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Sergio González Rodríguez (1950-2017)

Ahora que no está lo que queda es aprender de su valor, la dignidad que mostraba frente a embates.

18/04/2017 7:00 AM CDT | Actualizado 18/04/2017 7:00 AM CDT

Ulf Andersen via Getty Images
"Sergio buscaba entender todo, por eso era un lector voraz, pero él no se quedaba ahí, en una erudición vacua y pretenciosa, jamás".

Esa fecha lapidaria detrás de su nombre significa que ya no lo voy a ver, no voy a recibir una llamada suya, ni un correo. La postal que le escribí desde mi último viaje quedará en manos de sus hermanas. La muerte, que hacemos como si fuera una cosa tan rara, tan especial, tan extraordinaria, nos acompaña a todos y un día llega, así es. El problema no es la muerte, el problema es qué hacer con esta vida, tan frágil, donde somos tan únicos y pequeños y solos.

Una de las cosas que hacemos para enfrentar la vida es tender lazos, es la amistad, es encontrar cariños, afectos, amigos que nos acompañen. Y así, la vida es más alegre, menos sola, enfrentar un reto acompañado, se convierte en una aventura.

Sergio era un aventurero, un aventurero de la vida. Quería conocerla toda, buscarla toda, encontrarla. No solo en sus reportajes sobre la violencia en México, si no en cualquier mirada, en cualquier cantina, y en el mundo entero con sus especulaciones geopolíticas y más allá de este mundo, con sus sueños y fantasmas. Él buscaba entender cuál es el origen del mal —bien acompañado por Agamben en ese ámbito, y bien acompañado por sus lecturas, y buscaba encontrar el bien, el amor—, él pensaba así en las cosas grandes, en las importantes, y así emprendía sus aventuras.

Lorea Canales
Lorea Canales, Sergio González Rodríguez, Gabriel Orozco y Damián Ortega durante una reunión en el Café Candela, de Zapopan, en el marco de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara.

Una de las cosas que hacemos para enfrentar la vida es tender lazos, es la amistad, es encontrar cariños.

Sergio buscaba entender todo, por eso era un lector voraz, pero él no se quedaba ahí, en una erudición vacua y pretenciosa, jamás. Ningún verdadero intelectual se jacta de lo que sabe, porque las interrogantes solo se expanden, las dudas se complican, las certezas se evaden. Entonces Sergio usaba su curiosidad e imaginación para ir más adelante. Y cuando los caminos llegaban a precipicios o cuestas inalcanzables, Sergio usaba su valor y su humor.

Durante los veinte años que tuvimos de amistad, Sergio siempre fue él. En los últimos años, gracias a su trabajo sobre las muertas de Juárez, y sus ensayos —si no lo han leído, El hombre sin cabeza es un gran punto de inicio—, había obtenido reconocimiento internacional e importantes premios, pero esto no lo había hecho cambiar ni un ápice. No es que no le haya dado gusto ¿a quién no le va a dar? Pero no era lo suyo, nunca trabajó para obtener reconocimiento, eso no era lo de él, lo de él era indagar la verdad, lo de él era comunicar ¿para qué? Para esparcir entendimiento, para buscar aliados, para detener o mínimo entender la violencia en la que nos sumergíamos. "El futuro que nos depara es ultradepredador", dice él, en El hombre sin cabeza.

Lorea Canales
Sergio y Lorea durante una cena en el restaurante Recco en honor a Jorge Herralde, durante la FIL de Guadalajara de 2015. El escritor Luigi Amara hizo el momento muy divertido al llevar pelucas.

Frente a este escenario atroz, lo que nos quedaba era unirnos, era hablar, era pensar, indagar y mantenernos firmes. Él era un barco contra la tormenta, una luz en la obscuridad, era un faro, era una roca, una columna vertebral.

Y ahora que no está, lo que queda es aprender de su valor, la dignidad que mostraba frente a embates, aprender de su fuerza, utilizar nuestra inteligencia y tender lazos, acompañarnos, unirnos. Enfrentarlo con amigos, frente a una mesa, pedir unos tequilas y hablar.

*Este contenido representa la opinión del autor y no necesariamente la de The Huffington Post México.

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