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La medalla para quienes alzan la voz

07/12/2017 1:00 PM CST | Actualizado 07/12/2017 4:14 PM CST

MOISÉS PABLO /CUARTOSCURO.COM
Julia Carabias.

El año 2016 fue horrible por todos los ídolos que murieron, pero el 2017 ha sido todavía más difícil por todos los ídolos que hemos perdido. Los escándalos de acoso sexual y abuso de poder han puesto sobre la lona a actores, productores, directores de orquesta y políticos que fueron referentes para varias generaciones. Justo esta semana en un panel organizado por el Washington Post, John Oliver –quien se ha convertido en un referente de la sátira y la comunicación– cuestionó a Dustin Hoffman –un ícono de la actuación– acerca de las acusaciones hechas por una actriz en contra de Hoffman. El actor, claramente molesto, respondió a John Oliver que nadie le había dicho que lo iban a cuestionar acerca de las acusaciones en su contra y que el cómico estaba aprovechándose para exhibirlo.

La respuesta de Oliver fue sencilla, pero contundente con lo que ha ocurrido este año: "No puedo dejar ciertas cosas sin resolver [...] La manera fácil es no decir nada. Desafortunadamente eso me deja más tarde, por la noche, en casa odiándome a mí mismo. ¿Por qué no dije algo? Nadie se enfrenta a los hombres poderosos".

La reflexión de John Oliver resuena con otra discusión que he seguido entre Sabina Berman y Sara Sefchovich acerca del Colegio Nacional. Todo comenzó con un artículo de Berman en el que denunció el machismo que impera en el Colegio y la falta de reconocimiento a las mujeres artistas, científicas e intelectuales. Su propuesta es la de crear un Colegio Nacional de Mujeres (porque los hombres ya tienen el suyo) y que existan los dos hasta que en el de los hombres gane la inclusión y puedan fusionarse ambos Colegios.

La posición de superioridad, ya sea moral o intelectual, que conferimos a ciertas personas o instituciones ha permitido que muchos ungidos abusen del halo protector de su santidad adquirida.

La respuesta de Sefchovich consistió en decirle a Sabina que está viendo el problema de forma equivocada, la cuestión para ella no es la desigualdad por el género, sino el poder que desde las venerables instituciones –como el Colegio Nacional– ejercen sus miembros para imponer temas y formas de pensarlos. Sara Sefchovich propone enfrentar a los hombres poderosos con el ejercicio tan simple y tan complicado de cuestionar ¿por qué los creadores o científicos son más valorados que otros miembros de la sociedad?

La posición de superioridad, ya sea moral o intelectual, que conferimos a ciertas personas o instituciones ha permitido que muchos ungidos abusen del halo protector de su santidad adquirida. El fuero protector que confiere protagonizar una de las series más aclamadas, o el pedestal imaginario en el que se colocan ciertos intelectuales para despreciar a toda una generación, son construcciones que configuran formas de poder que permiten la impunidad o que frenan la creatividad. En este contexto, ¿por qué seguimos fomentando el reconocimiento y la distinción de artistas, intelectuales, científicos y políticos?

No tengo una respuesta definitiva, pero sí tengo un ejemplo de la utilidad del reconocimiento. Este año, el Senado confirió a la Doctora Julia Carabias la Medalla Belisario Domínguez. Esta presea es el máximo reconocimiento que otorga la Cámara a las mujeres (seis hasta ahora) y a los hombres mexicanos "que se hayan distinguido por su ciencia o virtud en grado eminente, como servidores a la Patria o de la humanidad" –léase esto con vista al horizonte y sonando fanfarrias. La ceremonia de entrega de la medalla se desarrolló con todos los rituales que exige la sacralidad del evento: ponerse de pie a la llegada del presidente, sentarse, volver a ponerse de pie para el pase lista honorario, volver a sentarse, ponerse de pie una vez más para entonar el himno y sentarse una vez más. Todo un rito civil que debe seguirse para ungir a una persona más y elevarla más allá de los cuestionamientos que no logran desprenderse del piso.

Este reconocimiento es de aquellos que sirven al país y no de los otros en los que el premiado se sirve del premio.

En este espacio lejano y exclusivo, la Doctora Julia Carabias pronunció un discurso en el que apuntaló nuestra responsabilidad con el medio ambiente y la necesidad de entender al desarrollo sustentable como un concepto que involucra desde la protección de la fauna y la flora, hasta la implementación de políticas públicas que protejan los derechos sexuales y reproductivos de las mujeres.

Justo en el punto de llegar al momento del cierre, teniendo a los titulares de los tres Poderes de la Unión y a todos los senadores presentes, Julia Carabias aprovechó para pronunciarse acerca de la discusión de la Ley de Seguridad Interior y hacer un llamado a la procuración civil de justicia para fortalecer la democracia, la seguridad pública, el Estado de derecho y el respeto a los derechos humanos. Fue en ese espacio creado por el mismo poder que se mantiene ajeno que la Doctora Carabias transformó el pedestal que significa la medalla, en una plataforma para que lo que se elevara fueran exigencias que se han topado con puertas cerradas y oídos sordos de los representantes electos.

El poder que se ejerce desde el reconocimiento o la admiración puede ser útil para lograr cosas importantes o puede servir para oprimir ideas o lastimar personas. El ejemplo de Julia Carabias es reflejo de lo primero. Sus palabras y su trayectoria dieron sentido a la existencia de la medalla, pues el valor de la presea no radica en que la haya entregado el Senado, sino en que sea la Doctora Carabias quien la porte. Este reconocimiento es de aquellos que sirven al país y no de los otros en los que el premiado se sirve del premio. Si hubiera un criterio para distinguir a quienes merecen admiración como ejemplo a seguir, tal vez sería que son aquellas personas que por la noche nunca tienen que preguntarse "¿por qué no dije nada?"

*Este contenido representa la opinión del autor y no necesariamente la de HuffPost México.