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No intentes vivir sin mí

30/06/2017 6:00 AM CDT | Actualizado 30/06/2017 9:57 AM CDT

Instagram: collateralbeauty

Hace unos días vi por segunda vez la película Collateral Beauty (Belleza inesperada). Con un elenco de primera: Will Smith, Kate Winslet, Edward Norton y Helen Mirren, entre otros. Tenía mucho tiempo de no ver algo que me cimbrara y removiera fibras sensibles de un modo tan intenso. El título no puede ser más puntual, no solo por la trama si no por sus efectos secundarios.

Decir que me arrancó el llanto no es novedoso; me declaro de lágrima fácil y para muestra, un botón, dicen por ahí. ¡Cómo olvidar aquel anuncio de Kodak y su slogan: "Recordar es volver a vivir" en el que invariablemente se me salían las de cocodrilo!". Pero, esto... es harina de otro costal.

Vuelvo a lo que me ocupa: Belleza inesperada.

De entrada aclaro que no soy una experta en cine, pero sí me considero amante de lo estético y profundo. Amén del vicio de ver las películas con ojo clínico en términos de guión, construcción de personajes, interpretación y realización. Tampoco pretendo profundizar en un análisis de la misma, pero resulta imposible no darle al César lo que es del César: me pongo de pie y mis respetos para el señor Allan Loeb. ¡Qué manera de escribir diálogos cargados de belleza y sutileza contundentes!

¡Al diablo con los cuestionamientos!

La historia gira en torno a la muerte de la hija del protagonista (Will Smith), una pequeña de apenas seis años. El hilo conductor, tres abstracciones: la muerte, el tiempo y el amor.

Conceptos complejos de los que se ha escrito desde siempre y que entrañan infinidad de matices polémicos; en la trama son aterrizados con una exquisita simplicidad de efecto sísmico-expansivo al ser personificados e interpretados por tres personajes.

Imagina entonces, que pudieras tener al tiempo de frente y escucharlo decir algo más o menos así: "Nadie entiende que soy un regalo. Todos se quejan de mí, incluso en este instante me tienes y lo estás desperdiciando".

A la muerte, en la figura de una mujer de la tercera edad, que te mira a los ojos, entornando los propios y en apenas un hilo de voz te susurra: "Si te fijas bien, nunca, nada muere de verdad".

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O qué tal al amor gesticulando y aseverando acaloradamente:

"Estás indefenso ante mí mientras vivas, porque yo soy el tejido de la vida. Estoy dentro de ti. Estoy dentro de todo (...) Soy el único por qué".

Más que fragmentos de un diálogo, son verdaderas máximas que al escucharlas en la voz de estos personajes, dejaron de ser nociones abstractas, lejanas y respetadas. Se transformaron en una ola que me revolcó y me dejó girando.

Cual "slot machine" de casino, esos giros veloces detuvieron su marcha para igualarse con la figura de al lado, terminando en un sonoro "Jack Pot, Bingo, Lotería, Aha moment y anexas".

En qué momento pasé por alto que si bien la muerte, el tiempo y el amor, son conceptos, estos SE VIVEN, SE EXPERIMENTAN, SE SIENTEN...

¿Desde cuándo viene esta introyección, que absorbemos como verdad absoluta, de que el mundo de la razón y el mundo del corazón están escindidos?

¿No sería más sencillo abrir los brazos, usar nuestros cinco sentidos para fundirnos con estas tres abstracciones? Si total, nunca podremos comprenderlas del todo y mucho menos controlarlas.

Me parece muy desafortunado quedar atrapado en el mundo de las ideas. Especialmente si me centro en el amor y sus distintas connotaciones y formas.

¡Al diablo con los cuestionamientos!

O también se nos olvida que eso somos...

Entonces, el amor dijo:

- ¡NO INTENTES VIVIR SIN MÍ! Por favor, no.

*Este contenido representa la opinión del autor y no necesariamente la de HuffPost México.

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