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Trump: el espejo en el que vemos nuestra realidad

13/02/2017 6:52 PM CST | Actualizado 13/02/2017 7:52 PM CST

Jose Luis Gonzalez / Reuters
Abundaron imágenes alusiva a Donald Trump, en muchos tamaños y formatos, durante la marcha de ayer 12 de febrero en la Ciudad de México.

Decenas de miles salimos a marchar ayer. A expresar rechazo e indignación ante las políticas de Trump. Ante sus prejuicios y la hipocresía con la que nos ha tachado de 'bad hombres' y ante la fuerza avasallante con la que amenaza nuestra dignidad.

Enviamos también un mensaje a nuestros migrantes, para decirles que no están solos, que exigimos a nuestro gobierno la defensa de sus derechos y que estamos listos para denunciar cada vez que éstos sean violados. Que estamos orgullosos (yo lo estoy) de nuestros familiares y amigos migrantes, y que no nos quedaremos callados ante esta aplanadora que intenta derrumbar el sueño que les hemos visto construir durante años: una vida mejor.

Reclamamos al presidente que nos defendiera "con firmeza y dignidad" y le recordamos que nos sentimos agraviados, todos los días, no por Trump, sino por nuestro propio gobierno ante la falta de eficacia en el combate a la corrupción y en la defensa de los derechos. Quien trató de descalificar la marcha tachándola de pro Peña, con dolo o no, se equivocó.

Quien trató de descalificar la marcha tachándola de pro Peña, con dolo o no, se equivocó.

En el tramo entre el Auditorio Nacional y el Ángel yo vi, en su mayoría, a ciudadanos que se movilizaron de forma espontánea, pocos contingentes, más bien parejas o grupos de 5 o 7 personas. Quienes tachan a la marcha de desangelada, desdeñan a quienes hicieron una pancarta, se juntaron con 2 o 3 amigos y se lanzaron a la marcha, sin tener bajo el brazo un altavoz y un repertorio de cantos y consignas contra el enemigo. ¿Qué más da si no hay grandes porras? ¿Quién extraña al maestro del megáfono cuando ve a abuelas marchando con sus nietos, en silencio?

Sin embargo, la discusión pre y post marcha revela la profundidad de las grietas que nos dividen. Prejuicios y realidades difíciles de disimular incluso ante amenazas tan claras como la del gobierno de Trump, que nos requieren a todos, unidos.

#vibramexico

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Lamento que a algunos les haya ganado el argumento de 'yo no voy a esa marcha porque ellos no fueron a la mía', o los señalamientos clasistas de que esta era una marcha de ricos "que van a dar un paseo dominical". Entiendo a quienes temían que la marcha fuera un símbolo de respaldo incondicional al gobierno mexicano o una manifestación para mantener los privilegios de unos cuantos, aunque creo que bastaba ver la diversidad de organizaciones convocantes para sacudirse ese temor. ¿Cómo se iban a prestar Amnistía Internacional, Artículo 19 y la Comisión Mexicana por la Defensa y Promoción de los Derechos Humanos a un montaje en favor de Peña o de una élite empresarial?

Entre rencores (reales y paranoides) y ambiciones, perdimos la oportunidad de enviar un mensaje más potente hacia el exterior, pero bueno, no se puede transmitir lo que no hay.

Nos desgastamos en discutir cuál es la forma correcta de marchar. Que si hay que ir al Zócalo en vez de al Ángel, que si prohibido vestirse de blanco, que hay que tener cuidado con palabras envenenadas como 'respetuosamente', que hay que ser más combativos, etc.

Resulta que sí, la calle es de todos, pero hay que pedir su ocupación de manera adecuada y solo si se cuenta con un digno currículum de asistencia y respaldo a marchas pasadas. Como si en estos momentos de caos hubiera unas causas más urgentes que otras y unos modos más legítimos que otros. Como si pudiéramos darnos el lujo de reservarnos el derecho de admisión a un movimiento social.

Por otro lado, enfrentarnos a Trump nos hace imposible atenuar la precariedad de nuestra relación con el gobierno. Ayer, los ciudadanos muy bien. Los políticos, como siempre, muy mal. En la concentración del Ángel, había gente infiltrada con la clara misión de apagar los gritos de "¡Fuera Peña!" revirando de inmediato con un "¡México, México, México!", al que, ingenuamente, se sumaban otros ciudadanos con entusiasmo. La conciencia de la animadversión que han generado entre la sociedad, y el miedo que los partidos políticos tienen ante una iniciativa 100% ciudadana, derivaron en un intento por manipular al movimiento y restarle credibilidad, de forma tan grotesca que resultó inocua.

En México los ciudadanos desconfían de quienes tratan de agruparlos, de quienes convocan, de quienes parecen perseguir algo más. La mula no era arisca, pues.

Entre rencores (reales y paranoides) y ambiciones, perdimos la oportunidad de enviar un mensaje más potente hacia el exterior, pero bueno, no se puede transmitir lo que no hay. No somos un país que respalde a su gobierno frente a otros, ni tenemos una sociedad civil lista para reaccionar con la inmediatez y contundencia que se necesita. No tenemos la legitimidad para señalar la paja en el ojo ajeno en materia de derechos humanos o igualdad de género; y eso nos hace actuar con tibieza y ambigüedad.

Es una tristeza que algunos hayan apostado al fracaso de la marcha y que otros estén buscando, ex post evidencia de que falló. La marcha no fracasó. La marcha logró, con éxito, activar a ciudadanos e involucrarlos en los temas públicos; usar las calles como espacio de expresión y diálogo de carne y hueso; responder a quien nos ataca desde una hegemonía mal entendida.

Fallamos antes, como sociedad, TODOS. Fallamos (seguimos fallando) cuando no logramos construir un mensaje claro contra Donald Trump. Fallamos cuando no supimos blindar una iniciativa ciudadana (#VibraMéxico) ante un embate autoritario disfrazado de llamado a la unidad (#MexicanosUnidos). Cuando dejamos que las etiquetas y los prejuicios pesaran más que la voluntad de expresar una demanda. Fallamos cada vez que estigmatizamos la movilización, de unos y de otros.

Rafael S. Fabres/Getty Images
¿Quién extraña al maestro del megáfono cuando ve a abuelas marchando con sus nietos, en silencio?

En México, los ciudadanos vibran. No es cierto que seamos una sociedad de apáticos. Las personas, en lo individual, simpatizan con causas, las defienden, se movilizan y se comprometen. Pero esta simpatía detona muy poca acción colectiva. Los ciudadanos desconfían de quienes tratan de agruparlos, de quienes convocan, de quienes parecen perseguir algo más. La mula no era arisca, pues.

Y esa es otra cosa que devela la coyuntura: cuánta falta nos hacen liderazgos auténticos y constructivos. Muchos llamados 'líderes de opinión' y 'líderes sociales' hablaron sobre la marcha y no, no convencieron. Flaco favor hicieron los políticos que respaldaron la marcha. Entre las figuras que persiguen el protagonismo, las que se prestan a manipulaciones del gobierno, las que descalifican sin fundamento, y las que promueven el rencor social y la división, los ciudadanos nos vamos quedando cada vez más solos y aislados.

En un país tan polarizado, lo fácil es unirse a la voz de los que dividen. El reto para quienes aspiran a encabezar movimientos está en conciliar. Trump llegó sin hacer ninguna concesión a los moderados; con base en falsos 'nuncas', 'todos' y 'siempres'. Que no nos pase lo mismo acá. El que generaliza, miente.

En el espejo de Trump vemos muchas de nuestras carencias. Las que ya conocíamos y las que toman forma cuando el autoritarismo toma forma aquí y allá.

*Este texto representa la opinión del autor y no necesariamente la de The Huffington Post México.

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