EL BLOG

Y a pesar de todo, es una ciudad de milagros

14/10/2016 7:14 AM CDT | Actualizado 14/10/2016 10:47 AM CDT

José Ignacio Lanzagorta
Cada día, la ciudad ofrece millones de milagros cotidianos para quien quiera mirarlos.

Crecí en la Ciudad de México en los 90. Desde finales de los 80 hubo una explosión de centros comerciales en todas las zonas centrales. Si eras un adolescente de cierta clase media, tus tardes de viernes ocurrían confinadas en alguna de estas fortificaciones con aparadores, cines y, sobre todo, mucha vigilancia. Para mí, las plazas de Coyoacán eran la experiencia del espacio público. Huíamos ocasionalmente de la ciudad buscando seguridad y aire limpio.

En los veranos comenzaba a guiar visitantes por un centro histórico todavía maltrecho por el terremoto, los recortes presupuestales y la expulsión de decenas de miles del mercado formal. "Cuidado con los chineros", "cuidado por Salto del Agua", "no te metas a La Merced", "no te metas a la Lagunilla", "no te metas a Garibaldi", "no te metas a San Juan", "no te metas mucho a la Alameda", "vete antes que anochezca", "dile a los gringos que no saquen su cámara". La Catedral estaba repleta de tubos y andamios.

Toda sobremesa era un disciplinado ejercicio del miedo. Asaltaron a fulanito. Secuestraron a sutanita. Entraron a la casa de los López... otra vez. Marchas de blanco. Cuidado en la calle. Cuidado en el metro. Cuidado en esa ruta. No andes de noche. No andes ahí. No andes. Y sin embargo, sí andábamos. Ahí estábamos: en la calle yendo a la tiendita, a la tintorería, con el relojero, al mercado, al café, a matar el tiempo y a comer en un puestito consentido. Iba con papá a la Buenos Aires a comprar alguna refacción –que nos habrían robado-, iba con mamá a comprar almendras a la Alpina. El parque era eso que cruzábamos para llegar al metro. Sí estábamos en las calles, era solo que... no lo sabíamos.

Y luego, con el nuevo siglo, algo cambió. Poco a poco nos fuimos dando cuenta de que siempre habíamos estado en las calles. Y que nos gustaba. Los hábitos estaban ya bien enraizados: sin reloj, sin joyería, sin mucho dinero, lo mejor es no llevar tarjeta de crédito, buzo con las personas a tu alrededor. Los cafecitos se multiplicaron. El aire se respiraba mejor. La Condesa se fortaleció como ese epicentro de calle y plaza que siempre fue, contagiando a las colonias aledañas. Los centros comerciales se vieron como lo que siempre fueron: espacios horribles y aburridos a los que conviene ir por lo que conviene ir. Y Coyoacán seguía siendo Coyoacán.

El angustiado coro sobre los peligros del centro histórico se fue acallando. Empezamos a ir al Ángel a celebrar o a protestar por lo que fuera. De pronto tuvimos un campamento en Reforma. Llegó el Metrobús. Llegaron las primeras ciclovías. Llegó la Ecobici. Llegaron nuevos programas sociales. Llegaron las sociedades de convivencia. Llegó el matrimonio. Llegó la libertad de decidir. Esto fue más que salir a la calle. Era algo más. La Catedral de México se deshizo de sus andamios y lució con todo ese renacentista espacio con el que fue concebida.

A veces me pregunto cómo hubiera enfrentado la Ciudad de México de los 90 la crisis de la influenza de 2009. Tal vez ni nos hubiéramos dado cuenta. Fueron un par de semanas en las que nos amarraron las alas con las que estábamos aprendiendo a volar.

Hace un par de años, Guillermo Osorno escribía en su columna que ya no podía "conectar con la ciudad". Me negaba a compartirlo, pero entendía que empezaba a ser cierto. Esa conexión que habíamos construido las clases medias de las zonas centrales de esta ciudad estaba empezando a revelarse falaz, fantasiosa, culposamente privilegiada. Nuestra ciudad seguía siendo ese caos de violencia, de contaminación, de desigualdad y de sufrimiento en los trayectos de millones de personas. Una ciudad de segundos pisos, de rutas donde el asalto cotidiano es un cálculo de la economía familiar, de feminicidios –para mí la Ciudad de México sigue siendo también esa parte a la que Mancera le propuso negar el nombre. Nuestra ecobici hoy se ve chiquita, como siempre fue.

Las cifras de seguridad, tanto reales como de percepción, se han deteriorado. Sin embargo, seguimos en la calle: hay algo milagroso en el contacto cotidiano que ocurre en esta ciudad

Otra vez les dio por abrirnos centros comerciales por doquier. Son "más bonitos" pero son lo mismo. Regresaron las contingencias. Y, lo peor, en las sobremesas volvimos a hablar del asalto a fulanito, del secuestro de sutanita, de cómo entraron otra vez a la casa de los López. Vimos Te prometo anarquía y nos resonó tanto como cuando vimos Amores Perros.

Las cifras tanto reales, como de percepción, se han deteriorado, como bien nos expuso y resumió Alejandro Hope. Y sin embargo, seguimos en la calle. Hay algo milagroso en el contacto cotidiano que ocurre en esta ciudad. Millones de personas nos topamos en una ausencia a veces total de cualquier autoridad o amenaza creíble de castigo, y aquí seguimos. Logramos crear un complejísimo orden dentro del caos, como bien expusieron los antropólogos Emilio Duhau y Angela Giglia. Un orden del que casi siempre, por las dinámicas de nuestro crudo clasismo, pasamos por alto su bellísima estructura solidaria.

Se nos fue la euforia de la última década. Ojalá logremos que regrese y, sobre todo, que regrese para todo, no solo para unos cuantos. Las bases están sentadas porque, como me gusta pensar, esta ciudad es un conjunto millonario de milagros cada día.