EL BLOG

El día que aprendí que era mexicano y pobre

¿Y yo qué les hice?

14/10/2016 4:17 PM CDT | Actualizado 18/10/2016 12:09 PM CDT

emin ozkan

Quien con monstruos lucha cuide de convertirse a su vez en monstruo. Cuando miras por un largo tiempo un abismo, el abismo también mira dentro de ti.

Friedrich Nietzsche

Cuando creces en una comunidad segregada y pobre suele pasar que no te das cuenta de tu etnia ni de tu clase social. Como crecí en comunidades mexicanas muy cerradas, desde Tijuana, hasta el este de Los Ángeles, nunca me di cuenta de que era mexicano y pobre hasta mi primer día en la secundaria.

Como parte de los programas federales de integración, a mí y a algunos compañeros de la escuela primaria Murchison en el este de Los Ángeles nos llevaron en autobús a la secundaria Mt. Gleason, en Sunland, Tujunga. Estaba nervioso porque iba a abandonar la conocida unidad habitacional Ramona Gardens o Big Hazard para dirigirme a un lugar extraño. Me preparé para lo desconocido.

El primer día de clases, después de un viaje de una hora en autobús a una escuela con una población casi totalmente blanca nuestro autobús fue "bombardeado" por las rocas que lanzaban los niños blancos de la localidad. Justo cuando pensaba que me estaba escapando de la violencia de mi vecindario, con un alto grado de violencia monopolizado por la policía a la que me había acostumbrado, me tomó por sorpresa un recibimiento tan hostil por parte de los nativos blancos.

Y si las rocas lastiman, las palabras también. Esto se siente más cuando apenas tienes 12 años. Muchos años después todavía recuerdo como si fuera ayer sus palabras llenas de odio: "Mojados, ¡regresen a México!", "¡Mexicanos cochinos!"; "¡Malditos cholos!". Y "¡No queremos frijoleros en nuestra escuela!" Todavía hoy no logro entender por qué llamar a alguien "lowrider" o "frijolero" sea un insulto.

Aunque la rudeza de mi vecindario y mi estoico padre me enseñaron a no demostrar miedo, no podía entender por qué los estudiantes blancos nos odiaban tanto, a los niños de los barrios y unidades habitacionales: ¿Qué les hicimos?, me preguntaba. ¿Qué importa que nuestro apellido sea en español o que nuestros padres solo hablen español? ¿Por qué les afecta que tengamos piel morena u oscura? Yo no sabía que tenía acento del este de Los Ángeles. ¿Qué importa que no tengamos dinero?

No tardé mucho en darme cuenta de que yo era diferente en el lugar donde los niños blancos me consideraban y me trataban como inferior a causa del color de mi piel y de mi código postal (90033 para ser exactos). Por primera vez en mi vida me di cuenta de que yo era "un mexicano" aunque había nacido en California, pero había pasado los primeros cuatro años de mi vida en Tijuana.

Para protegerme o para defenderme en la escuela pensé unirme a la pandilla del vecindario y así empezar una extensión satélite, pero mi solicitud fue "rechazada" ya que era demasiado delgado para defender el barrio. Por lo visto no podía hacer nada entonces)

El racismo que experimentamos mis compañeros mexicanos y yo no empezaba o terminaba con los niños blancos. También provenía de la mayoría del personal blanco, administrativos y profesores. Aunque no era tan evidente como el de los alumnos blancos, se manifestaba en forma de paternalismo, bajas expectativas y racismo institucional. Por ejemplo, a pesar de ser sobresaliente en matemáticas en la escuela primaria de Murchinson, me inscribieron al taller de carpintería y herrería en las optativas, mientras que los estudiantes blancos tomaban música y arte. Con las expectativas tan bajas que tenían los mexicanos para sobresalir, me sorprende no haber acabado como mis amigos oliendo cemento en el taller de carpintería, o fumando marihuana con los surfers blancos que no nos discriminaban, para escapar de mi horrible realidad.

Y no todo era cuestión racial. También era cuestión de clase social. Yo veía que los estudiantes blancos llegaban a la escuela con sus padres en autos de lujo, como BMW, Porsche y Mercedes-Benz, y a mí me avergonzaba el hecho de que mis padres utilizaran el transporte público porque ninguno de ellos tenían coche. Es difícil tener un auto cuando ni siquiera tienes licencia de conducir.

No lo puedo decir de otra forma. Me avergonzaba de mis padres inmigrantes mexicanos y del ser pobre. Esta vergüenza me acechó durante años.

Cuando me transfirieron a la preparatoria Lincoln, una escuela en la que predominaban los mexicoamericanos o los chicanos, pensaba que me había escapado del racismo. No podía saber que mi escuela pública con sobrepoblación ofrecía pocas expectativas para que los mexicanos sobresalieran y continuaran su educación, algo que para mí era desconocido entonces. Lo único que sabía yo de la universidad entonces era por los programas de deportes en la televisión.

No fue sino hasta que un amigo de la infancia me presionó para que presentara solicitud de admisión en Upward Bound en Occidental College (OXY), al que fui admitido y que es un programa de preparación para el college para grupos con desventaja histórica y que buscan acceder a estudios de mayor nivel. Por primera vez el college fue para mí una opción viable.

Para hacer la historia corta, si no hubiera sido por algunos maestros clave, Upward Bound en Oxy, mi habilidad para resolver ecuaciones, el apoyo incondicional de mis padres mexicanos (Salomón Chávez Huerta y Carmen Mejía Huerta) y de mi esposa chicana (Antonia Montes), no habría podido escapar de la pobreza y de la violencia de mi juventud por medio de estudios superiores para obtener una licenciatura y una maestría de la UCLA. Esto también incluye un doctorado de Berkeley, lo que me permitió convertirme en profesor universitario, autor publicado e intelectual público, que promueve a los líderes del mañana e influye en las políticas públicas.

A fin de cuentas, espero que mi historia de resistencia, que surge de mi orgullosa herencia mexicana y las calles salvajes del este de Los Ángeles, inspire a otros con orígenes similares a hacer lo mismo.

Este texto fue publicado originalmente en The Huffington Post.