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Mis escalofríos duran unos minutos, los de estas familias durarán toda la vida

La tragedia de las familias que perdieron a un ser querido por el terremoto es la tragedia de todos.

24/09/2017 12:17 PM CDT | Actualizado 24/09/2017 12:45 PM CDT
PEDRO PARDO via Getty Images

Han pasado cinco días y siento un escalofrío por todo mi cuerpo. Había llorado, me había hecho el fuerte, me sentí frustrado como nunca, e incluso había reído porque creía que lo necesitaba, pero no se me habían contraído los músculos, seguidos de la dilatación de los poros y los vellos de los brazos levantados en señal de alarma, como hasta ahora. Lo peor de todo es que no sé su nombre, no lo recuerdo, ni en eso le pude rendir homenaje.

El tiempo transcurre lentamente durante una tragedia, como esos segundos en los que te sumerges en una alberca, como cuando te viene a la mente ese recuerdo de niño, de cuando tienes ocho años y persigues una pelota de fútbol. Esos momentos en donde la realidad del tiempo adquiere otra dimensión. Han pasado cinco, y sé, sin embargo, que aunque pasen treinta y dos, las cosas no volverán a ser iguales. O sí, como hace cinco días, en los que el país amaneció con el recuerdo de cuando el tiempo transcurrió len-ta-men-te, hace exactamente treinta y dos años, el día en el que todos conocieron en serio el significado del verbo "sacudir".

Carlos Jasso / Reuters
Miembros de los equipos de rescate israelí y mexicano hacen un gesto de silencio después de que recuperaron un cadáver en un edificio derrumbado, tras el terremoto en Ciudad de México.

La tragedia sacude la tierra, las casas, la vida y muerte de un país, las lágrimas guardadas porque algunos de nosotros no acostumbramos que salgan, como Roberto y como yo, que estamos lejos. Él me dice que no puede dormir bien, y que ha llorado diario desde hace cinco. Yo le digo que lo entiendo. Omito decirle que yo, desde la cama en la que me encuentro leyendo su mensaje, lloré antier solamente, porque no resistí la tristeza de esta sacudida, la maldita impotencia, la desgracia de saber que esto ni siquiera ha acabado y que el esfuerzo solidario de millones no pone fin a la tragedia.

La tragedia sacudió la escuela Enrique Rébsamen, donde Leonardo, de ocho años de edad, soñaba con ser futbolista y perseguir una pelota de fútbol por el resto de su vida. Ahora sé que Leonardo se llamaba Leonardo porque lo tuve que buscar en internet. Ahora sé, porque mi compañera del trabajo escribió en el grupo de whatsapp, que Leonardo ha muerto, que mi recomendación de incluir en la nota que el jugador brasileño Dani Álves le había grabado un video para desearle que se recuperara, llegó tarde.

Getty Images
La gente carga flores afuera de la escuela Enrique Rébsamen que se derrumbó durante el terremoto de magnitud 7.1 en Ciudad de México el 21 de septiembre de 2017. Al menos 37 cadáveres fueron sacados de la escuela.

Leonardo no salió de terapia intensiva, o salió para no volver. La tragedia de Leonardo, Daniela, Eduardo y Ared, y de los otros diecisiete niños que perdieron la vida hace cinco días, es la tragedia de todos. La tragedia envuelta en esa cifra de trescientos diecinueve fallecidos, que a cada rato aumenta.

Han pasado cinco días y siento un escalofrío por todo mi cuerpo. Sé, lo recuerdo constantemente, que yo soy afortunado porque mi familia está bien y mis amigos también. Sé que este escalofrío durará unos minutos. Las familias de los otros trescientos diecinueve desconocidos que perdieron la vida como Leonardo, en cambio, seguirán sintiendo escalofríos por el resto de su vida.

* Este contenido representa la opinión del autor y no necesariamente la de HuffPost México.