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El día que fui por las tortillas con Carlos Monsiváis

19/06/2017 5:00 AM CDT

SAÚL LÓPEZ/ CUARTOSCURO.COM

No recuerdo el día concreto, pero sí que era finales de noviembre de 2006, cuando el kilo de tortilla costaba como siete pesos, y que por esas semanas, Carlos Monsiváis recibiría el Premio de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara (FIL). Yo, por ese entonces estudiante universitaria, lo acompañé a la tortillería.

Mientras sonaba la máquina del local, me contó que estaba muy cansado, pero a la vez feliz porque también estaba a punto de inaugurar el Museo del Estanquillo. Pagó su kilo con monedas y nos despedimos, no sin antes pedirle volver a verlo.

JOSÉ MARÍA MARTÍNEZ/CUARTOSCURO.COM
25 de noviembre de 2006. José Saramago y Carlos Monsiváis al recibir este último el premio Fil de Literatura 2006 de manos de Gabriel García Márquez y Sari Bermudez en el marco de la inauguración de la Feria del Libro de Guadalajara en su vigésimo aniversario.

ISAAC ESQUIVEL/CUARTOSCURO.COM
23 de noviembre 2006. El escritor durante la inauguración del Museo del Estanquillo, el cual abrió sus puertas con una colección de él mismo.

Cuando decidí estudiar periodismo, uno de mis escritores referentes era precisamente Monsiváis. Además de su sabiduría, su cabello despeinado y lleno de canas me hacían pensar que, de haber conocido a uno de mis abuelos (los dos fallecieron antes de que yo naciera), seguro tendría ese aspecto. Por eso le llamaba de cariño el abuelo. También con una amiga de la universidad, Elsa, hablaba mucho de él y, como auténticas fanáticas, decíamos que iríamos a buscarlo a la Zona Rosa, donde era visto con frecuencia.

En fin, al pensarlo como un abuelo me hacía sentir un vínculo con él, hasta que sucedió.

En algún semestre de la carrera, en la Carlos Septién García, la maestra de radio nos pidió de trabajo final realizar entrevistas a un listado de personas famosas. Los personajes serían asignados bajo el infalible sorteo de papeles. Entre ellos figuraban la golfista Lorena Ochoa, un corredor de autos, otros más que no recuerdo, y Monsiváis.

Pues me tocó él. Lo primero que pensé fue en lo difícil que sería conseguir la entrevista... pero me acordé de ¡mi abuela!

Ella tiene un puesto de revistas en la Esquina de la información (donde confluyen las avenidas Reforma, Bucareli y Juárez) que religiosamente abre TODOS los días desde 1968.

En varias ocasiones me había contado que Monsiváis era su cliente (honestamente, nunca le había creído que lo conociera, pensaba que solo lo había visto pasar, y ya).

Bueno, pues llamé a mi abuela y aceptó ayudarme: cuando él pasara a comprar los periódicos a su puesto (como según ella diariamente hacía) iba a pedirle la entrevista. Dijo que ya hasta le había contado de mí, que tenía una nieta que estudiaba periodismo.

David Bolaños/CUARTOSCURO.COM
Septiembre (2001)

Pasaron unos días y mi abuela me llamó: ¡Carlos Monsiváis había aceptado la entrevista y pidió que le llamara a su casa para decirme dónde vivía!

Cuando escuché semejante noticia casi me da un infarto, me dolió el estómago y se propagó el inconfundible vértigo de la emoción. Pensé: "¡No mames, voy a hablar con el abuelo!"

De inmediato busqué al profesor Enrique Mandujano (muy conocido en la Septién) para contarle y pedirle consejo. Pelando los ojos por la sorpresa, me respondió: "Es un mamón... es lo que dicen. Si ves que no responde una pregunta, lanza la siguiente".

Yo, en mi mente: "Pfffff, qué miedo. Bueno, pues a ver cómo me va".

Cuando llegó el momento de marcar a su casa me encerré en mi cuarto, tomé el teléfono y respiré hondo:

-Hola, sí, buenas tardes. Habla Jimena, nieta de la señora Esperanza, ¿me comunica por favor con el señor Monsiváis?

-Sí, dígame.

-(¡No mames, no mames, no mames, no mames!) (...) Ay... este... quería saber si lo podía entrevistar...

-Sí, ya me dijo su abuela. La espero mañana en mi casa. Estoy a la vuelta del metro Portales, pregunte en dónde, todos saben qué casa es.

-Muchas gracias, hasta luego (yo, en nervios).

Colgamos.

Obvio repasé mil veces las preguntas que ya me había revisado el profesor Mandujano. Pensé: debo llevarle un regalo. No puedo llegar con las manos vacías. ¡Ya sé, una nochebuena (era diciembre)! A todos nos gustan las flores.

Día siguiente. Me puse mi mejor camisa, un pantalón negro, un abrigo largo del mismo color (hacía bastante frío) y unas botas. Tomé prestado a escondidas el bolso "tacuche" de mi hermana, y me puse del perfume caro (jajaja). Era un momento especial.

En el metro parecía 'el pípila' porque venía cargando el tripié de la cámara, la nochebuena, mi mochila y, para colmo, estaba maniobrando en el vagón porque no me podía agarrar de ninguna parte.

Al llegar a la estación Portales, caminé hacia el mercado y comencé a preguntarle a la gente que pasaba por la casa del señor Monsiváis:

-Siga todo derecho, dé la vuelta y ya llegó.

RODOLFO ANGULO/CUARTOSCURO.COM
19 de junio de 2010. Vecinos de la colonia Portales y San Simón colocaron carteles y flores en la entrada de la casa del escritor mexicano Carlos Monsiváis, luego de que falleciera esta tarde a la edad de 72 años a las 13:48 horas en el área de terapia intensiva del Instituto Nacional de Ciencias Médicas y Nutrición, por insuficiencia respiratoria como consecuencia de fibrosis pulmonar.

Toqué en la casa indicada y me abrió una mujer. Entré, había un enorme árbol en medio del patio. Cruzamos la puerta, que estaba pegada a unos ventanales y por donde ya se alcanzaba a ver una gigantesca biblioteca: libreros pegados, de esquina a esquina, a lo largo de todo el espacio de la sala.

No basta decir que la cantidad de libros era lo más impresionante que había visto en la casa de alguna persona. Además, un ejército de luchadores mexicanos de juguete, incluso aquellos con rebaba en los dedos, se asomaban entre los miles de lomos.

Mientras me abría paso salían gatos y gatos de entre los sillones y los libreros: manchados, rayados, negros, blancos. La casa estaba repleta de pelo, como el banco que me ofreció Monsiváis al bajar las escaleras para recibirme.

Cuando lo vi, no podía creer que lo que estaba sucediendo, ¿era real? Me sonrojé de pies a cabeza y el corazón explotando de la emoción. Lo primero que observé fue su cabello. Era igualito, el mismo que salía en la tele y en las revistas. Vestía un suéter azul marino y un pantalón gris. Su cuerpo lucía fuerte, al igual que su presencia, contrario a lo que pasaba en mi interior. Los nervios me estaban carcomiendo a dentelladas.

Me dio la mano, me sonrió y me dijo que me acomodara en lo que él realizaba una llamada. Cuando me dispuse a sentarme, vi que el banco estaba lleno de pelo que amenazaba con arruinar mi abrigo. Esperé a que Monsiváis se volteara, soplé con fuerza y tomé asiento (yo, en veloz, jajaja).

SAÚL LÓPEZ/CUARTOSCURO.COM

Estaba sentada justo frente a él. Solo nos separaba su interminable escritorio donde tenía montañas y montañas de libros y papeles, las cuales eran derribadas de vez en cuando por las colas de sus leales mininos, que parecían los dueños del lugar.

SAÚL LÓPEZ/CUARTOSCURO.COM

Entre la pila de cosas que rodeaba a Monsiváis había una bandera gay, que acomodó en algún momento de su conversación telefónica. Al parecer, su interlocutor era algún destacado simpatizante de Andrés Manuel López Obrador, y que conocía muy bien a la escritora Elena Poniatowska. Por esos días (20 de noviembre) la Convención Nacional Democrática (CND) nombró a López Obrador "presidente legítimo de México".

ISAAC ESQUIVEL/CUARTOSCURO.COM
Febrero (2009). Carlos Monsiváis junto a Elena Poniatowska (abajo), Carlos Fuentes y Leonora Carrington.

Nelly Salas/CUARTOSCURO.COM
Julio (2004). Andrés Manuel López Obrador, jefe de gobierno del Distrito Federal entregan al escritor Carlos Monsivais la presea al merito ciudadano.

Colgó el teléfono y me miró de inmediato. Se presentó:

-Hola, ¿cómo está?

-Hola, muy bien, muchas gracias, ¿y usted?

-Bien. Dígame.

Puse la cámara y comenzamos la tan ansiada charla. Confieso que todo el tiempo que duró, mi corazón estuvo galopando sin control y las manos me sudaban. Mis hojas con las preguntas estaban todas arrugadas y mi sonrisa no dejaba de aparecer tras cada respuesta.

Por casi una hora o más hablamos de sus libros, de Felipe Calderón, López Obrador, la política mexicana, sus gatos, las luchas, sus premios y sus logros. Con el paso de los minutos logré controlarme un poco y comencé a disfrutar y valorar cada una de sus palabras, hasta que me interrumpió y me preguntó que si tardaría más tiempo. Con toda la pena del mundo le respondí que lo lamentaba y que no, que estaba por concluir.

Solté una última pregunta que le resultó muy emotiva y por la que hasta pensé que me recordaría después (no sé si así pasó, peeeeero sí que le robé una gran sonrisa):

- Tiene todo, está por recibir el premio de la FIL, inaugurar El Estanquillo, pero ¿qué le hace falta a Carlos Monsiváis en su vida profesional y personal para lograr la plenitud?

-En mi vida personal, como usted puede ver de manera clarísima, me falta orden. En mi vida profesional, me falta sistema y conjunto de mi vida personal. Y mi vida profesional, me falta... o más bien, me sobra la angustia por los acontecimientos del país.

¿Que por qué me acuerdo tan bien de lo que me respondió? Porque dos años después (2008), la entrevista fue publicada en Diálogos, el diario de la Septién, luego de que Bernardo, un compañero y entonces editor del mismo, me motivara a publicarla (la verdad me daba tanta pena). Lamentablemente, el video lo extravié y hasta la fecha no he podido encontrarlo.

Jimena García Lira
Enero-febrero (2008).

Al término de nuestra muy hermosa conversación (que ya publicaré completa en un próximo blog), levanté mis cosas, le pedí que me firmara uno de mis libros, A ustedes les consta, lo abracé y le agradecí por toda su amabilidad y tiempo.

No podía creer que hubiéramos platicado tanto tiempo y que al final me hablara como si nos conociéramos de siempre. Como si él también sintiera ese vínculo.

Antes de salir al patio, me dijo que mi abuela me quería muchísimo, que la cuidara y que por favor le enviara sus saludos. Caminamos y me mencionó que iría a las tortillas, que si lo acompañaba.

Cuatro años después de uno de los momentos más valiosos y atesorados de mi existencia, el abuelo murió (2010). Mi abuela y yo no pudimos evitar derramar unas o muchas lágrimas. El gran escritor mexicano se había ido, pero no sin antes dejarme una de las "notas, crónicas y amistades" más inspiradoras de mi vida:

"A Jimena García: Esta nota, esta crónica, esta amistad. Carlos Monsiváis, 2006".

¡Hasta siempre, abuelo. Siete años, siete vidas!

P.D. La nochebuena fue ignorada😪.

Jimena García Lira

RODOLFO ANGULO/CUARTOSCURO.COM

RODOLFO ANGULO/CUARTOSCURO.COM

*Este contenido representa la opinión del autor y no necesariamente la de HuffPost México.

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