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Las madres de la culpa o la culpa de las madres

01/10/2016 10:15 AM CDT | Actualizado 01/10/2016 10:15 AM CDT
Getty Images/Flickr RF

Después de escribir sobre esa intensa competencia y actividad que se ve entre las "madres alfa", he pensado mucho en lo que nos hace entrar en esa dinámica o jugar esos roles. La realidad es que las mujeres y madres de nuestro tiempo vivimos en un mar de culpas.

Durante siglos las mujeres tenían un mundo en el que pensaban que no había mucha alternativa: esperar a que llegara un hombre que quisiera casarse con ellas y después tener 5 o 10 hijos, dedicarse a criarlos, coserles la ropa, preparar comida y limpiar la casa. Los niños iban caminando o en bicicleta a la escuela, que estaba a algunas cuadras del hogar, y en la tarde regresaban a pasarla en casa con sus hermanos o en la calle con sus vecinos, no había actividades vespertinas, no había club, no había WhatsApp. A estas madres nunca les preguntaron si estaban de acuerdo, si querían, si les gustaba o no cocinar, coser y ser madres. Y la gran mayoría nunca pensó que podía cuestionarlo, aunque quienes lo hicieron se convirtieron en mujeres revolucionarias de su tiempo.

Por fortuna, hoy las mujeres somos personas antes que madres, esposas, cocineras y costureras. Muchas tenemos acceso a educación, opinión y cultura (aunque aún hay camino por recorrer), muchas decidimos que queremos seguir un camino propio, pero también queremos seguir el camino tradicional de la maternidad.

Quienes hoy somos madres de niños y adolescentes crecimos viendo esta transformación en nuestras propias madres. Mientras éramos niñas, empezaba esa rivalidad entre las madres que se quedaban en casa a cuidar a los hijos y quienes decidían tener un trabajo fuera de casa. Estas últimas vivían en un mundo terrible en el que eran juzgadas por abandonar a sus familias, por dejar a sus hijos crecer como flores silvestres. Pero además tenían doble trabajo, puesto que las labores del hogar y la crianza se mantenían como su responsabilidad íntegramente.

Con los años, el juicio se cambió, y se empezó a juzgar a las madres que no trabajaban fuera de casa, se empezó a decir que eran mantenidas y que estaban desperdiciando su vida y su cerebro. Cuando eso comenzó a suceder en México también aparecieron el Internet, los teléfonos celulares y las computadoras portátiles.

Hoy tenemos acceso a un mundo de posibilidades de vida, ya no estamos solo entre el matrimonio y los hijos, o los hábitos. El problema es lo que los economistas llamamos costo de oportunidad: para hacer una cosa, hay que renunciar a la otra. Es imposible cubrir con todos los objetivos a la perfección. Pero la cultura y la vida nos han impuesto que los dos roles son necesarios, uno "por el bien de los niños", para que ellos tengan a su madre y crezcan sanos y felices (alguien nos vendió el cuento de que si no estamos 24 horas con ellos no crecerán sanos ni felices, cuando ni las mamás de hace 200 años estaban todo el tiempo con sus hijos), y el otro por el bien de nuestra autoestima, nuestra economía y nuestra independencia.

Habemos millones de madres que vivimos tambaleándonos entre estos dos mundos, tratando de encontrar la forma de engañar al "costo de oportunidad" y no tener que renunciar a nada, pero esto solo genera estrés y frustración. En alguno de los dos roles siempre nos quedamos cortas.

Existen unas cuantas más que han aceptado su costo de oportunidad y viven razonablemente tranquilas con su rol de madres de tiempo completo, o con el de madres trabajadoras que brindan calidad vs cantidad. Pero incluso ellas viven con una culpa a cuestas, una culpa que constantemente las hace dudar si están haciendo lo correcto, si no están perdiéndose de un mundo de maravillas allá, en el costo de oportunidad. Culpa de ser injustas con sus hijos o consigo mismas.

A esto, se suma que los padres ya tampoco saben cómo apoyar, en qué inmiscuirse y en qué no. En vez de que las madres empecemos a liberarnos de la culpa, los padres empiezan a sufrirla también. El resultado son niños que tienen una compensación material por nuestras culpas, que tienen demasiados premios, demasiadas actividades y, tal vez, demasiada protección. Mientras tanto, nosotros seguimos sintiéndonos culpables hasta por agarrar el celular mientras ellos ven TV.