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A veces todo se cae... en Tláhuac y el país

28/07/2017 6:00 AM CDT | Actualizado 28/07/2017 6:00 AM CDT

Cuartoscuro
"El episodio de Tláhuac, como antes el de Colinas de Santa Fe, como el de Allende, como en de las comunidades huachicoleras en Puebla y muchos más nos hablan de un fenómeno perturbador".

Tomo el título de una canción del grupo mexicano San Pascualito Rey mientras pienso en lo sucedido hace algunos días tras el enfrentamiendo donde un distribuidor de droga apodado 'El Ojos' fue muerto a tiros por marinos en la delegación capitalina de Tláhuac.

El caos que siguió tras la muerte de dicho personaje trajo perturbadoras imágenes que hemos visto en regiones mexicanas donde la delincuencia corta calles y carreteras a su conveniencia. Peor aún, nos enteramos súbitamente que el delincuente tenía el apoyo de decenas, quizá cientos de personas quienes bloquearon calles de la delegación con vehículos en llamas, mototaxis e incluso le acompañaron durante el sepelio.

Unos días después el periodista Ioan Grillo describió en The New York Times su sorpresa por la manera en que los mexicanos hemos aprendido a convivir con horrores como las fosas masivas de Colinas de Santa Fe a las afueras de Veracruz, donde el conteo de cadáveres ronda los 250.

Sigo impactado por la normalidad con la que transcurre la vida a pesar de estas situaciones tan terribles.

Luego de 10 años de violencia la sociedad mexicana ha pasado por un proceso de transformación, en lo que algunos llaman resiliencia. Lo malo es que esta resiliencia se expresa —ante la incapacidad de las autoridades para afrontar la violencia y hacer justicia— en el entendimiento de mucha gente de que para bien o para mal, no hay otra más que convivir con el crimen, dejarlo hacer e incluso aprovechar las oportunidades que presenta.

Es la expresión de una banalidad del mal según la describió Hannah Arendt, pero en región 4.

Uno de los artículos más reveladores y a mi juicio brutales sobre la violencia de los últimos años fue publicado por ProPublica y National Geographic narrando un episodio que bien podría ser parte de la historia universal de la infamia: la destrucción de buena parte del poblado coahuilense de Allende y el asesinato de decenas, probablemente centenares de sus habitantes.

Dentro del enorme texto reporteado por Ginger Thompson y Alejandra Xanic hay un párrafo donde un empresario de la región narra la convivencia de la sociedad allendense con uno de los grupos más violentos que haya visto el país.

Y entonces, incluso si no estábamos involucrados [con el cartel], establecían vínculos con nuestras familias. Uno de ellos se casaba con una prima o hija de un amigo cercano, y de repente estaban en las mismas fiestas o cenas de Navidad.

Al principio solo nos quedábamos callados por miedo. Pero, por desgracia, el tráfico de drogas trae mucho dinero. Y nos gusta el dinero. Así que estos tipos se aparecen con él y empiezan a desparramarlo, y, antes de que uno se dé cuenta, son miembros del Club de Leones.

El episodio de Tláhuac, como antes el de Colinas de Santa Fe, como el de Allende, como en de las comunidades huachicoleras en Puebla y muchos más nos hablan de un fenómeno perturbador: la anuencia o participación activa, por buenas o por malas, de una parte de sus comunidades con el crimen organizado. En las próximas semanas probablemente sabremos más acerca de las redes que respondieron a la muerte del capo de manera tan violenta. No será extraño que aparezcan compadres, primos, tíos, sobrinos asociados en organizaciones de mototaxistas y de narcomenudistas que trataron de fungir como escudo protector del criminal y que le llevaron flores a la tumba.

Uno de los aspectos menos analizados sobre la violencia mexicana tiene que ver con la manera en que nuestra sociedad ha integrado dentro de sus estructuras al crimen organizado como parte de su vida y actividades cotidianas. El debilitamiento del Estado y de otros actores como la iglesia católica, que imponían cierto sentido a la vida comunitaria, así como las fuertes redes familiares que son tradicionales de nuestra sociedad, se integran con el crimen y dan a luz un orden social que muy probablemente será fuente de episodios como el vivido en Tláhuac hace unos días y en el resto del país desde hace años.

Todo se cae.

*Este contenido representa la opinión del autor y no necesariamente la de HuffPost México.

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