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48 horas tras el sismo: las más angustiantes, pero gratificantes de mi vida

22/09/2017 5:09 AM CDT | Actualizado 22/09/2017 8:09 AM CDT
Marco Gómez

Para los menores de 30 años el 19 de septiembre era como un fantasma; su presencia se sentía fuerte, pero nunca lo habíamos visto... hasta que nos tocó el propio.

Mis papás en muchas ocasiones contaron sus historias. Mi madre trabajaba en una clínica del ISSSTE y se encontraba sacando sangre a un paciente cuando empezó el temblor, como pudieron salieron con otra compañera que estaba embarazada. Las escaleras de ese edificio cayeron después. Mi padre apenas llegaba a su trabajo en Satélite y su mayor complicación fue regresar a su casa en Coyoacán en un ciudad con calles dañadas y casi nulo transporte.

Hoy cada uno de nosotros tiene su propia historia.

Uno de mis hermanos regresaba a casa desde el aeropuerto después de dejar a una amiga que iba a tomar un vuelo que fue cancelado; regresó para quedarse con ella hasta que arreglara la situación y pudiera acompañarla a su casa en Lindavista. Otro de mis hermanos estaba dando clase en el Colegio Ceyca cuando sucedió, apoyó en la evacuación de los alumnos y su regreso a casa.

Una vez que la ciudad vuelva a la normalidad tendremos que recordar que las vidas de miles que perdieron a alguien o perdieron sus cosas no será normal, y entonces habrá que pensar cómo ayudar de nuevo en medida de lo posible.

Mi hermana estaba en La Condesa, enfrente del edificio dañado en San Luis Potosí y Monterrey. Rápidamente tomó iniciativa para mover a mirones, ayudar a gente lastimada y remover escombros.

Yo estaba en el sur de la ciudad, en El Colegio de México, y me sentí tan impotente e inútil como jamás me había sentido. Una vez pasado el susto inicial, después de saber que mi familia estaba bien, y al empezar a ver la destrucción en algunas zonas de México, me intranquilizaba el no poder ni salir de ahí por el tráfico y que los lugares que necesitaban ayuda quedaban tan lejos que sería muy complicado llegar.

Lo que me tranquilizó fue que las historias de miles más eran diferentes a la mía. A través de redes sociales vi cómo la sociedad se empezó a coordinar y llegó un punto en el que sobraban manos. "Ya no vengan porque hay tanta gente que solo van a estorbar", fue la respuesta en muchos lugares. Amigos de Facebook y seguidores de Twitter e Instagram no perdieron tiempo para aprovechar la tecnología a nuestro favor.

El día siguiente tenía que ser diferente, no podía darme el lujo de no hacer algo. Con mis amigos de toda la vida empezamos a coordinarnos; uno de ellos médico estaba ayudando en la zona de Tlalpan y seguiría allá y otro, por la dificultad de moverse, ayudaría en Polanco.

Los demás nos vimos muy temprano para comprar lo necesario para hacer tortas y llevarlas a los voluntarios y afectados que lo necesitaran. Fuimos al derrumbe de Zapata y Petén, por la cercanía y la necesidad de no hacer tráfico innecesario. Al llegar pudimos ver que el apoyo era enorme; gente recibía los donativos y los clasificaba, otros más dirigían el tráfico, señoras que caminaban por ahí daban las gracias y repartían bendiciones que, siendo creyente o no, era imposible no interiorizar de alguna manera.

Mi hermana y uno de mis hermanos también salieron a apoyar a la Universidad Panamericana, nuestra alma mater, recibiendo víveres y preparando comida para los voluntarios de la ciudad. Mi otro hermano se organizó con sus alumnos para transportar donaciones a donde fuera necesario.

Después de comer y seguir la a veces cuestionable cobertura de la televisión me dirigí a El Colegio de México donde la Sociedad de Estudiantes en coordinación con las autoridades abrimos las puertas como centro de acopio. Cuando llegué pude ver a gente llegando en oleadas dejando víveres, y compañeros recibiendo, inventariando y empaquetando la ayuda. Fue sorprendente la cantidad de donaciones que se recolectaron, el volumen era enorme a pesar de que un primer cargamento ya había salido hacia Xochimilco.

#SolidaridadColmex

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Estuvimos recibiendo ayuda que fue constante al menos hasta las 8 de la noche cuando la lluvia se soltó. Algunos que desconfiaban de llevar artículos a cualquier lado primero fueron a cerciorarse de las actividades y luego regresaron con su apoyo. Llegaban con camionetas llenas o con las pocas cosas que podían aportar. Todo se agradecía.

Finalmente regresé a casa, donde me esperaba un pastel. Era mi cumpleaños y fue uno diferente, el más doloroso, pero también el más satisfactorio. Tocó dar gracias no solo por un año más de vida, sino por uno más rodeado de gente tan grande que demostró estar a la altura de las circunstancias. Tocó poner en práctica todo aquello que se me ha enseñado toda la vida: que la persona es primero, que se tiene que actuar cuando se necesita y cómo se pueda, que hasta la más pequeña ayuda es importante.

Estas solo fueron las primeras 48 horas, quedan muchas más. Una vez que la ciudad vuelva a la normalidad tendremos que recordar que las vidas de miles que perdieron a alguien o perdieron sus cosas no será normal, y entonces habrá que pensar cómo ayudar de nuevo en medida de lo posible. También habrá que evaluar lo que sirvió y lo que no en un desastre de tal magnitud y con una cantidad de información en tiempo real enorme.

Por lo pronto la Universidad Panamericana (Augusto Rodin 498, Mixcoac) y El Colegio de México (Carretera Picacho Ajusco 20, Fuentes del Pedregal) se mantendrán como centros de acopio al menos hasta el domingo. Ya no se necesita agua; se piden alimentos enlatados, material de curación, alcohol pequeño, loperamida, omeprazol, enjuague bucal y herramientas de construcción. La UP redirigirá lo recaudado en la Ciudad de México y el Colmex lo enviará a Puebla y Morelos.

* Este contenido representa la opinión del autor y no necesariamente la de HuffPost México.