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El temblor de México se 'sintió' en Houston

28/09/2017 9:00 AM CDT | Actualizado 28/09/2017 12:54 PM CDT
Mariana Magdaleno Cervantes

Me enteré de que estaba temblando en México por medio de Twitter. El 19 de septiembre es una efeméride importante en mi familia porque en el 85 mi mamá perdió todo por el terremoto. En aquel tiempo, ella vivía en la Condesa y su edificio tuvo daños estructurales: una grieta en el baño permitía ver hacia la calle. Después del anuncio oficial para desalojar el edificio, se fue a vivir a Torreón y allá se quedó varios años. Así que esa mañana de 2017 habíamos platicado sobre el simulacro y recordamos juntas aquellos tiempos difíciles que a mí no me tocó vivir, pero que forman parte de las historias de mi vida desde que tengo memoria.

A las 13:14 en mi TL empezaron a aparecer mensajes sobre un terremoto. Apenas 12 días antes, así mismo me había enterado del otro temblor, el de 8.2. Intenté localizar a mi madre y pude hablar con ella por internet relativamente rápido. Por Twitter supe de los primeros edificios derrumbados y atestigüé desde lejos el terror de muchos de mis amigos ante la incertidumbre.

Mariana Magdaleno Cervantes

En Houston, por otro lado, todo tranquilo. Afuera de mi ventana, un sol brillante y un cielo despejado. Empecé a platicar con mis compañeras del doctorado en Escritura Creativa de la Universidad de Houston sobre el bienestar de sus familias. Una de ellas es de Puebla y no podía localizar a su mamá. Otra tenía una tía que vivía en la Condesa. Una más, no podía encontrar a una amiga de esa misma colonia. Otro, buscaba a sus seres queridos en Oaxaca. El horror que se colaba desde la pantalla de mi laptop y desde los mensajes del celular me provocó un sentimiento de despersonalización. Mis seres queridos estaban sufriendo a la distancia y no era claro si mi ciudad seguía siendo la de mis recuerdos de 28 años de vivir en ella.

La tecnología hizo que el 19 de septiembre mis ojos y mis manos estuvieran en Houston; pero mi corazón acelerado y mi piel sudorosa, en el DF.

Dicen que durante un ataque de pánico es recomendable buscar el "aquí y el ahora". Revisar que nuestro cuerpo esté bien, recuperar la respiración. Sin embargo, ¿dónde es mi aquí y ahora si mis seres queridos están en riesgo a 1600 km de distancia? Habría que repensar la idea del tiempo como la experiencia de nuestro cuerpo en el espacio. La tecnología hizo que el 19 de septiembre mis ojos y mis manos estuvieran en Houston; pero mi corazón acelerado y mi piel sudorosa, en el DF.

Conforme avanzó el día fuimos localizado a las personas que no habíamos podido encontrar. Algo de calma se mezcló con el pánico creciente al confirmar las primeras muertes y las vidas en riesgo que resistían bajo los escombros. No pude trabajar más en todo el día, tampoco distraerme: salirme del departamento se sentía como dejar solos a mis compas chilangos, como dejarme sola. Ya para la noche, mi amiga de Puebla pasó a verme y salimos a la calle para caminar juntas. Platicamos animadamente sobre lo que habíamos visto, nos enojamos por la corrupción de las inmobiliarias y el gobierno. Lloramos un poco. De pronto, pasó una ambulancia por donde andábamos: "¿Se habrá caído otro edificio?", dijo ella. "Estamos en Houston", le contesté en voz muy baja. Guardamos un rato de silencio y regresamos a nuestras casas.

Irasema Feres

Floriberto Díaz dice que la comunalidad está basada en la tierra compartida, el trabajo colectivo y el servicio gratuito. Pocas veces esto me ha quedado más claro. El terremoto hizo que las personas se unieran alrededor del territorio habitado por todas. Desde la primera noche, los vecinos salieron a la calle a remover escombros, a repartir comida, a abrazarse para aliviar el susto y el dolor. A ocho días de distancia, siguen llegando voluntarios a los centros de acopio y a los lugares más afectados del DF, Oaxaca, Chiapas, Morelos y Puebla.

Ese mismo territorio compartido se hizo presente en Houston. Cuando los tuyos y los míos se convierten en "los nuestros" se levanta el alivio de la esperanza de un tiempo mejor, la promesa de restituir los daños. Si fuera buen tiempo para hablar de las estelas de luz que suelen dejar tras de sí las catástrofes, diría que los terremotos reactivaron la organización entre los ciudadanos y pusieron en evidencia la corrupción y la impunidad de nuestros gobiernos. Nos enseñaron que también en las ciudades somos capaces de autonomía y autogestión. Quizás estos aún sean días de mantener los puños levantados a la espera de que se escuchen los sobrevivientes entre las ruinas, pero este silencio no durará para siempre.

* Este contenido representa la opinión del autor y no necesariamente la de HuffPost México.