EL BLOG

La mitad de tus amigos no te quiere

30/10/2016 6:31 AM CST | Actualizado 26/07/2017 1:36 PM CDT
Getty Images/Flickr RF

Según un estudio reciente, la mitad de la gente que consideramos nuestros amigos no nos considera amistad suya. Repito, para aquellos lectores horrorizados que no lo puedan creer: a la mitad de las personas que nos caen bien, no le caemos bien. Esta noticia es particularmente alarmante para los que tenemos pocas amistades. En cuanto leí el estudio calculé, en una compleja y desalentadora operación matemática, que, de mis tres únicos amigos, uno me quiere, otro no, y el tercero está dividido: o sea, me quiere a medias, o a veces le caigo bien, y otras no.

En realidad, no hay de qué sorprenderse. Hoy día, en las redes sociales, la gente se jacta de tener decenas o cientos de amigos; pero si se trata de invitarlos a su fiesta de cumpleaños, por ejemplo, solo convida a una pequeña fracción de ellos. (También, por supuesto, puede suceder lo opuesto: uno invita a cuarenta personas y solo llegan diez, en una patética proporción que pude observar desde que cumplí seis años).

Lo que sí resulta asombroso es que sigamos creyendo que la gente nos quiere igual que la queremos, mientras que en realidad no somos nada más que relleno. Creemos ser indispensables e irremplazables, cuando probablemente no lo seamos salvo para nuestras mascotas. En todo caso, esto es lo que me repito cada vez que mi perro me mira con una adoración infinita, sobre todo cuando se acerca su hora de cenar.

La cultura que nos rodea, todo lo que aprendimos en el hogar, la escuela y los medios, nos asegura que nuestros padres, hermanos, hijos, nos aman incondicionalmente. La verdad, inaceptable para muchos, es que no es necesariamente así.

Como lo apuntan los autores del estudio, todas estas ilusiones estriban en la muy alta opinión que tenemos de nosotros mismos —o sea, en nuestro irremediable e inefable narcisismo. Lo cual se puede observar en muchísimas áreas de la vida. Casi todos nos creemos inherentemente superiores a los demás. Por ejemplo, jamás he conocido a nadie que no se considere muy inteligente, cosa especialmente notable en la gente tonta. Asimismo, todos estamos convencidos de que tenemos un excelente sentido del humor, que somos maravillosos escuchas, que tenemos buen ojo para el arte y un paladar finísimo, que somos expertos en materia de cine y que nuestra intuición nunca falla.

En esta última categoría, he oído a personas (todas mujeres, sea dicho de paso) que realmente piensan que tienen dones extrasensoriales y precognitivos, que les permiten saber cosas que los simples mortales no podemos aprehender. Sin proponérselo siquiera (y a veces, declaran, contra su voluntad), dicen percibir auras, energías, vibraciones electromagnéticas y verdades últimas que les llegan directo desde los espíritus, o sus antepasados, o su animal tótem, o los astros, o sencillamente su aguda comprensión del universo.

Cuando odiamos o despreciamos a alguien, lo más probable es que esa persona sienta lo mismo.

Si tomamos en cuenta todas estas inflaciones, para no decir inflamaciones, del ego, no es sorprendente que tengamos una altísima opinión de nosotros mismos. El problema es que probablemente no la compartan nuestros seres queridos.

Es más: el estudio citado habla solo de la amistad, pero podría también aplicarse a las relaciones familiares. Lo afirmo con toda certeza, porque en mis 25 años como psicoterapeuta observé con gran frecuencia el mismo tipo de ilusión entre familiares. La cultura que nos rodea, todo lo que aprendimos en el hogar, la escuela y los medios, nos asegura que nuestros padres, hermanos, hijos, nos aman incondicionalmente.

via GIPHY

La verdad, inaceptable para muchos, es que no es necesariamente así. He conocido a demasiados hijos que no quieren a su madre o padre, a hermanos que secretamente se detestan, e incluso a padres o madres a quienes uno de sus hijos sencillamente les cae mal. He escuchado a hermanos que preferirían nunca verse, a hijos felices de la muerte de sus padres, sin hablar de los esposos que no se toleran.

Si nosotros no somos reales en nuestros sentimientos, palabras y acciones, tampoco tendremos amigos reales.

Lo único curioso del asunto es que todos ellos piensan que sus familiares a ellos sí los quieren, cuando bien sabemos que los sentimientos negativos suelen ser más o menos mutuos. Cuando odiamos o despreciamos a alguien, lo más probable es que esa persona sienta lo mismo. No por nada han escrito tantos filósofos que debemos desconfiar más de nuestros amigos que de nuestros enemigos. Por lo menos, con estos últimos, sabemos a qué atenernos.

¿Qué debemos concluir de todo esto? Antes de irnos a esconder debajo de la cama, propongo que nos dediquemos a la mitad de los amigos que sí nos quiere. Aquí surge un pequeño problema: ¿cómo saber cuáles son? Prometo darles algunos criterios en una próxima entrega, pero mientras tanto, les adelanto un par de tips. Los supuestos amigos que solo nos hablan cuando nos necesitan, no lo son. Los que rehúsan desplazarse porque no tienen tiempo o les quedamos muy lejos, tampoco son amigos.

Lo único que nos queda entretanto es aferrarnos a los amigos que sí nos quieren y lo demuestran, en lugar de perder tanto tiempo con los amigos de compromiso, las visitas obligadas, los encuentros que no dejan nada en su blanca y superficial estela. Quizá de este modo podamos revertir las inconfesables leyes de nuestro narcisismo y de nuestra eterna autocomplacencia. Porque si nosotros no somos reales en nuestros sentimientos, palabras y acciones, tampoco tendremos amigos reales.

También te puede interesar:

- De la cena romántica a las armas de seducción masiva.

- La clave del 'éxito' es venderse como el único.

- Lo que pasaría si dejaran de existir los taxistas.