EL BLOG

Sueños clasemedieros bajo amenaza

12/01/2017 10:15 AM CST | Actualizado 12/01/2017 10:15 AM CST

HILDA RÍOS /CUARTOSCURO.COM
Miles de poblanos marcharon el 7 de enero por las calles del centro de la ciudad de Puebla en contra del gasolinazo y la reforma energética. Exigieron además la renuncia del presidente Enrique Peña Nieto.

¿Qué tienen en común los últimos dos temas que pusieron en pie de guerra a la sociedad (la que se puede hacer oír, por supuesto) y en aprietos a los políticos: el mal llamado 'impuesto a la plusvalía' y el alza en el precio de la gasolina?

No es solo el golpe al bolsillo de la gente, que se suma a otras coyunturas económicas, ni el deteriorado contexto político. Debe haber algo más, porque ni el aumento en el precio del aguacate, ni otras torpezas políticas del gobierno se han traducido en tales manifestaciones de inconformidad.

Los expertos dicen que es por la corrupción y el despilfarro. Claro, a uno le enoja que a los bueyes del compadre que está en el poder no les pase nada, mientras uno tiene que reajustar y reajustar su presupuesto. Estoy segura de que esto explica una buena parte del enojo. Pero nomás por agregar algo nuevo al debate, hagamos un ejercicio:

"¡Sólo quieren robar más dinero! ¡Lo preocupante de la gasolina es que se encarecerán otros productos!¡Yo pago mi predial y eso debería ser suficiente para pagar la infraestructura urbana!"

Lo que nos duele es la amenaza al estatus quo y a nuestras aspiraciones.

Si usted está de acuerdo con alguna de estas afirmaciones, dígame: si los diputados devolvieran sus bonos navideños, ¿aceptaría el alza de las gasolinas?; si se anunciara un subsidio dirigido solo a transportistas, ¿acabarían las protestas?; ¿estaría dispuesto a pagar predial a valor comercial en vez de catastral?

Si el transporte público fuera suficiente y más seguro, ¿reduciría el uso del coche?

Ahí les va una hipótesis complementaria:

Lo que nos duele es la amenaza al estatus quo y a nuestras aspiraciones. No nos gusta que nos digan que esas cosas por las que tanto hemos trabajado son más caras y nos traen menos bienestar de lo que pensábamos.

¿Cómo no entender tal encono social si las políticas federales de los últimos años no han hecho más que reforzar el paradigma de la casa propia y la movilidad en automóvil como símbolo de prosperidad, como referente de estatus en la clase media? Claro, a la hora de querer implementar políticas para que los precios de la gasolina reflejen el costo social del uso del auto, o para que el incremento del valor del suelo pueda ser reutilizado en favor de la ciudad, la población solo ve una amenaza contra sus legítimas aspiraciones de una mejor calidad de vida, tal y como se la habían prometido.

Nos ilusionaron con eso de la casa propia y no nos dijeron lo que significaba vivir a 2 horas de nuestro trabajo. Tampoco nos dijeron cuál era el costo real de la gasolina y la cruda realidad del tráfico. Parece justo exigir que el gobierno resuelva esos problemas de los que no nos advirtió: que subsidie la gasolina, que construya terceros pisos y que lleve agua hasta Zumpango.

Nos ilusionaron con eso de la casa propia y no nos dijeron lo que significaba vivir a 2 horas de nuestro trabajo. Tampoco nos dijeron cuál era el costo real de la gasolina y la cruda realidad del tráfico.

Todo bien con que el gobierno quiera seguir alentando esos sueños clasemedieros. Nomás que para eso, el gobierno tiene que desembolsar un montón de dinero de forma ineficiente, en perjuicio de otras inversiones más necesarias y progresivas, como el transporte público. El gobierno puede prometer lo que se le ocurra. Tontos los que le creemos. Ciegos si no queremos ver el costo social de exigir el cumplimiento de esas promesas.

En el Acuerdo anunciado recientemente, por fin se habló de transporte público. El presidente admitió que el Programa de Apoyo al Transporte Masivo (PROTRAM) solo tiene proyectos vigentes en cinco ciudades en un país donde 77% de la población vive en localidades urbanas, que tiene 54 zonas metropolitanas y 384 ciudades con más de 15 mil habitantes. ¡Cinco! Escándalo, ¿no? Bueno... casi nadie reparó en el dato. No queremos que nos prometan más metrobús. Queremos nuestra gasolina subsidiada.

Si no transformamos radicalmente la forma en que convivimos en las ciudades, los "golpes" a los viejos sueños clasemedieros van a continuar y serán cada vez más dolorosos.

La forma en que se invierte el dinero parece sugerir que el transporte público es sólo un servicio remedial, para atender a quienes no tienen coche, pero que llegará el día en que a todos nos irá mejor, compraremos auto y el gobierno no tendrá que seguir ofreciendo ese paliativo.

Moverse en coche y vivir en una casa sola es mucho más caro de lo que pensamos. Tanto, que no es sostenible. Si no empezamos a cambiar el discurso y las aspiraciones, en el ámbito público y en el privado, las decepciones seguirán. De hecho, si no transformamos radicalmente la forma en que convivimos en las ciudades, los "golpes" a los viejos sueños clasemedieros van a continuar y serán cada vez más dolorosos. Seguiremos protestando por los carriles confinados para la bici y el transporte, los parquímetros, el Hoy no Circula y el reglamento vial, en vez de exigir transporte público de calidad, accesibilidad universal en la ciudad, vivienda bien ubicada y asequible, y espacios públicos seguros, especialmente para las mujeres.

A ver si el gobierno deja de hacer promesas incumplibles. Muchos ya han señalado el error y la irresponsabilidad de haber prometido que la reforma energética tendría efectos positivos sobre los precios de la luz y la gasolina. En el mismo camino estamos si seguimos construyendo autopistas viales, prometiendo que van a reducir el tráfico.

*Este texto representa la opinión del autor y no necesariamente la de The Huffington Post México.

También te puede interesar:

- La hipoteca inversa y otras innovaciones para vivir en la ciudad

- La crisis y la última oportunidad para Peña Nieto

- El derecho a la Ciudad: ni hipster ni socialista