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Otras formas —más tapatías— de ser gay

30/11/2016 10:03 AM CST | Actualizado 02/12/2016 2:27 PM CST
José Acévez

Las dos televisiones transmiten un partido de fútbol de la liga nacional. La iluminación, aunque no es evidente si no reparas, es tenue y accesoria. Lo que domina son las luces de neón de una rocola contemporánea, seguramente importada del sureste asiático, que reproduce una canción de José José, luego una de Ariana Grande, otra de Lucía Méndez y después una de la Banda MS.

Si te percatas, también domina la luz de una cocina abierta al fondo del lugar y las botellas de alcohol iluminadas en una barra ocupada por hombres de entre cuarenta y cincuenta años. Solo estamos hombres. Aunque no es evidente si no te das cuenta que la única mujer es una discreta cocinera que espera sentada la orden de algún cliente.

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Un retrato de una Verónica Castro joven y sonriente te recibe, para dejar atrás las orillas del antiquísimo y olvidado barrio de Analco.

No hay ninguna diferencia con cualquier cantina típica de México, excepto quizás, además de por lo anterior, por la simulación de un homenaje fotográfico a la Doña, cuyo rostro es protagonista de casi todos los retratos colgados de las paredes. Y, claro, por un retrato de finales de los noventa de Alejandro Fernández con la mirada perdida donde se nota más viril y atractivo que nunca.

Y bueno, porque si te sientas y cantas Que se me acabe la vida, en una copa de vino, repararás que los hombres que están solos en sus mesas y también los otros que están con sus amigos, procurarán entrecruzar sus miradas con la tuya y cantar contigo.

Si reparas, la insistencia de las miradas se volverá recurrente entre más pasen las horas, las canciones y los tragos.


José Acévez
Los retratos de María Félix son los protagonistas del lugar.

El Ciervo, según el barista de la cantina y algunos recuentos de foros en Internet, es el lugar gay vivo más viejo de Guadalajara. Abrió en 1988, cuando el famoso y ahora cerrado Mónicas era un referente de la vida nocturna casi a nivel nacional, más allá de ser una discoteca gay. El Ciervo es más viejo que yo. Sobrevivió a la crisis del 94, a tres sexenios de gobernadores panistas ultraconservadores y a la cada vez más intensa criminalización del barrio —un cuadrante cercano al centro de la ciudad en donde, alrededor de la antigua central de autobuses y de oficinas gubernamentales, se establecieron hoteles de paso, centros nocturnos de dudosa calidad y uno de los más descarados mercados de piezas de automóviles robados.

El Ciervo abre todos los días desde las 6 de la tarde. A esa hora, nos comenta el barista (quien ha trabajado en el lugar desde su inicio), suelen venir más mujeres que, muchas veces, ya que anochece, se van y dejan solos a los hombres a los que acompañaban.

Este lugar fue por mucho tiempo la competencia del extinto Chivas (como el equipo de fútbol local), donde, a pesar de no ser establecidamente gay, la gente iba por esa razón, una especie de exotismo "hetero friendly"; por lo que muchos de los clientes se mudaron al local de la central vieja. "Aquí la gente viene porque es tranquilo, no es una disco donde se baila y hay fiesta. Aquí nadie se mete con nadie. Si no quieres ligar, nadie te va a molestar", nos cuenta el barista. Nos narra, también, cómo mucha gente llega sin saber que es gay y ya cuando se percatan que nadie los va a fastidiar, se quedan.

José Acévez

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Al Ciervo se le suele comparar con El Condado, una disco cerca de la 9 esquinas (el famoso punto de reunión para comer birria), donde las muestras de afecto entre dos hombres son más visibles, sobre todo cuando bailan abrazados alguna canción de norteño o duranguense.

En El Condado lo que prima es el estereotipo: la mayoría usa sombrero vaquero, camisa de cuadros y botas piteadas. Los clientes suelen ser hombres de rancho o que trabajan en oficios que usualmente no se asocian con los gays, que asisten a escuchar música popular y hacer lo que se hace en una típica fiesta mexicana. Mientras que el Ciervo es un espacio más diverso que se sostiene en una sensación límite: una cantina que mantiene formas tradicionales, pero se posibilitan otras muestras de afecto y se permite disipar deseos.

Venir a esta cantina implica un juego de confrontaciones: a la vez que reconoces un espacio común con elementos que son familiares de cualquier contexto de fiesta en México, te adentras en un cobijo que va del sutil ligue a la posibilidad de hacer de la cantina charra un escenario de libertades. No es necesario reafirmar símbolos, los utilizas a tu conveniencia. Aquí, beber y cantar suscita una peculiar comodidad que recae en ser cómplices de la contradicción; y de una contradicción que posibilita, donde escuchar Rocío Durcal mientras transmiten el fútbol no implique ningún riesgo, muy al contrario.

El Ciervo es, en palabras de Monsiváis, un espacio donde "se despliega el horizonte de costumbres heterodoxas", y que, sin embargo, no recae en las costumbres ortodoxas del "ambiente". En El Ciervo, ser gay o identificarse como gay es un fenómeno más ambiguo. Es un espacio que supera las dicotomías con las que suele pensarse la sexualidad (masculino-femenino, activo-pasivo, heterosexual-homosexual, cisgénero-transexual).

Aquí se evidencia, como ha reflexionado infinitas veces Guillermo Núñez Noriega, "el carácter fragmentado, incoherente, inestable, ambiguo y heterogéneo de las subjetividades masculinas". En este lugar se entrecomillan los estereotipos: no es necesario un show travesti ni una tejana de ranchero macho. Queda el espacio para poner en tela de juicio eso con lo que nos identificamos y hasta lo que deseamos.

Se cuestiona y enflaquece al machismo como ente monolítico; aquí, arropados de una incierta ingenuidad, el abanico para ser hombre se diversifica y se enaltece al deseo, casi siempre, con la intención de ignorar el dogma.

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*Este texto representa la opinión del autor y no necesariamente la de The Huffington Post México.