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Les leo a unos niños de escuela pública y esto es lo que pasa

08/02/2017 6:30 AM CST | Actualizado 08/02/2017 9:53 AM CST

Laura Lecuona

Atravieso el patio. Me recibe un eco de voces emocionadas: "¡Ya viene Laura, ya viene Laura!". Estoy llegando a una primaria pública de Coyoacán, donde les leo cuentos una vez por semana a dos grupos de tercero. Formo parte de un grupo de lectores voluntarios, LeerLees.

Eso de voluntarios significa que no lo hacemos por dinero, no que podamos llegar a la hora que queramos y faltar si ese día no amanecimos con ganas, no: hay un firme compromiso de estar ahí semana tras semana a lo largo del ciclo escolar. Los niños cuentan con eso y, como se ve, nos esperan ilusionados. Nosotros también. Para nada soy lo que se dice madrugadora, pero los miércoles me despierto hasta con brío. El antepasado había una niña nueva en 3o. A. Por su expresión asombrada y atenta imagino que nunca le había tocado que alguien llegara a su salón a leer por el puro gusto, para hacerlos olvidar, por cuarenta y cinco fugaces minutos, asignaturas, tareas y calificaciones.

En 3o. B hay dos niñas originarias de la sierra de Puebla. Como forma de integrarlas, la maestra ha impuesto la costumbre de saludarse y despedirse en otomí. Cuando llego me reciben sonrisas, manos agitándose y gritos de "vecatija", buenos días. Cuando me voy me va siguiendo una estela de repetidos "venishuti", hasta mañana, aunque yo no los veré hasta dentro de siete días. Tiene sus ventajas: somos como las tías consentidoras que llevan a los sobrinos al cine o a la feria pero luego los depositan de vuelta con la madre, en este caso la maestra, a la que le tocan las obligaciones, los regaños y el trabajo sucio.

Lo que a mí me hace levantarme los miércoles a las seis de la mañana no es ningún sentido del deber ni la convicción de estar haciendo algo por mi país, sino la feliz expectativa de mi ratito semanal con esos lindos escuincles.

Los lectores voluntarios sí podemos toparnos con realidades tristes y duras, cómo no, pero en nuestra actividad predominan la diversión y la cercanía libre y amistosa. Somos parte de las iniciativas, vengan de instituciones o de la sociedad civil, que buscan formar lectores, y sí, esos minutos semanales de cuentos y placer sin duda inciden en el desempeño escolar y traen otros importantes beneficios (alguna escuela en la que ha participado LeerLees tiene datos que lo demuestran), pero la verdad, la verdad, lo que a mí me hace levantarme los miércoles a las seis de la mañana no es ningún sentido del deber ni la convicción de estar haciendo algo por mi país, sino la feliz expectativa de mi ratito semanal con esos lindos escuincles.

Les leo en voz alta no como un medio para algo trascendente sino como un gozoso fin en sí mismo, y por si fuera poco me regalan cariño a montones.

Laura Lecuona

Al final del ciclo escolar pasado, cuando les leía a grupos de quinto en una escuela de la Escandón, un chiquito listísimo y parlanchín tuvo el impulso de ir y abrazarme (de la cintura, que es lo que quedaba a su nivel). Algunos compañeros lo imitaron y fueron formándose a mi alrededor círculos concéntricos de niños con los brazos extendidos y los ojos cerrados. Me sentí tronco de árbol del tule rodeado de amorosos abrazadores. Fue muy emotivo. Todavía los extraño, aunque los niños de ahora no son menos afectuosos. La última sesión de diciembre me llevaron dibujos, cartas, paletas Pollito Asado. Una niña me deseó "feliz prósperi". Qué maravilla de neologismo espontáneo, como el famoso Masiosare o como el adorable error de aquella niña de Malinalco que jugaba en las calles de tierra con una improvisada Avalancha de cartón y se detuvo porque se le había caído la andalia.

El otro día un ruido de celofán estuvo a punto de hacerme perder el hilo, pero dejó de importarme en cuanto vi los ojotes absortos de Paulina atacando unas galletas Emperador, allí en primera fila, fascinada con mi dramatización de Rani, Timbo y la hija de Tláloc, de Verónica Murguía. Eso me motivó para aplicar con más ahínco las técnicas de lectura en voz alta en mi caracterización del gato, las hienas y Rani la elefanta, y así dar un mejor show.

A los quintos les leí durante varias sesiones la novela de humor y misterio Agencia de detectives escolares, de Jaime Alfonso Sandoval. Alessandra apuntó: "Yo le doy un Óscar a este libro", para que vean lo bueno que es. Alguien ofreció: "Quiero que leamos, si es que lo tiene, el Diario de Greg, porque es muy gracioso; si quiere se lo presto, no pasa nada, no me regañan". O vean lo que opina Carlos Gabriel sobre la obra más célebre de literatura infantil escrita en México: "Es bonito porque se trata de una señora malvada".

Especial

Estoy segura de que el camino a un país con mucho prósperi pasa por ejercer cada vez más los derechos del lector enunciados por Daniel Pennac. Probablemente el camino a un país plenamente democrático, también.

Para entrar en contacto con LeerLees escribe a quieroleerlees@gmail.com

*Este texto representa la opinión del autor y no necesariamente la de The Huffington Post México.

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