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Cuando decidí ser mujer

30/06/2017 7:00 AM CDT | Actualizado 30/06/2017 10:43 AM CDT
Getty Images/Hero Images

Yo no nací mujer. Aunque en mi vientre laten dos trompas de falopio y a pesar de que mis cromosomas son XX, el sentido que eso tiene en mi forma de vivir es parte de una serie elecciones. Desde que en 1989 mi madre vio la F (de "femenino") en el formulario del hospital donde dio a luz, comenzó a tratarme como ella pensaba que debía tratarse a una mujer. Decidió marcar mi cuerpo y mi entorno con símbolos que orientaran a las demás personas sobre la manera correcta de interactuar conmigo: antes de salir de llegar a mi primera casa, yo ya tenía unos aretes y una cobija rosa.

A pocos días de estar en el mundo, alguien ya había decidido mi género. Así de rápido, se abrió para mí un conjunto de posibilidades, enmarcadas por una elección ajena que se reforzó día con día desde afuera. Ser mujer se convirtió, con el paso del tiempo, en una serie de códigos que yo aprendí a imitar y a descifrar: provocar ternura y ser linda fueron quizás los primeros trucos que aprendí para responder a lo que se pedía de mí.

El primer recuerdo incómodo que tengo de haber rechazado la categoría asignada me remite a el primer año de primaria: es día de Deportes y la indicación era usar pants rojo y tenis blancos. Gran oportunidad para estar más cómoda y estrenar unos tenis de brocheta, con luz azul en el talón y un estampado de R2D2 en los laterales. Más tardé en entrar al salón de clases que una compañera en señalarme los pies y decir:

¿Por qué usas tenis de niño? ¿Eres hombre?

La verdad es que no supe qué responder. Vagamente recuerdo que dije "soy niña", pero no me sentí cómoda con eso. Al fin y al cabo no me encantaba pertenecer al grupo de niñas: yo quería jugar con los hombres, usar pantalones diario y pensaba que las mujeres eran unas tontas.

Esta pregunta que provocaron mis tenis se convirtió en una marca que llevé durante toda la primaria y a ella se sumó, un par de años más tarde, la obsesión de la profesora por mi cabello chino. Nunca me ha gustado usar peines o cepillos ni la sensación del gel, así que mi cabeza siempre luce un poco enredada. Harta de la crítica, pedí que me raparan, lo cual propagó la duda: ¿era niño o niña?

En las tardes yo jugaba a buscar mariposas muertas entre las cortinas del edificio viejo donde mi madre trabajaba. También jugaba con coches de fricción que podían saltar de una mesa a otra con el impulso suficiente. Otras veces, amarraba a mis barbies con un estambre y ellas bajaban por la ventana desde el tercer piso hasta el jardín del estacionamiento. No podría decir con certeza si mis juegos eran propios de algún género en específico. Lo que me queda claro es que eso me importaba poco.

Yo no quería ser niña, tampoco niño; pero es cierto que me gustaba más estar con ellos o sola. Durante muchos años sentí orgullo por llevarme mejor con los hombres que con las mujeres y aprendí a nombrarme fuera de cualquiera de los grupos. Me acostumbré a evadir la primera persona de plural y hablar siempre de ellos y ellas, como si yo no perteneciera a ninguno.

A veces las convicciones más profundas caen cuando se enfrentan a una pregunta sencilla. Una tarde de comida con una amiga comencé a quejarme de que las mujeres eran débiles, tontas y aburridas. Ella me interrumpió para decirme:

¿Si te das cuenta de que eso te incluye, verdad?

Así como los comentarios sobre mis tenis y mi cabello me hicieron dudar de mi género, la respuesta de mi amiga me ubicó: soy una mujer que nunca se sintió cómoda con lo que eso significaba. La cuestión es que yo tenía resuelta mi identidad de género, pero rechazaba la opresión que vive el grupo al que he decidido pertenecer. Mis deseos por estar con los hombres y ser como ellos era una expresión del desprecio con que aprendí a tratar a las demás mujeres y a mí misma.

A partir de que entendí eso, dejé de pensar en que debía elegir entre ser hombre o estar sola. Un amplio mundo frente a mí se abrió con la posibilidad de sentirme parte de una comunidad de mujeres.

Después de abandonar los prejuicios de género que me lastimaban y me hacían sentir sin un lugar apropiado, comencé a hablar sobre la existencia de una pluralidad de formas de ser mujer que no depende del sexo con el que se nace, sino de la forma en que nos enseñan a poblarlo de símbolos y a descifrarlo. A eso, más tarde, aprendí a llamarle feminismo.

*Este contenido representa la opinión del autor y no necesariamente la de HuffPost México.

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