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La importancia estar unidos (siempre) como mexicanos

20/09/2017 6:39 AM CDT | Actualizado 20/09/2017 8:39 AM CDT

Estación Espacial Internacional

México lindo y qué herido. Nunca me había gustado tanto ser mexicana como ahora que vivo en otro país. No me fui por buscar un trabajo mejor, ni por la contaminación, ni porque me sintiera insegura, ni cansada del narcotráfico o de la política. Me fui por amor, pero esa es otra historia. Confieso que en ocasiones, en especial cuando me entero de una noticia violenta, agradezco la lejanía. Hoy no es el caso.El terremoto, dentro del aniversario de otro gran terremoto, me hace desear volver y prestar mis manos y energía para ayudar a una ciudad rota en pedacitos.

Soy chilanga de nacimiento y adoro a mi país. Es un sentimiento muy profundo, a veces inexplicable. No se lo atribuyo a los tacos al pastor, ni a las pirámides de Teotihuacán, ni a la Virgen de Guadalupe, ni a la lucha libre ni al Estadio Azteca. Me parece que se debe a una combinación, extraña y mágica, cargada de surrealismo como muchos antes de mí lo han proclamado.

Es la sonrisa de la gente a pesar de todo, el ingenio para burlarnos de nosotros mismos y hasta de la muerte, la variedad de comida deliciosa, las sobremesas amenas, los domingos en familia, las noches de música, las caminatas por las calles, el clima espléndido, el calor de los hogares que no está hecho de fuego sino de apapachos, y la ayuda desinteresada que se tiende en situaciones de crisis.

Velar por el bienestar del prójimo empieza en casa, en los núcleos más íntimos de la sociedad para después lograrlo expandir.

Cada vez que nos azota un desastre natural se nos despierta ese altruismo que pareciera yacer latente durante el resto del año. ¿Por qué sólo nos unimos ante la catástrofe o cuando nos intimida el monstruito con la idea de levantar un muro en la frontera? Si bien esa empatía natural es un reflejo de la generosidad del mexicano, también es una alarma que indica cuánto nos falta para vincularnos pese a nuestras diferencias.

Es un país complicado, nadie lo niega. La historia quizá nos jugó chueco, y entre conquistadores y líderes corruptos remamos con el viento en contra. El tejido social está roto, empezando por el color de la piel y la profundidad de las cuentas de banco. Eso se traduce, para empezar, en un abismo entre los olvidados y quienes sí tienen acceso a la salud y a la educación. Es una realidad que nos duele. ¿Pero entonces qué? ¿Debemos esperar a que llegue un huracán categoría mil o réplicas infinitas del temblor para espabilarnos?

No pude dormir, al igual que la mayoría de los mexicanos que vivieron el sismo de cerca, o que aún están ayudando o buscado a un familiar o a un amigo bajo los escombros. Hace varios sexenios la palabra "solidaridad" se tornó en campaña, hoy pareciera quedarse corta. Aunque la labor es honorable, cuestión de vida o muerte, no basta con donar baterías a la Cruz Roja ni retuitear información. Todo suma, por supuesto, pero el movimiento debe ser un deseo colectivo que difumine las barreras del ego.

Se trata de una responsabilidad compartida, sin duda. Velar por el bienestar del prójimo empieza en casa, en los núcleos más íntimos de la sociedad para después lograrlo expandir. La única manera de salir adelante como país es romper esa coraza interna que nos impide dar amor. Hace falta un grito de guerra, hacia nosotros mismos. Qué ingenua me siento al escribir estas palabras, ¿o no estoy tan loca? ¿Será que sí se puede?

* Este contenido representa la opinión del autor y no necesariamente la de HuffPost México.