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Pablo Iglesias: de 'coletas' a líder indiscutible de Podemos

15/02/2017 10:18 AM CST | Actualizado 15/02/2017 12:47 PM CST

EFE

Escribir sobre Pablo Iglesias en un medio digital español y que el hueco de comentarios se quede a cero es imposible. Pablo Iglesias siempre tiene a alguien que lo ame y lo defienda, a alguien que lo odie y lo masacre. E incluso quien lo observa con desapasionamiento crítico, lo encuentra interesante. Al fin y al cabo, es el principal actor de Podemos, el experimento político más relevante que ha ocurrido en España desde la década de los ochenta.

Podemos nació en 2014 al calor todavía presente de las movilizaciones del 15-M, que llevaron en mayo de 2011 a muchas miles de personas a las plazas españolas bajo el grito de "No nos representan", dirigido a una clase política incapaz de resolver los problemas del país en plena sacudida brutal de la recesión económica y salpicada de múltiples casos de corrupción.

Sin demasiadas banderas ni lemas clásicos, el 15-M se reivindicaba como un movimiento apartidista, pero pronto se demostró que era una impugnación en toda regla al proceso de aburguesamiento de la izquierda socialdemócrata española, representada por el PSOE. Incapaz de enfrentarse a los recortes que exigía Bruselas, responsable de una reforma laboral que abarataba el despido, reacio a buscar mecanismos para frenar los desahucios hipotecarios o para permitir la dación pago que permitiera liquidar la deuda hipotecaria de quienes se resignaban a abandonar su vivienda a cambio de dejar de pagar al banco, terminó de cuajar entre los españoles una idea que llevaba ya muchos años rondando entre la gente: que el PSOE no era más que una especie de rostro amable del establishment, con más conciencia social quizá, pero incapaz de dar un puñetazo en la mesa para defender a las clases trabajadoras sin trabajo y a las clases medias empobrecidas.

Marcos del Mazo/Pacific Press/LightRocket via Getty Images
Personas protestan en mayo de 2015 en el marco del quinto aniversario del 15-M.

Porque en cualquier atisbo de ruptura, se jugaban sus posiciones de privilegio. Y así fue como el PSOE perdió estrepitosamente el Gobierno en las elecciones de noviembre de 2011 y la derecha del PP sacó una mayoría absoluta. Porque a ellos, aquello del 15-M, como que no les afectó demasiado.

Con tremendo hueco político en el panorama de la izquierda y el activismo anticrisis fermentando en todos lados por los recortes brutales del Gobierno del PP, empezó a aparecer en las tertulias de las teles más frikis de la ultraderecha mediática española un tipo de izquierdas con coleta que era profesor de la facultad de Ciencias Políticas de la Universidad Complutense de Madrid y que tenía un programa de debate y análisis político en una tele de barrio de Madrid. Se llamaba Pablo Iglesias. Y lo cierto es que era un gusto escucharle, desmontando uno por uno los tópicos con los que se maneja la más rancia derecha española.


(VIDEO: Así habla Pablo Iglesias)

Como aquella batalla dialéctica de todos contra uno era bastante entretenida, empezaron a llamarlo de La Sexta, una de las cadenas de televisión nacional más importantes. Allí, Iglesias contraponía al pueblo que sufría y a los jóvenes que emigraban con "la casta", un término que se volvió tan popular como la Coca Cola y que se refería a una amalgama de élites minoritarias y arribistas donde convivían la derecha de toda la vida con los socialistas vendidos a los sueldos de los consejos de administración.

Podemos se presentó en enero de 2014 como la fuerza política que pretendía llevar al 15-M a las instituciones. Y su máximo recurso era ya el mediático Pablo Iglesias. Tanto, que su cara apareció en la papeleta de las elecciones europeas de aquel año, las primeras a las que se presentaban, para que todos identificaran cuál era el partido del coletas que aparecía en la tele. Pero detrás, había mucha más planificación política de la que la mayoría de los medios de comunicación podían prever, convencidos de que esa mezcolanza con aroma asambleario no iba a llegar muy lejos. Estaba Izquierda Anticapitalista, un partido de inspiración trotskista, había antiguos militantes de IU -el partido minoritario de la izquierda española- y Juventudes Comunistas, como el propio Iglesias, agotados con las inercias de la vieja dirigencia izquierdista.

Había mucha reflexión teórica y política en asociaciones universitarias, conocimientos profundos sobre comunicación política y sobre el poder las redes sociales. Y también mucho activismo fresco y joven, y no tan joven, con ganas de cambiar las cosas. Contra todo pronóstico, sacaron cinco diputados al Parlamento Europeo.

En el éxito de Podemos cuenta su capacidad para superar el viejo lenguaje de la izquierda y construir un discurso propositivo y de aspecto amable que no pedía el carnet ideológico a nadie.

Desde ese momento, Podemos revolucionó el panorama político español. Ya no solo se llevó por delante a IU, sino que empezó a disputarle abiertamente la hegemonía del ámbito progresista a un PSOE sin fuelle ni discurso. Las tertulias televisivas empezaron a llenarse de caras desconocidas de jóvenes podemistas, y en los medios se empezó a rebuscar en la vida de los miembros del nuevo partido para ver si eran tan limpios como decían.

Pronto apareció el flanco principal de ataque contra Podemos: la vinculación en el pasado de algunos de sus miembros, incluido Pablo Iglesias, con el régimen chavista de Venezuela, al cual le hicieron trabajos de asesoría por generosos montos de dinero que algunos siempre sospecharon que se habían destinado en parte a fundar Podemos. Nunca probadas estas sospechas y siempre archivadas las querellas presentadas en los tribunales, lo que sí había eran ejemplos manifiestos de la simpatía chavista de Pablo Iglesias.

(VIDEO: La relación de Pablo Iglesias con el chavismo)



Pero nada pudo con el huracán-Podemos, quizá porque, como el 15-M, tenía el apoyo de un movimiento progresista de amplio espectro que no se reconocía a sí mismo en la caricatura chavista, por muchas simpatías que algunos de sus líderes e incipientes cuadros -no todos- hubieran tenido por el régimen venezolano. A Podemos le apoyó desde el principio un amplio espectro de la población joven de entre 20 y 40 años, muchos de los cuales fueron precisamente los que llevaron a Zapatero y al PSOE a la presidencia del Gobierno en 2004.

Podemos: divisiones en las familias y divisiones internas

¿Se había convertido toda esta gente en peligrosos radicales de la noche a la mañana, o era el PSOE el que había perdido el contacto definitivamente con su base social? Se puede hablar de una fractura generacional: muchos padres progres de la clase media seguían votando al PSOE, con sus derechos más o menos asegurados. Y sus hijos, parados o con sueldos cada vez más magros, se pasaban a Podemos. Luego estaba el voto de la izquierda trabajadora de toda la vida, que en parte se fue al nuevo partido. Y algunos damnificados de la crisis que pudieron pensar en 2011 que la derecha les iba a arreglar las cosas y decidieron cambiar de lado ante la evidencia de que sus trabajos no volvían.

En el éxito de Podemos cuenta su capacidad para superar el viejo lenguaje de la izquierda y construir un discurso propositivo y de aspecto amable que no pedía el carnet ideológico a nadie, de dar la sensación de ser un movimiento regeneracionista y progresista capaz de sumar y no de enfrentar, sin viejos sectarismos, con el objetivo de reconquistar derechos sociales perdidos y sumar otros nuevos, necesarios también para una nueva época. Era lo que se llamaba un discurso transversal, construir pueblo, construir patria, sacar a la casta privilegiada de las instituciones.

Y funcionó, vaya si funcionó, que en las elecciones municipales de 2015, Podemos y sus aliados consiguieron el gobierno de algunos de los principales Ayuntamientos de España: Madrid, Barcelona, Valencia, Zaragoza, Cádiz, A Coruña, Santiago de Compostela. No fue así en las ciudades medianas y pequeñas, donde el PP y el PSOE mantuvieron su fuerza, pero el terremoto electoral para las siguientes elecciones generales, en solo cinco meses, estaba asegurado. Y así fue: un PP muy debilitado tras perder 63 diputados, un PSOE que apenas llegaba a 90 y un Podemos, con sus confluencias, que entraba con 71 diputados y alteraba definitivamente el mapa político español.

Pero ahí empezaron también los problemas internos en Podemos, sobre todo entre su líder, Pablo Iglesias y su número dos, Íñigo Errejón, un político más intelectual, de enorme habilidad y con una brillante capacidad de análisis. ¿Qué hacer con los votos que les habían dado los españoles ante un PP sin mayoría absoluta y con la posibilidad de sacarlos del Gobierno? ¿Dejar gobernar al PSOE? ¿Obligarlos a un Gobierno de coalición? ¿Forzar unas nuevas elecciones?

Sergio Perez / Reuters
Pablo Iglesias, líder del partido político Podemos, es felicitado por su 'número dos', Iñigo Errejón, al final de su convención nacional el 12 de febrero de este año en Madrid.

El relato que se ha impuesto es que Iglesias siempre fue más partidario de una línea dura, convencido de que no tenía nada que perder y de que, si se iba otra vez a las urnas, Podemos superaría al PSOE. Entonces, planteó un órdago delante de la tele y rodeado de todo su equipo: negociaría un pacto de Gobierno con los socialistas, pero con él de vicepresidente y la mitad de los ministerios para Podemos; los socialistas, que jugaron a negociar, en ningún momento estuvieron interesados en gobernar con Iglesias, y simplemente trataron de forzar la abstención de Podemos para que su líder de entonces, Pedro Sánchez, llegara a presidente del Gobierno. Con el tiempo, Errejón ha dicho que quizá habría sido más conveniente una postura más "flexible" y seductora para convencer al PSOE.

En este tiempo y los meses anteriores, la imagen de Iglesias ha quedado debilitada ante la ciudadanía, y las encuestas lo sitúan como el líder peor valorado.

Contra todo pronóstico, la vuelta a las urnas que finalmente se produjo el 26 de junio de 2016 fue un fiasco para Podemos. No solo no superó al PSOE, a pesar de ir coaligado esta vez con IU para intentar sumar más apoyos, sino que perdió casi millón y medio de votantes. Tan convencido estaba todo el mundo de la inexorabilidad del éxito, que el lomazo fue monumental, al mismo tiempo que el PP subía en votos y escaños.

Desde entonces, Errejón comenzó a alertar sobre el peligro de que Podemos terminara encuadrado dentro de la vieja izquierda y no en la transversalidad y en la apertura necesarios para llegar "a los que faltan", según sus propias palabras. Pablo Iglesias, sin embargo, defendía que lo que pasaba era que Podemos estaba perdiendo su gen rebelde en las instituciones y que había que volver a un Podemos impugnador y contestatario, con un pie en la calle, había que seguir "dando miedo a los poderosos". Y mientras, se rodeaba de un círculo con cada vez más gente vinculada anteriormente a a IU y a las Juventudes Comunistas e insinuaba que quizá algunos en su partido se querían parecer al PSOE.

Y así hemos estado en los últimos meses, con una rivalidad cada vez más abierta, más dura, más personal entre ambos dirigentes y sus equipos. En este tiempo y los meses anteriores, la imagen de Iglesias ha quedado debilitada ante la ciudadanía, y las encuestas lo sitúan como el líder peor valorado. Detestado por los votantes de otros partidos y más contestado entre los propios, a día de hoy, no parece que Pablo Iglesias sea un líder aglutinador de grandes mayorías transversales.

Aun así, en la Asamblea de Vistalegre II del pasado fin de semana -donde Errejón no se postulaba a la secretaría general del partido, pero sí presentaba una propuesta política diferente y encabezaba una lista propia al órgano de decisión colectivo estatal-, la militancia de Podemos le dio una victoria a contundente a Iglesias sobre su, hasta ahora, número dos. Quizá porque, como explicaba en un artículo el escritor Isaac Rosa, Podemos siempre ha sido hiperdependiente de Pablo Iglesias. Ahora está por ver si purgará a los derrotados o los integrará con generosidad.

Por eso, y hasta nueva orden, ¡Larga vida al líder!

*Este texto representa la opinión del autor y no necesariamente la de The Huffington Post México.

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