EL BLOG

La condesa que sonríe mientras duerme en el Centro Histórico

10/10/2017 6:00 AM CDT | Actualizado 10/10/2017 6:00 AM CDT

MARIO JASSO /CUARTOSCURO.COM
Avenida Madero, Centro Histórico de CDMX.

La condesa me observa fijamente con sus ojos claros. Estoy seguro de que no entiende gran cosa de lo que estoy diciendo pero aún así, atenta a mis palabras, repara en cada oración salida de mi boca. Le hablo de la importancia de leer pero, principalmente, de la necesidad que tenemos todos de sensibilizarnos, de entender que estamos en este mundo por breve tiempo por lo que es necesario, necesarísimo, conocer nuestro entorno, amarlo y respetarlo, así como respetar a todos por igual, sin importar culturas, color de piel, tradiciones...

—¿Entendiste, hija?—le pregunto mientras su mano derecha abraza mi dedo índice. La condesa sonríe y patalea. Acto seguido, intenta atrapar mis lentes pero solo logra asirse de mi barba. Aunque tiene apenas cinco meses, intuyo que no es ocioso hablarle de estas cosas: es una princesa guerrera y las princesas guerreras se forman desde la cuna. Estoy convencido de que a condesa le tocará un mundo mejor, un mundo en el que estemos más conscientes del daño que hacemos como humanos, más conscientes de la necesidad de dejar de lado el egoísmo y trabajar de la mano por construir mejores sociedades y, por ende, un mejor país.

La condesa no sabe de política: no le hablo de eso. Procuro no contaminarla con ideologías, recelos, enojos ancestrales ni etiquetas de buenos o malos. Ella no sabe aún que soy historiador, pero a su corta edad ya conoce el palacio donde alguna vez vivió Iturbide, el Museo Nacional de Arte (donde estuvo el hospital de San Andrés, sitio donde embalsamaron a Maximiliano) y el nuevo Teatro Nacional, ahora llamado Bellas Artes. Además conoce el castillo de Chapultepec, la Catedral, el Templo Mayor, la Alameda Central...

La condesa me ha enseñado una y otra vez mientras tira de mi pijama para despertarme, que nacimos buenos y ajenos a prejuicios.

Sabe bien que esos sitios son nuestros, son su legado, son nuestro pasado y el cimiento de su presente. Y cuando caminamos por esas calles, las arterias de nuestro barrio, la condesa observa todo con asombro, detiene la mirada en las personas, en los autos, en los edificios que se yerguen imponentes frente a sus ojos. Cualquiera pensaría que el ruido del Centro Histórico le podría molestar pero, al contrario, le agrada, la arrulla.

Ella duerme al ritmo de la urbe al grado que, en ocasiones, cuando se encuentra inquieta, debemos sacarla a pasear por la calle de Madero o por Cinco de Mayo. Apenas siente el rodar de las llantas de la carreola por el asfalto, cae dormida plácidamente. Y cuando duerme y me toca vigilar su sueño, veo que descansa tranquila, que los miedos que nos inquietan como adultos son ajenos a ella. No sé si sueñe con biberones o con qué (siempre me he preguntado eso), pero sí noto en su respirar que todo está bien, que todo estará bien mientras nos mantengamos juntos, mientras confiemos los unos en los otros.

—¿Te gusta esta canción, hija? —murmuro en su oído mientras toquetea el celular con sus deditos regordetes. Su playlist (ah, porque la condesa tiene una lista de canciones desde el día en que nació) incluye música de todos los géneros, pues no puede alimentar su oído de nuestros juicios quisquillosos adultos. Y conviven Tchaikovsky y Aretha Franklin, se codea Bruno Mars con José José y bailan juntos Selena y Lady Gaga. Y descubrimos que cantaba con Norah Jones (aunque mi madre insista en llevarse en que fue con los Tres Cochinitos) y que balbucea todo lo que le suene musical, hasta los comerciales de la tele.

La condesa (la pequeña condesa del Valle de Orizaba, apodo que le puse al nacer junto con otros tantos títulos nobiliarios que se merece) me ha enseñado una y otra vez mientras tira de mi pijama para despertarme, que nacimos buenos y ajenos a prejuicios, que nos asombra todo y cada descubrimiento nos puede arrancar una sonrisa. Que solo basta que deseemos hacerlo. Abro los ojos adormecido y la veo a mi lado y detrás de ella, a mi esposa, la maravillosa mujer que me hizo ese regalo divino. Ambas me sonríen y solo pienso al devolver la sonrisa: soy feliz.

*Este contenido representa la opinión del autor y no necesariamente la de HuffPost México.