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El ataque de Londres es una bendición mediática momentánea para el Reino Unido

24/03/2017 12:59 PM CST | Actualizado 24/03/2017 6:02 PM CST
Jack Taylor/POOL New / Reuters
"El mundo ahora se puede olvidar de la escalofriante amistad entre Theresa May y el campeón del odio y el separatismo, Donald Trump".

¿Acaso era necesaria una declaración en papel membretado de Scotland Yard para entender que un individuo armado solamente con un cuchillo y corriendo solo hacia el Parlamento, no es un acto de terrorismo organizado? Aparentemente, sí.

Si existe tal necesidad, uno podría regocijarse en leer la atribución de responsabilidad del Estado Islámico (EI) por el ataque a Londres. Con el bautizo oficial del británico de 52 años, Khalid Masood, como soldado islámico, el Reino Unido se ha ganado la etiqueta de país fastidiado por el terrorismo y le es otorgada consecuentemente la atención incondicional y exclusiva del mundo entero.

Está de más mencionar lo poco que el Estado Islámico se ha responsabilizado por el ataque. Considerando que el grupo, en varias circunstancias, se ha atribuido la responsabilidad por crímenes de odio alrededor del mundo en los que ni ha tenido contacto directo con el perpetrador.

Investigadores británicos se están esforzando por conectar al individuo con cualquiera red criminal.

De igual manera, parece incuestionable, por la biografía del agresor, que la tragedia de Londres fue un brote aislado provocado por una mente perturbada, cuya primera condena por daños criminales data de 1983, en los despreocupados tiempos previos a los atentados del 11 de septiembre.

Naturalmente, investigadores británicos se están esforzando por conectar al individuo con cualquiera red criminal.

Sin embargo, la primera ministra del Reino Unido, Theresa May, tuvo su momento de gloria benevolente el 22 de marzo llenando su boca de palabras como: "Los terroristas eligieron atacar el corazón de nuestra capital, donde personas de todas las nacionalidades, religiones y culturas se unen para celebrar los valores de libertad, democracia y libertad de expresión".

A la luz de la terrible tragedia, resulta imposible rectificar tales palabras que salen de la boca de una política que ha estado promoviendo la que podría considerarse como la peor crisis divisionista de nuestro tiempo.

En tanto el autor del ataque fue neutralizado por la policía en la tarde del 22 de marzo en las proximidades del puente de Westminster, su nombre fue revelado hasta 27 horas después de su deceso, en conjunto con información que niega la existencia de amenazas de terrorismo organizado realmente significativo. La persistente calma de las autoridades sobre la identidad del 'soldado del ISIS' como 'el que no debe ser nombrado' no parece ser justificada por razones de seguridad nacional.

Hasta hoy, el Reino Unido se niega a aceptar que el autor pudo haber actuado solo.

Seis horas después del no muy diferente ataque en Niza el Día de la Bastilla que acabó con la vida de 85 personas, los medios franceses expusieron abiertamente el nombre completo del perpetrador. Se convirtió en un asunto de dominio público junto con las entrevistas a los familiares que negaban conexiones con el EI.

Otra situación semejante ocurrió en el ataque en Múnich, en donde detalles biográficos del autor, con posibles motivos mentales, fueron revelados a los medios apenas 16 horas después de la barbarie del adolescente suicida. En un momento en el que su afiliación con grupos terroristas aún no se confirmaba.

Mientras que sería un exceso conjeturar una conspiración, es evidente que durante 27 horas el Reino Unido ha dejado mágicamente de ser —bajo la opinión pública— el hermano mimado de Europa.

En las últimas horas, las audiencias del mundo tuvieron la oportunidad de olvidarse de la decisión consciente y aún en efecto del Reino Unido de perpetrar una división y salvaguardar sus privilegios por encima de la cooperación europea.

La semana pasada Reino Unido se convirtió en la mayor amenaza a la paz y estabilidad en Europa como la conocemos. Una nación divisora y procrastinadora de negociaciones, una madre despreocupada de sus regiones, un niño caprichoso.

No obstante, en las últimas horas, las audiencias del mundo tuvieron la oportunidad de olvidarse de la decisión consciente y aún en efecto del Reino Unido de perpetrar una división y salvaguardar sus privilegios por encima de la cooperación europea. Las audiencias hoy no pensarán en la recién irresponsabilidad de Westminster con las peticiones de Escocia de ser considerada durante el proceso de negociaciones del Brexit. El mundo ahora se puede olvidar de la escalofriante amistad entre Theresa May y el campeón del odio y el separatismo, Donald Trump, una amistad tan abierta que hace que surjan miedos sobre el futuro político de los británicos.

Hasta hoy, el Reino Unido se niega a aceptar que el autor pudo haber actuado solo y los medios nacionales literalmente han emitido una solicitud pública de información sobre Masood, probablemente esperando encontrar conexiones con un desconocido mesías yihadista.

Mientras que todas las víctimas inocentes merecen un sincero y debido respecto, duelo y luto, la cobertura de justicia y compasión que recibió el ataque se desarrolla, sin duda, en el momento más bajo de la reputación internacional del Reino Unido en la historia reciente. Quizás desde las medidas neoliberales de la Dama de Hierro, Margaret Thatcher, las islas Malvinas, o las múltiples declaraciones autocontradictorias de Boris Johnson.

Señora May, disfrute mientras dure.

*Este texto representa la opinión del autor y no necesariamente la de The Huffington Post México.

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