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¿Cómo vio la clase alta de piel blanca en México el triunfo de Juárez sobre Maximiliano?

18/09/2017 12:00 PM CDT | Actualizado 18/09/2017 2:10 PM CDT

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Los ánimos racistas en contra del "indio presidente" se reavivaron con motivo del centenario de su natalicio, (en 1906).

En México hay un racismo muy oculto, pero hay momentos en que se manifiesta de modo más abierto. Uno de esos fueron los tiempos y persona de Juárez.

El 5 de mayo de 1862, buena parte de la élite poblana subió a la azotea de sus casas a observar, mientras tomaban refrigerios, el desarrollo de la batalla, esperando un seguro triunfo de los franceses. Su sorpresa y disgusto fue mayúsculo al ver la derrota de sus salvadores.

Las familias bajaron a sus casas, se encerraron y algunos huyeron a Atlixco o Izúcar. El triunfante general Ignacio Zaragoza pidió apoyo para alimentar las tropas, encontrándose con el desprecio y silencio de los poblanos, evitando así la derrota francesa total.[1]

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Representación de la batalla del 5 de mayo de 1862, pintada por Patricio Ramos Ortega.

Su indignación la expresa en una carta del 9 de mayo de 1862:

Hoy no he podido completar ni para un día de socorro económico que importa $3700 porque solo tiene la comisaría $3300. La fuerza está sin socorro desde el día 5 y casi sin rancho. ¡Qué bueno sería quemar a Puebla! Está de luto por el acontecimiento del día 5. Esto es triste decirlo, pero es una realidad lamentable.[2]

En 1867, este grupo asumió con negación e irritación la derrota del Segundo Imperio. Mantuvo hasta el final la publicación del Diario del Imperio, sin informar de la caída de Querétaro y la condena de Maximiliano, fusilado el 19 de junio. Sus cercanos temerosos de un final similar, guardaron silencio.

Algunos sobornaron al médico que embalsamó el cadáver pidiendo reliquias del "mártir", pagando sumas considerables por su banda de seda ensangrentada, su pantalón y camiseta con los agujeros de las balas, calcetines, corbata, pelo, la sábana que había envuelto el cadáver, la bala de plomo que desgarró el corazón y una mascarilla de yeso.[3]

Fue tan malo el trabajo de embalsamado que se tuvo que hacer de nuevo en la capilla del hospital de San Andrés, ubicado donde hoy está el Museo Nacional de Arte, en Ciudad de México. Se le suspendió de los pies para hacer escurrir los líquidos.

El aspecto de Benito Juárez no era el del apóstol, ni el del mártir, ni el de hombre de Estado, sino el de una divinidad de teocalli, impasible sobre la húmeda y rojiza piedra de los sacrificiosFrancisco Bulnes

José María Marroqui ofrece un relato de lo que vino después.[4] Apenas se volvió a abrir la capilla, se convirtió en lugar de reunión de personajes adictos al Imperio. "Daban a sus reuniones un aire tumultuario y significativo"; formaban grupos en la puerta y salpicaban sus conversaciones "con palabras que intencionalmente lastimaban a los transeúntes, cuando eran de ideas distintas".

La capilla comenzó a ser conocida como "Capilla del Mártir". Al cumplirse el primer aniversario de su fusilamiento, los nostálgicos del imperio celebraron ahí una misa. El predicador dirigió un sermón recriminatorio al gobierno juarista. Los asistentes abandonaron el templo "entre sollozos y lágrimas, vomitando improperios".

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La delegación mexicana que le ofrece la corona imperial de México al entonces archiduque Maximiliano de Austria, cerca de Trieste, Italia, en 1863.

(Foto: Maximiliano y la clase alta de Ciudad de México en los terrenos de la Hacienda de la Teja)

La respuesta de Juárez fue fulminante: la noche del 28 de junio de 1868 derribó la capilla y abrió la calle de Xicoténcatl.

Los ánimos racistas en contra del "indio presidente" se reavivaron con motivo del centenario de su natalicio, ahora con pretendida cientificidad. El positivista Francisco Bulnes publicó su controvertido: El verdadero Juárez y la verdad sobre la intervención y el Imperio[5] donde califica el temperamento del indio por su "calma de obelisco, por esa reserva que la esclavitud fomenta hasta el estado comatoso en las razas fríamente resignadas, por ese silencio secular del vencido que sabe que toda palabra que no sea el miasma de una bajeza se castiga, por esa indiferencia aparente que no seduce, sino que desespera".[6]

Dice de Juárez que por su aspecto físico y moral: "no era el del apóstol, ni el del mártir, ni el de hombre de Estado, sino el de una divinidad de teocalli, impasible sobre la húmeda y rojiza piedra de los sacrificios". Concluye afirmando que el liberalismo triunfante lo adora como un "Buda zapoteco y laico".[7] Tenemos así un clásico de la discriminación en México. Y, como dijera Zaragoza: "Esto es triste decirlo, pero es una realidad lamentable".

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[1]"Parte del general Ignacio Zaragoza acerca de la batalla del 5 de mayo de 1862 (9 de mayo de 1862)", en Ignacio Zaragoza, Cartas y documentos, México, Fondo de Cultura Económica, 1962, p. 99.

[2]Ibíd., p. 92.

[3] Ramón del Llano Ibáñez, Miradas de los últimos días de Maximiliano de Habsburgo en la afamada y levítica ciudad de Querétaro durante el sitio de las fuerzas del Imperio en el año de 1867, México, Miguel Ángel Porrúa, 2009,

[4] José María Marroquí, La ciudad de México, México, Jesús Medina ed., 1969, vol. I, pp. 367-368.

[5] Francisco Bulnes, El verdadero Juárez y la verdad sobre la intervención y el Imperio, París-México, librería de la Vda de Ch. Bouret, 1904.

[6]Ibíd.,dem., p. 856.

[7]Ídem.

*Este contenido representa la opinión del autor y no necesariamente la de HuffPost México.