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Querida Catherine Deneuve, lo que viví en París no fueron torpes galanteos sino acoso

22/01/2018 10:04 AM CST | Actualizado 22/01/2018 10:19 AM CST
Jimena García Lira

Querida Catherine Deneuve:

Respecto a tu manifiesto feminista quisiera contarte algo.

Como regalo de mi cumpleaños número 27 y viaje espiritual fui de viaje a tu país, a la ciudad del amor y de la luz, según la cantaleta popular.

Estaba fascinada. Era mi primer viaje completamente sola, lo cual era significativo para mí. El hecho de pensarme comiendo en un delicioso restaurante en los Campos Elíseos, conocer los grandiosos museos, el carrusel de Amelié Poulain, Moulain Rouge de noche, las galerías de arte, la moda, la cultura, y arquitectura me regocijaban... Desafortunadamente todas esas imágenes se opacaron, porque allá sin más, me abordaron sexualmente al menos en cuatro ocasiones.

El viaje que realicé en septiembre de 2013 fue difícil desde el inicio, porque perdí el vuelo en Estados Unidos.

Ya en París me hospedé en un bonito hotel antiguo por la estación La Fourche, donde conocí a Oana, la recepcionista (con quien aún mantengo una amistad). Ella me advirtió que llamaría la atención de los hombres por mis rasgos, que me cuidara y que jamás les dijera que estaba sola, porque podía ser peligroso.

La verdad, no tomé en serio sus comentarios. Pensé que el hecho de lidiar a diario con los patanes del transporte público en Ciudad de México, prácticamente estaba vacunada de los 'galanes torpes'.

Recién salí del hotel para emprender mis aventuras, un francés que caminaba por la misma acera en la que yo iba, aceleró el paso y me preguntó que si me podía acompañar. Le respondí de inmediato que no e intenté redoblar mi andar, pero el tipo volvió a abordarme e insistió durante varios minutos. Hasta tuvo la ocurrencia de invitarme a su departamento "a tomar vino y hacer el amor".

La cara de desconcierto y asco que puse, mientras un rayo de furia e impotencia resplandecía en mi interior, no fue suficiente para que se alejara. Le volví a decir que no. Grité que no estaba interesada. Pero siguió. Continuó diciendo que no caminara porque sería peligroso. Ya estaba comenzando a desesperarme cuando se me ocurrió decirle en mala gana que mi novio me estaba esperando. Oh, milagro. Se disculpó y se fue.

Al día siguiente las cosas no fueron distintas, incluso se pusieron peor. Aquella mañana fui a la Basílica del Sagrado Corazón, donde un grupo de hombres me rodeó. Uno de ellos me tomó de la muñeca, comenzó a tejerme una pulsera, mientras que los otros cantaban y me tocaron de pies a cabeza, incluyendo las piernas y el pecho.

Jimena García Lira

La fortuna me envió a una familia boliviana que radicaba desde hace algunos años en Francia y que iba pasando por el lugar. Los papás les gritaron que yo era su hija. Fue entonces que me soltaron, no sin antes reclamar que les pagara por la pulsera. Tuve que pagarles dos euros por unos hilos enredados y la manoseada.

Cuando escuché que mis salvadores hablaban español me sentí un poco más tranquila. Les pregunté qué había sucedido y me dijeron que no anduviera sola por ciertos lugares, que muchos se aprovechaban de las jóvenes, emborrachándolas o drogándolas para violarlas y asaltarlas.

Mi 'puritanismo sexual' me llevó por un momento a quererme refugiar en mi hotel. A no querer decirle nada a mi familia para no preocuparla. Pero tampoco iba a permitir que eso estropeara mi gran sueño parisino.

Sin embargo, la esperanza se esfumó poco después. Cuando tomé el metro, un señor que fácil me doblaba la edad, tocó mi mano con la que me sujetaba del tubo. Aunque la quité, el acto se repitió hasta que decidí bajar del vagón. Por desgracia él alcanzó a hacer lo mismo y me siguió hasta que pude meterme a una tienda, en un barrio que desconocía por completo. Estaba aterrada y quería llorar.

Ese día, con el ánimo abatido, pensé que los hombres en París habían llegado al límite. Ay, qué ingenua fui.

Tras una exhaustiva y maravillosa visita a Versalles, me lastimé el pie (el calzado no había sido el adecuado para tantas horas de caminata).

Jimena García Lira

Aquella noche llegué a mi hotel, metí el pie a la tina con hielo para que se desinflamara y me compré una pomada. A la mañana siguiente era mi cumpleaños, pensaba cenar en un restaurante increíble en los Campos Elíseos, conocer la Torre Eiffel y tomarme una selfie desde lo alto de la ciudad del amor que me había hecho sentir pésimo desde mi llegada. Ya le tenía miedo a cada hombre que se me acercaba.

En la Universidad de la Sorbona conocí al peor acosador de mi vida.

En algún momento de mi traslado, ya no pude apoyar bien el pie, me dolía tanto la planta que juraba que me había fracturado. Recuerdo que me abracé de un poste porque ya no podía caminar. Entonces un joven parisino (sí, sí estaba guapo) se me acercó y me preguntó que si estaba bien.

Su pregunta hizo que estallara en llanto. Le respondí que ¡NO! que no podía caminar y que era mi cumpleaños. Me cargó y sentó en una banca, limpió mis lágrimas y me dijo que no llorara. Confieso que sentí confianza en ese momento, pero en cuanto él vio que intenté sonreír tras el llanto, me besó.

Ni era el momento adecuado, tampoco le estaba coqueteando y solo intentaba poder platicar con alguien que me estaba llevando la chingada. Eso no significaba que me lo iba a coger.

Acto seguido, el tipo me siguió por más de una hora, me agarró las nalgas en el metro, no me soltaba en ningún instante y a quienes me intentaban ayudar les aseguraba que era mi novio y que solo nos estábamos peleando.

Antes de llegar a la Torre Eiffel intentó robar mi celular y comenzó a cuestionarme agresivamente si no confiaba en él. Estaba más que horrorizada porque no podía escapar. No podía apoyar bien el pie. El tipo comenzó a gritarme que era una estúpida.

Ninguna persona estaba cerca, ningún policía y mi única reacción fue gritarle que se fuera a la mierda. Me abrazó, me cargó y me dijo que lo sentía, al tiempo que me acariciaba el cabello. La pinche desesperación e impotencia de no poder hacer algo me hizo pensar que en cualquier momento me iba a pegar, violar y asaltar, en el mejor de los casos.

Afortunadamente no sucedió y al final me abandonó después de que llorando le pedí que ya me dejara. Se fue y, no miento, regresó, aunque finalmente desapareció. No supe cómo reaccionar.

Jimena García Lira

A mi regreso a México y cuando le conté mi experiencia a alguno(a)s conocidos, los comentarios que recibí fueron: "¡Ay, qué pendeja! Te hubieras cogido a un francés". Pero yo me sentía mal. A mis papás no les había contado, porque no quería que fuera un mal precedente para mis futuros viajes sola.

Hoy soy madre y pienso que si mi hija quiere estar en Ciudad de México, París o donde sea, lo preocupante es que ya cualquier tipo de agresión machista se vuelve algo cotidiano.

La primera vez que un hombre me agredió tenía 12 años. Un señor me agarró las nalgas. La fijación masculina con mi trasero se ha repetido al menos 10 ocasiones más. NUNCA con consenso. Y no por ello soy feminista, feminazi, puritana, libertina o lo que sea.

Cómo viste a estos 'seductores insistentes', Catherine. Me pregunto qué hubieras hecho tú (o tus amigas) ante estos cabrones.

Si esto te hubiera ocurrido en una calle del Centro Histórico de la Ciudad de México, seguro uno de mis paisanos te habría susurrado: "Ay mamita, vamos a coger"/"Qué rica panocha".

Te confieso que cuando escribí este texto, aún no respondías a tus críticas al manifiesto. En lo que creo que ahora TODAS deberíamos estar alertas es en algunos mensajes radicales entre nuestro género que fomentan el odio a los hombres.

*Este contenido representa la opinión del autor y no necesariamente la de HuffPost México.