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Las trabajadoras del hogar, una nueva fuerza política

08/02/2017 2:30 PM CST | Actualizado 08/02/2017 3:55 PM CST

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Hemos creado redes de solidaridad, lazos de confianza con otras defensoras, que nos han permitido crecer como colectivo y como personas.

Soy una mujer indígena tzotzil, originaria de la comunidad de Tzajalá, en el municipio de Teopisca, Chiapas. Desde hace más de 20 años vivo en San Cristóbal de las Casas, donde he trabajado toda mi vida como empleada del hogar. Ahí he vivido explotación, maltratos, discriminación y violencia por ser mujer, indígena y empleada del hogar.

Cuando niña, al morir mis padres, quedé a cargo de mis abuelos maternos, quienes me maltrataban y me obligaban a realizar trabajos duros a pesar de que yo era muy chica. Cuando mi abuelo murió, quedé a cargo de mi abuela, quien trabajaba muy duro para sacarnos adelante. Aún así vivíamos en mucha pobreza porque ni el maíz ni el frijol que cosechábamos alcanzaban para todos.

Un día en la fiesta de mi comunidad conocí a una señora que era de Tuxtla Gutiérrez, la capital chiapaneca. Ella me dijo que estaba buscando una "chamaca" para trabajar en su casa. Me dijo que me iba a pagar bien, que me daría un buen cuarto y que iba a comer bien. Me fui con ella. Así, a mis 11 años, llegué a la primera casa donde trabajé, con la esperanza de ganar un dinero para enviar a mi abuela y vivir mejor.

Todas habíamos sido niñas que migraron a San Cristóbal para salir de la pobreza y buscar otras oportunidades, y que solo habíamos encontrado explotación.

Pero en la casa de la señora las cosas no fueron como me dijo. Trabajaba de 6 de la mañana a las 8 de la noche, de lunes a domingo. Sin descansos, sin poder salir de la casa, comiendo las sobras de lo que yo preparaba para la familia. El pago no fue lo que me habían prometido y me decían que suficiente era darme techo y comida. Así viví cuatro años. Con muchos maltratos, malas palabras y acosos sexuales. Cosas que viví en la soledad, porque no conocía a nadie en esa ciudad.

Cuando crecí un poco decidí salir de esa casa y buscar otro lugar donde vivir y trabajar. Después de tanta violencia, de humillaciones y sin ahorros. Nada me importó porque ya no podía aguantar más la vida de maltrato. Y un día me fui a San Cristóbal de las Casas. Las cosas que viví ahí tampoco fueron distintas.

Después de muchos años de vivir en soledad las violencias empecé a conocer a otras mujeres que también trabajaban como empleadas del hogar. Platicando entre nosotras nos dimos cuenta que vivíamos los mismos maltratos y discriminaciones. Que todas habíamos sido niñas que migraron a San Cristóbal para salir de la pobreza y buscar otras oportunidades, y que solo habíamos encontrado explotación. Entonces nos empezamos a organizar.

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Nuestras primeras actividades fueron las sesiones de alfabetización para otras empleadas. Luego comenzamos con talleres de derechos humanos laborales, derechos de las mujeres, derechos indígenas.

Con el apoyo de compañeras solidarias de organizaciones de mujeres y de derechos humanos, comenzamos en 2010 con un programa de alfabetización en trabajo y empleo doméstico, donde a partir de nuestra propia historia de explotación reflexionábamos y aprendíamos a leer y escribir. Aprendimos que siendo mujeres indígenas y pobres, también tenemos derechos como cualquier otra persona. Se nos cayeron las vendas de los ojos, pues.

A finales de ese año formamos el Colectivo de Empleadas Domésticas de los Altos de Chiapas (CEDACH), que fue el primer colectivo organizado de empleadas del hogar no solo en la región de los Altos de Chiapas, sino en todo el estado.Nuestras primeras actividades fueron las sesiones de alfabetización para otras empleadas, con la intención de que conocieran sus derechos y aprendieran a defenderlos.

Después comenzamos con los talleres de derechos humanos laborales, derechos de las mujeres, derechos indígenas. Buscábamos fortalecer al colectivo y también fortalecernos políticamente para hacer propuestas y aportar al mejoramiento de las condiciones de trabajo y de vida de las empleadas del hogar en Chiapas. Esa ha sido la principal motivación del trabajo que hacemos.

A partir de nuestra participación en estos espacios hemos fortalecido nuestros saberes y hemos aprendido mucho de las experiencias de otras compañeras que trabajan en contextos laborales muy marginados.

Buscamos alianzas con otras organizaciones de empleadas del hogar y de derechos humanos. Nos encontramos con trabajadoras de otros lugares del país, como Guerrero, Oaxaca y Morelos, con quienes conformamos la Red Nacional de Trabajadoras del Hogar.

Nos acercamos también con la organización Proyecto de Derechos Económicos, Sociales y Culturales, A.C. (ProDESC), que nos invitó a formar parte de la Coordinadora Nacional de Defensoras de Derechos Humanos Laborales. Un espacio de articulación donde participamos mujeres trabajadoras y defensoras de varios sectores laborales del país.

A partir de nuestra participación en estos espacios hemos fortalecido nuestros saberes y hemos aprendido mucho de las experiencias de otras compañeras que trabajan en contextos laborales muy marginados, como lo es el empleo del hogar. Además, hemos creado redes de solidaridad, lazos de confianza con otras defensoras, que nos han permitido crecer como colectivo y como personas.

Cuando llegué a la primera casa donde trabajé, nunca me hubiera imaginado que trabajaría en la organización de otras empleadas del hogar. Ahora, 30 años después, me siento fortalecida y convencida de seguir en la lucha por la defensa de nuestros derechos.

*Este texto representa la opinión del autor y no necesariamente la de The Huffington Post México.

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