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Por el resto de mi vida me preguntaré si pude haber hecho más

28/09/2017 1:00 PM CDT | Actualizado 28/09/2017 4:35 PM CDT

Manuel Velasquez/Anadolu Agency/Getty Images
Rescatistas llaman a sus compañeros en una operación de rescate en el edificio derrumbado de la avenida Álvaro Obregón. 25 de septiembre de 2017.

El domingo 24 de septiembre de 2017 otro mexicano me gritó que era un huevón. Sí, otro de tantos mexicanos que ha sacado la garra y está luchando por los edificios, por las cuadras, por las colonias, por las ciudades, por la gente, por el pueblo, por mis amados mexicanos... pero no lo culpo.

Intenté decirle que he ayudado desde la primera hora del fatídico terremoto del martes 19 de septiembre; quise explicarle que no sé ni lo que siento, que mis emociones están a flor de piel; quería que entendiera la impotencia que enfrento cada vez que veo en las redes sociales o en mensajes de WhatsApp la solicitud de más manos y que siento constantemente la "espinita" de salir al rescate.

Ojalá fuera Batman y con solo una señal pudiera acudir al auxilio. Ojalá fuera Batman, quien no tiene nada qué perder ni familia a la cual regresar después de cada batalla. Ojalá fuera Batman, un multimillonario con toda la capacidad y conocimiento para ser un superhéroe. Por más que le decía eso, lo notaba enojado conmigo.

No tenía por qué gritar a los cuatro vientos que pasé muchas horas ahí porque tenía la esperanza de que sacaran a alguien con vida.

Le cuestioné por qué estaba así y solamente me desaprobaba con su mirada. Le explicaba a ese mexicano que tengo una familia que también me necesita y descuidé los primeros días, que no tengo manera de quitarme de la cabeza la carita de mi hija de 4 años, parada adentro de la escuela sin saber qué estaba sucediendo, y yo no podía correr para abrazarla y darle seguridad porque el protocolo de la escuela dicta que nadie sale de la escuela, y yo parado detrás de la reja solamente podía abrazar fuerte a su hermanita de 2 años y tomar la mano de su mamá.

Quería que entendiera que es mi responsabilidad darle seguridad a mis hijas, que son muy pequeñas y obviamente ellas dependen de mí, no solo en lo económico, sino en su fortaleza y seguridad. Le repetí mil veces que si no lo hago, van a crecer siendo la siguiente generación con temores e inseguridades. También le dije que mañana tengo que regresar a trabajar, pues no soy una mina de oro. Si me ausento de mi trabajo no tendré dinero y si no tengo dinero, ¿cómo podré regresar a ayudar?

Traté de hacerle entender que esta primera etapa de rescate está por terminar y comenzará una etapa mucho más larga: la reconstrucción de los edificios, de la ciudad, de la confianza, de la valentía, de nuestra psique. Le mostré literatura en donde dice que el estrés postraumático puede presentarse hasta un mes después del evento y que puede permanecer en la población por muchísimos años si no se atiende. Todavía hay gente con TEPT del '85, más los que se sumen con el del '17. Nada de lo que le decía lo hacía entrar en razón. Ninguna de las justificaciones fue suficiente para que no me repitiera una y otra vez que aún podía hacer más, que no existía motivo como para detenerme un solo segundo.

Me dijo que ya habría tiempo para dormir y tomar un descanso, que si fuera mi familia si querría que todo México estuviera las 24 horas los 7 días de la semana sin descanso alguno. Me cuestionó que cómo podía decir que soy mexicano si pensaba ayudar menos tiempo que estos días pasados, mientras me enseñaba muchísimas noticias de gente que lleva sin dormir más de una hora continua desde el martes y miles de publicaciones en las redes sociales de mis propios amigos que no paran y no descansan.

Me siento mal, y sé que puedo hacer mucho más y quiero seguir ayudando. No tuve oportunidad de decirle que he cargado piedras, he pasado cubetas, he usado mazos, picos y palas —que aprendí qué son los polines— y decirle que puse en peligro mi vida muchas veces porque nunca había estado en una "zona cero".

Y no pude hacer más nada, simplemente porque estaba cuidando a mis dos hijas.

No tenía por qué gritar a los cuatro vientos que pasé muchas horas ahí porque tenía la esperanza de que sacaran a alguien con vida. Tampoco le dije que solo vi cuerpos y únicamente podía persignarme para llegar a mi casa a llorar y orar por todas las personas y sus familias. Nunca le dije que estuve más de 18 horas sin un solo segundo de descanso con las familias de dos personas que quedaron atrapadas en los escombros.

Él no sabía que me dolió en el alma tener que hacer relevo y no poder estar con ellos cuando les dieron las terribles noticias. No pude decirle que me hubiera encantado poder abrazar a cada uno de ellos. Parecía inútil decirle que no puedo sacarlos de mi mente y aunque solamente estuve con ellos esas horas, al final, me sentía parte de las familias. ¿Para qué le decía que lloré cuando me dieron la noticia?

Y no pude hacer más nada, simplemente porque estaba cuidando a mis dos hijas. Sigo sintiéndome mal por no seguir ahí y por no poder acudir a los llamados de auxilio. Cómo puedo poner una pausa si sé que mi papá en el 85 estuvo ayudando y mi mamá no ha parado un segundo en este 17, que he sudado varios días hombro a hombro con mis hermanos, que y que mi esposa se siente impotente por no haber podido ir a ayudar más.

Ese mexicano me condenó a que por el resto de mi vida me preguntara si podría haber hecho más de lo que ya hice y más de lo que voy a hacer; y sí, estoy condenado de por vida, pero también estoy condenado de por vida a vivir con ese mexicano que me va a reclamar cada vez que tenga oportunidad y tendré que compartir el mismo cuerpo y la misma mente con él. Por favor mexicano, perdóname, yo sé que siempre podría y podré hacer más de lo que realmente hago.

* Este contenido representa la opinión del autor y no necesariamente la de HuffPost México.