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Barcelona

17/08/2017 5:00 PM CDT | Actualizado 18/08/2017 12:03 PM CDT

Albert Llop/Anadolu Agency/Getty Images
"Tenemos por delante días de rabia y luto por estas nuevas vidas rotas".

Y entonces, trece años después, la bola negra cayó en Barcelona. En La Rambla, ese bulevar mágico que discurre buscando el mar por el que cada día pasean miles de ciudadanos, barceloneses y forasteros. En torno a las cinco de la tarde, una furgoneta blanca embistió a un centenar de personas que esta tarde de agosto desafiaban los 30 grados de temperatura del centro de la ciudad.

Sobre su característico pavimento de olas, sobre los inconfundibles trazos del mosaico de Miró, los cuerpos quedaron esparcidos, y la incertidumbre y el miedo se instalaron durante horas en el centro de la ciudad. Mientras escribo estas líneas, la ciudad sigue tomada por los Mossos y la Policía: las fiestas del barrio de Gràcia se han suspendido y los barceloneses se movilizan para ofrecer su hospitalidad a tantos turistas que hoy lo necesitan.

Barcelona se suma ahora a París, Niza, Bruselas, Berlín, Londres o Manchester como campo de batalla de ese nuevo terrorismo freestyle que, ante la dificultad de conseguir y utilizar explosivos, utiliza camionetas o cuchillos para saciar su ansia de sangre. El objetivo no puede ser más fácil: mujeres, niños, hombres desarmados que pasean, trabajan o viajan confiados, aún sabiendo que la seguridad total no existe.

Barcelona se suma ahora a París, Niza, Bruselas, Berlín, Londres o Manchester como campo de batalla de ese nuevo terrorismo 'freestyle'.

Ninguna ciudad, ningún parque, terraza o bulevar es invulnerable en nuestras ciudades. Pero es de rigor reconocer el ingente trabajo que se ha desarrollado en España para intentar evitar esa pesadilla desde los atentados de Madrid, la primera gran ciudad occidental en vivir el zarpazo de la violencia yihadista en 2004. El atentado islamista del 11-M, el que mayor número de víctimas —193— ha causado en suelo europeo, pilló desprevenidos a las fuerzas de seguridad y a los servicios de inteligencia, que tenían concentrados todos sus esfuerzos en combatir el terrorismo de ETA.

Desde entonces, y han pasado ya trece años, España había conseguido evitar nuevos atentados, desactivar varias células listas para matar y detener a más de setecientos sospechosos, doscientos de los cuales están en prisión. No es tarea fácil, porque los nuevos aprendices del terror pueden pasar de ser chicos normales a convertirse en asesinos múltiples en un tiempo récord.

El pasado año, el Centro Nacional de Inteligencia contrató a 500 nuevos agentes, buena parte de ellos destinados a investigar las nuevas amenazas yihadistas, lo que requiere competencias muy diferentes a las tradicionales. La plantilla ya se había multiplicado por tres tras los atentados de Madrid, pero la evolución de los nuevos perfiles terroristas y la proliferación de lobos solitarios, que no necesariamente mantienen contactos con otros de su calaña, hacen imprescindible un enfoque más global. La colaboración internacional se ha intensificado a lo largo de estos años; y ahí el peso específico de España, tras décadas de lucha antiterrorista contra ETA, sigue siendo vital.

Tenemos por delante días de rabia y luto por estas nuevas vidas rotas, y por ello es importante recordar que la única forma de luchar frente a quienes quieren acobardarnos es la entereza y la cooperación leal.

Nada de todo esto sirve de consuelo en estas horas, mientras esperamos conocer la identidad y la nacionalidad de las víctimas de Barcelona. Tenemos por delante días de rabia y luto por estas nuevas vidas rotas, y por ello es importante recordar que la única forma de luchar frente a quienes quieren acobardarnos es la entereza y la cooperación leal.

El president Puigdemont y la alcaldesa Colau han lanzado el mensaje imprescindible en estos momentos: Barcelona, como Cataluña, es tierra de acogida y de paz, y no sucumbirá antes quienes quieren acabar con esa convivencia. Que esas palabras no sean huecas: qué inmenso favor le haríamos a los terroristas si el pulso soberanista contra el Estado —y la desconfianza que genera entre las instituciones— por un lado, y por otro las pulsiones contra el turismo en la ciudad, consiguieran agrietar esa fuerza común que tanto necesitamos en estos momentos de inmensa tristeza.

#PrayforBarcelona

Este texto fue publicado originalmente en El HuffPost.

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