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En defensa de los ciudadanos enojados

05/06/2017 4:00 AM CDT | Actualizado 05/06/2017 9:37 AM CDT
Ginnette Riquelme / Reuters
Protestas contra Donald Trump en Ciudad de México el 12 de febrero de 2017.

Los recientes procesos electorales han despertado una nueva oleada de recriminaciones a los ciudadanos, esos seres irracionales, que no llegan a los estándares éticos de la democracia liberal. Evidentemente, hay sectores eufóricos por el triunfo del Brexit, satisfechos con Trump a cargo del destino de Estados Unidos (y de su cuenta de Twitter), o de la creciente influencia del populismo. Pero la mayoría se rasga las vestiduras y temerosa espera resultados de las elecciones futuras.

Vivimos tiempos nuevos, de la posverdad, de ciudadanos angustiados por el desempleo, el terrorismo, el cambio climático; y también enojados por la clase política indiferente y corrupta. Son tiempos cuando las emociones importan, y el enojo o el fastidio son emociones predominantes. No favorecen decisiones razonadas, pero —como ciudadanos— tenemos derecho de expresarlos, de castigar a la clase política, su cinismo o incompetencia, de mandar una señal clara que la política no puede seguir como si nada. ¿Cómo, entonces, resolver la contradicción entre la necesidad de decisiones institucionalmente responsables y el derecho de expresar el enojo, el cansancio, hasta la desesperación?

Las recientes elecciones presidenciales en Francia sugieren una respuesta: elecciones de dos vueltas, como las del sistema francés.

La primera vuelta permite mandar una señal clara sobre preferencia ideológica, pero también de enojo, incluso de desesperación.

La victoria de Emmanuel Macron —o quizás debemos decir, la derrota de Marine Le Pen— ha sido interpretada como el regreso a la racionalidad, el respiro para la democracia liberal. Pero su dinámica era similar a muchas otras campañas electorales: recriminaciones, discurso de miedo, la debacle largamente anunciada de partidos tradicionales y el surgimiento de nuevas figuras (o nuevos discursos) que apelaban a las ideologías, identidades o inseguridades, más que a la racionalidad.

Los resultados de la primera vuelta reflejaron una sociedad profundamente dividida, con cuatro candidatos con votación tan pareja, que ninguno podía aspirar a declararse presidente de todos los franceses. Emmanuel Macron, banquero, outsider con poca experiencia, europeísta y representante de la casta financiera, alcanza el 23.9%. Marine Le Pen, heredera de un partido del clan Le Pen, con turbio pasado neofascista, pero también defensora de los trabajadores franceses desplazados por los inmigrantes y de la patria amenazada por la globalización, obtiene el 21.4%.

Francois Fillon, acosado por los escándalos de corrupción y acusando a los jueces de asesinato político de su candidatura y de las elecciones democráticas, llega al 19.9%. Y ,finalmente, Jean-Luc Mélenchon, de izquierda radical, antieuropeísta, ecologista y heraldo del fin de la monarquía presidencial en Francia, se queda con 19.6%.

Ya en la segunda vuelta, cuando se enfrentan solo dos candidatos más votados, las preferencias se decantan claramente: Macron capta 66% de los votos, mientras Le Pen se queda con 34%.

Analizando el sistema francés, podemos observar varios fenómenos que nos ayudarían a los ciudadanos descontentos con la clase política actual —pero también comprometidos con la democracia liberal— a recuperar el entusiasmo en la época de las elecciones.

La segunda vuelta es el tiempo del voto pragmático.

Lo más importante es que la primera vuelta ofrece la oportunidad de emitir el voto siguiendo la preferencia ideológica o programática, por muy inviable que sea. En Francia, este año se presentaron once candidatos, en un muy amplio espectro ideológico. Había algunos totalmente fuera del sistema, como el independiente Lassalle, antiguo pastor de ovejas en los Pirineos, defensor de las tierras rurales y una ecología humana. Ganó 1.5% de los votos, porcentaje insignificante estadísticamente hablando, pero que lo situó por encima de otros cuatro contendientes.

El menos votado (0.2%), Cheminade proponía colonización de la luna, programa que refleja el nivel del fastidio con la política. La primera vuelta, entonces, permite mandar una señal clara sobre preferencia ideológica, pero también de enojo, desesperación incluso. Permite también visualizar mejor el paisaje político de la sociedad. Así, las opciones nuevas, ideologías o propuestas poco ortodoxas encuentran vía de expresión institucional y pueden fortalecerse a lo largo de distintos ciclos electorales, como es el caso de Mélenchon.

La segunda vuelta es el tiempo del voto pragmático, como lo expresó el líder del Partido Comunista francés, cuando apoyó a Macron: "El Frente Nacional es un partido autoritario, xenófobo y de regresión social. Hay que bloquearlo". Pero incluso los electores de izquierda que —ante la alternativa de escoger entre el fascismo y el capitalismo— prefirieron abstenerse o votar en blanco, tenía alto grado de certeza que en la segunda vuelta su decisión no iba a traducirse en la victoria de la derecha extrema.

El hecho de que el voto pragmático se deja hasta la segunda vuelta tiene también la ventaja de mandar una señal clara al candidato triunfador: tu mandato no es incondicional, te vigilaremos, seguiremos luchando porque nuestra opción ideológica siga vigente.

En resumen, cambiemos el sistema electoral, permitamos que exprese nuestras convicciones más profundas, antes de exigir una decisión racional, que los políticos cínicamente interpretan como un cheque en blanco, un apoyo popular, que —en realidad—, ya no existe.

*Este contenido representa la opinión del autor y no necesariamente la de HuffPost México.

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