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El cielo en Oaxaca tiene algo de Rufino

28/10/2016 3:17 PM CDT | Actualizado 26/07/2017 1:36 PM CDT
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Hace apenas unos meses se inauguró en el Museo Tamayo de la Ciudad de México una nueva sala con obras pictóricas del artista oaxaqueño que da nombre al recinto. No se trata de un hecho menor: en las piezas que podrán verse hasta el 31 de enero de 2017 hay una parte poco conocida de los más de mil 300 óleos hechos por el pintor a lo largo de su vida.

Rufino Tamayo. Primeras décadas. 1920-1959 es una colección de bocetos, litografías, óleos, gouaches y grabados realizados en estancias en Nueva York y París. A pesar de haber sido hechos lejos de México, hay algo en las formas geométricas y en los colores empleados que se siente vecino y entrañable: calacas inspiradas en José Guadalupe Posadas, fogatas que parecen magueyes, piedras imaginadas en un paisaje de Gerardo Murillo o vendedoras de pan en vestidos de percal o manta blanca.

En un lento recorrido por la exposición, hubo una serie que ocupó mi atención por completo: quince imágenes que Tamayo diseñó para una edición francesa del Apocalipsis de Juan en 1959. El escenario (y quizás diría, el protagonista) de varias de ellas es el cielo nocturno. Sin embargo, para Tamayo la noche rara vez es solo negra: por ejemplo, en las litografías de los cuatro jinetes del Juicio Final el cielo tiene tintes rosas, azules, violetas o amarillos. Cada color del firmamento dialoga con los colores de los caballos funestos: uno es blanco, otro rojo; uno amarillo y otro negro.

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Aunque la secuencia de imágenes no busca narrar los pasajes bíblicos con detalle, varias escenas emblemáticas son aludidas: hay, por ejemplo, una bestia roja que podría ser el dragón de siete cabezas y diez cuernos que arrastra en su cola las estrellas de la bóveda celeste (Apocalipsis, 12:3). Los gestos de cada cabeza se reducen a líneas curvas que, según su dirección, indican una sonrisa o un puchero. A pesar de sus rasgos infantiles, las imágenes no son ingenuas: crean un mundo oscuro poblado de seres feroces.

Las ilustraciones no buscan ser realistas o figurativas: inventan las reglas de un mundo propio, uno de formas geométricas, para traducir los símbolos y las alegorías del texto sagrado a una lógica de líneas y ritmos simples. Para Tamayo, un ángel caído es un conjunto de círculos y medias lunas con rectángulos abiertos y líneas que lo atraviesan para indicar su descenso: la figura del ángel blanco se encaja en un triángulo azul que forman dos bloques negros. La sensación de angustia por la reducción del espacio se logra con el empleo de sólo tres colores. En otra litografía, el apocalipsis es una espiral negra que se inserta en un piso de madera. Al lado del rizo hay un círculo negro flotando. De la figura central se desprende un color azul muy oscuro que contamina el lienzo blanco.

El resto de la exposición está compuesto por trabajos no seriados, pero agrupados según su técnica o su tema: un conjunto de bocetos hechos en lápiz para diversos proyectos; un par de óleos de gran formato en tonos cálidos que muestran a una pareja de enamorados o a una ronda de niños en actitud de juego; varios retratos, entre los que destaca uno de Olga Tamayo, hecho con carboncillo; una escultura de la cabeza de un hombre; una naturaleza muerta y algunos paisajes que recuerdan las montañas de Oaxaca.

Cuando estudié la preparatoria, visitar las playas del Pacífico era un viaje obligado. Sin embargo, yo nunca fui. Mi única forma de participar de aquellas noches oaxaqueñas fueron las pinturas de Tamayo. Las curvas invisibles de un cielo oscuro reaparecen una y otra vez en su obra: con pinceladas redondas, la penumbra puede poblarse de todos los colores y aparecer en constelaciones, brindis y autorretratos. En Tamayo la noche de Oaxaca es de una oscuridad fecunda, incluso bajo las luces brillantes de una sala de museo.

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