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¿Cuándo fue la última vez que saludaste al sol?

04/10/2017 4:06 AM CDT | Actualizado 04/10/2017 4:06 AM CDT

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No hablo de Kundalini ni de Ashtanga, eso se lo dejo a los yoguis. Me refiero a la potente estrella que arde en el firmamento a temperaturas que desafían la imaginación. Esa esfera que no sale ni se esconde, simplemente brilla y acaso se deja contemplar. Aunque su destino sea la extinción en el abismo galáctico, mientras el sol exista nosotros también. ¿No es suficiente razón para decirle hola por las mañanas? ¿Darle los buenos días y las gracias?

En la tradición hinduista se le asocia con el tercer chakra, Manipura, cuyo elemento es el fuego, su color el amarillo áureo, y su hogar —valga la obviedad— es el plexo solar. Así como los planetas giran en torno al sol, la fuerza de voluntad se manifiesta a través de un vórtice de energía cerquita del ombligo. Es el centro del poder, de la acción, de las decisiones asertivas y la intensidad de los deseos.

Mucho se dice sobre las constelaciones del zodíaco, a veces cargadas de misticismo y otras tantas de charlatanería. Son sistemas de navegación que apelan a la psique, transmitidos desde tiempos ancestrales; de padres a hijos, de chamanes a discípulos, de astrónomos a escritores. El culto al sol, sin embargo, aunque hoy se vincule más con lo profano que con lo sagrado, siempre ha pertenecido a una categoría superior: Apolo, Tonatiuh, Ra, Inti, Mitra... La lista es enorme. Deidades poderosas y cargadas de virtudes, figuras divinas, quizá las más necesarias.

Sin el sol no tendríamos comida, ni naturaleza, ni literatura, ni altares, ni especies de anfibios que evolucionaron poquito a poco para luego tener patas o alas coloridas. Sin el sol nuestros huesos serían endebles, no podríamos fijar la vitamina D, respirar oxígeno, presumir una piel tostada al final de cada verano ni ser tan felices. A través de la historia, sus rayos han inspirado a cientos de músicos, poetas, pintores y eruditos. Su energía es, probablemente, la menos misteriosa de la vía láctea; es una presencia certera, al menos le quedan varios millones de años según la ciencia. Por otro lado la fuente de un enigma aún más grande: la vida misma en este planeta.

Sin el sol no tendríamos comida, ni naturaleza, ni literatura, ni altares, ni especies de anfibios que evolucionaron poquito a poco para luego tener patas o alas coloridas.

¿Será tan fácil? ¿Podría su fulgor gozar de un poder especial para despertar nuestra consciencia? Cuando lo extraordinario se torna habitual corremos el peligro de perder la capacidad de asombro. Amanecer y ver el sol, más allá del espectáculo de matices en el cielo, es un regalo. Una posibilidad que se renueva día con día para agradecer lo mejor que el universo puede ofrecernos. No importa que en ocasiones el mal clima lo traslape, o que vivamos en paralelos lejísimos del ecuador. La oportunidad de disfrutar que estamos vivos nos la recuerda el sol de lunes a domingo.

A lo mejor algunos prefieren leer sobre eventos internacionales, situaciones que sacudan el intelecto y nos llenen de información para hacernos partícipes de los conflictos que tanto se cuecen en el mundo. Escribir sobre el sol es casi irrelevante, tan obvio que carece de sentido. Pero eso sí, es mucho más bonito que escribir sobre política, desastres del ecosistema, terrorismo o criminales. Escribir sobre el sol es una chispa de calorcito en esta oscuridad que a veces nos devora. ¿Y qué hora es? Hora de salir y dejar que nos caiga encima.

*Este contenido representa la opinión del autor y no necesariamente la de HuffPost México.