agotarlos. Vuelve a ellos; se regocija con los hallazgos de archivo; regresa a la visión íntima y personal entre una lectora y un texto; se permite experimentar con varias formas discursivas; invita a otros autores favoritos de Cristina (como Walter Benjamin) a leer a Rulfo; incluye fotografías, material documental. No hay que olvidar que Rivera Garza también es, antes y después de todo, una escritora.

El último capítulo es la crónica de un viaje a Oaxaca que Rulfo podría haber vivido. La escritora narra una caminata cerro arriba que hizo, junto con varias personas queridas, para celebrar los primeros veinte días de un bebé mixe. Conforme avanza el relato (y avanza el viaje), Rulfo aparece citado aquí y allá. Este capítulo está dos veces en el libro: la primera en español y la segunda en mixe, traducida por Luis Balbuena.

Siempre he pensado que Rivera Garza tiene nombre de haikú: al decirlo es fácil imaginarse un ave parada a la orilla de un río. Acaso nombre no sea destino, pero tenemos libertad de pensar que ya desde allí hay un lazo con Rulfo. Él nombró a su hijo pródigo Pedro Páramo. Una piedra en medio de la nada. La primera es imagen de vida y tránsito; la segunda, de muerte y estatismo. ¿Qué pasa en el encuentro de ambas? Lo que pasa es eso que sostenemos entre manos cuando estamos frente a un libro. Las palabras del otro se vuelven mías cuando las pronuncio. Estamos en el afecto. Estamos frente a una historia de amor.

También te puede interesar:

- Diálogos contra el odio.

- El cielo en Oaxaca tiene algo de Rufino.

- Bob Dylan y los críticos literarios: ¿es un poeta o no?

*Este texto representa la opinión del autor y no necesariamente la de The Huffington Post México.