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Lo que significa llamarse Isis en la era de Trump

25/10/2016 5:10 PM CDT | Actualizado 25/10/2016 6:23 PM CDT

Cortesí­a de Isis Gaber
Isis justo después de recibir su anillo de graduada de la Universidad Texas A&M en Texas, a principios de este año.

¿Recuerdan cuando el profesor sustituto no podía pronunciar en la clase el nombre del niño "extranjero" y que siempre hacían una pausa para tomar aire y poder decirlo en voz alta? Eso me pasaba todo el tiempo. O como en la cola del Starbucks, ya estaba tan frustrada que mejor decía que me llamaba "Bob". Fue tal el asunto que cuando era chica deseaba mejor haberme llamado Ella, como la gran Ella Fitzgerald, o hasta como Ellen Woods. Dos mujeres, que, si bien eran tan diferentes, son fantásticas y muy inspiradoras.

No pretendo decir que apenas comencé a tener broncas con mi nombre, mi identidad y el hecho de ser "diferente". Como una ciudadana egipcio americana, inmigrante nacida en El Cairo, pero criada en los EU, y una mujer musulmana, ha sido difícil sentirme cómoda en mi propia piel, sobre todo en los Estados Unidos después del 9/11. Pero en tanto he crecido, he comenzado a entender lo histórico de mi nombre, y lo bello y valioso que es. Así que, antes de seguir con esto, me gustaría decir: gracias mamá y papá, por haberme concedido este regalo.

Isis, una diosa de la antigua religión egipcia, y luego adorada por todo el periodo grecorromano, es un auténtico modelo del matriarcado. Las feministas deberían considerar siempre a Isis como una temprana figura de poder.

No es ofensivo, no es un insulto racial, pero se siente totalmente inhumano.

El nombre a menudo se liga a la antigua palabra egipcia de "trono" y en su descripción arqueológica en los templos se le ve con un tocado a manera de trono. Este vínculo ha sido interpretado por lo general como una representación del poder del faraón.

Su fuerte influencia femenina me enseñó, desde muy chiquita y en una sociedad dominada por líderes masculinos, que las mujeres pueden tener también el poder. Yo también podía ser fuerte, poderosa e influyente.

Pero esta poderosa y majestuosa figura femenina ha visto un cambio cultural; desde una superheroína (allá a mediados de los 70), a ser el anzuelo para ganar clics en las cadenas de noticias de 24 horas. "¡Haz clic aquí!", "¡peligro, miedo!", "¡lee!", "¡en tu propio patio!" Y esta transformación tan dramática se dio a la par de mi entrada a la maestría en Texas.

Empecé a estudiar un programa de maestría en una escuela con nombre de uno de los presidentes de EU y esperaba que mis compañeros supieran o por lo menos tuvieran una idea que mi nombre significa más que la palabra pegadiza que los medios arrojan y con la que enumeran las atrocidades de un grupo terrorista (ISIS es el acrónimo en inglés del grupo armado Estado Islámico).

De Agostini/Getty Images
La diosa Isis, pintada a un lado de un sarcófago en el Museo del Antiguo Egipto, en Luxor.

La primera vez que me di cuenta de este cambio fue en mi primera experiencia de una fiesta antes de un partido de fútbol americano del equipo de mi escuela. Con una cerveza en la mano, emocionada por participar en un festejo estadounidense, me dirigí a un nuevo compañero que, irónicamente, estudiaba relaciones internacionales, y me presenté:

"Hola, me llamo Isis. Estudio políticas públicas".

"¿Cómo? ¿En serio? Seguro que tus papás se arrepienten por haberte puesto ese nombre".

¿Qué se puede contestar?

Sin saber bien qué hacer, solté una risilla y dije: "No. De hecho tiene muchos significados". Luego me volteé, me alejé y traté de olvidarlo.

Eso fue en 2014. Desde entonces, cada vez que conozco a alguien nuevo, y con las noticias atiborradas de encabezados que mencionan las "amenazas de ISIS sobre Europa", o "ISIS se vuelve global", me llegan nuevas versiones de "Qué mala suerte", o "Ay, qué mal".

Aquí podría detallar cada uno de esos momentos, pero, a decir verdad, me tomaría dos años de mi vida y prefiero no volver a pasar por ello. Mejor me reduzco a contar las experiencias que más me han afectado.

Es difícil no solo sentirse diferente, sino ser como una diana, un blanco señalado, nada más.

Fue en un aeropuerto (así es como arrancan las buenas historias) y volaba a Nueva Orleans para visitar a una amiga. Me emocionaba tanto el viaje pero más me angustiaba perder el vuelo. Parada en la fila en el aeropuerto de Houston, lo único que pensaba era: cómo puedo hacer que avancen más rápido... Finalmente, llegué a la oficial de seguridad que revisaba las identificaciones y le sonreí, amable, le entregué mi licencia de conducir del estado de Texas y le dije: "Hola, ¿cómo va todo?"

La agente me miró y me dijo: "Mmm, la verdad, deberías cambiar tu nombre". Lo primero que pensé fue: "¿Es en serio? ¿Qué puedo responder?" Luego pensé que una no puede ponerse a discutir con un agente de seguridad en el aeropuerto. Necesito abordar mi vuelo y no quiero que me elijan para una "revisión al azar", lo que de todos modos sería muy probable, otro síntoma del hecho de viajar siendo morenita. Así que sonreí y le dije "Ah, ok", recogí mi licencia y me alejé.

Cortesí­a de Isis Gaber
Isis posa frente al monumento de Texas en el Memorial de la Segunda Guerra Mundial en Washington D.C., realizando una señal característica de su escuela, la Universidad Texas A&M.

¿Puedes imaginar que una persona a la que no conoces que te diga que mejor deberías cambiar tu nombre? Se siente tan personal, ofensivo y, al mismo tiempo, es algo aceptable. No es ofensivo, no es un insulto racial, pero se siente totalmente inhumano.

Como inmigrante y como alguien que no tiene el perfil de un millenial estadounidense promedio, para mí está bien ser diferente. Pero, cuando esa etiqueta de la que nadie puede escapar, tu nombre, es una palabra que sueltan en los debates presidenciales, una palabra que fanáticos como Donald Trump, profieren para meter miedo, es difícil no solo sentirse diferente, sino ser como una diana, un blanco señalado, nada más.

En los debates presidenciales y a lo largo de este proceso electoral, la retórica de Trump ha consistido en incitar miedo con frases como "el terror del Islam", a lo cual él le da el mismo sentido que a "ISIS". Sin embargo, estos dos términos no tienen relación. El Daesh es una organización cuyos orígenes se encuentran en grupos que existieron en el régimen de Saddam Hussein, pero que como los conocemos ahora nacieron, en parte, por la invasión estadounidense a Irak en 2003. Este grupo, para nada representa al islam o a los musulmanes y tampoco me representa a mí o a los miles de bebés estadounidenses a los que llamaron Isis solo en la década pasada.

Y más que eso, basta con considerar el acrónimo del grupo: ISIS, que se supone era una traducción forzada del nombre árabe del grupo. Daesh (Al-Dawla Al-Islamiya fi Al-Iraq wa al-Sham o en español: Estado Islámico de Irak y el Levante). Pero en los recientes conflictos entre EU y organizaciones terroristas, la traducción del nombre no tiene precedentes. Nunca traducimos Al Qaeda, así que, ¿por qué traducir este? ¿Por qué crear este término y asociarlo con una palabra que ya tiene un significado positivo para mucha gente? ¿Para que gente como Donald Trump y los conductores de Fox News y CNN la profieran y capten la atención del público?

Digo Isis y, ¿en qué piensas? Terrorismo, muerte y casi todos los términos negativos que los medios encuentran en el diccionario.

Estos recursos retóricos, utilizados por personajes poderosos (solo hay que ver a los líderes del Comité Nacional Republicano) que escupen odio, de alguna manera se han vuelto aceptables para que el público los use y así se extienda de manera similar el odio. Y eso ha llegado a lugares y rincones que uno no esperaría, como cuando es necesario tramitar una nueva tarjeta del seguro social, comprar un trago en un bar, ante familiares y amigos, y la lista sigue y sigue. Ahora la sociedad escucha ciertas palabras o siglas y las relaciona con imágenes a menudo mal fundamentadas. Es la versión extrema del test clásico de asociación de ideas en el que te presentan imágenes y te piden que digas la primera palabra que pienses. Digo Isis y, ¿en qué piensas? Terrorismo, muerte y casi todos los términos negativos que los medios encuentran en el diccionario. Ya no soy una figura femenina de relieve. Me han reducido a una asociación de ideas. Una odiosa asociación.

Así que, Sr. Trump, déjeme decir que quizá usted sepa cómo se maneja un negocio (con excepción de las veces que ha tenido que declararse en bancarrota), y quizá sepa cómo crear una marca (Trump Steaks... ¿en serio?), pero yo, con una maestría en Servicio Público y Administración, musulmana y una mujer que comparte su nombre con el grupo que utiliza para sembrar el odio ante los electores, conozco más de políticas públicas y gobierno de lo que usted sabe o podría llegar a saber.

No quiero lástima, quiero cambio.

Quiero que la sociedad deje de tener esta práctivca de reiterar las mismas cosas las 24 horas en ciclos noticiosos para conseguir ratings y clicks. Necesitamos estar por encima de la desinformación infinita, las etiquetas equivocadas y los temores.

Quiero que dejen de decirme que mi nombre es "desafortunado" (Te estoy viendo Jimmy Kimmel) y que los baristas dejen de tener miedo al gritar mi nombre, o que inmediatamente asuman que es un juego, una broma. "¡Hay una bomba, escóndanse!"

Mi nombre es Isis. Soy estadunidense, mujer y electora. No aceptaré tu odio o tu ignorancia.

¿Qué hay en nombre? Mi valor, no. Mi poder, sí.

Y en algo a mi favor, al menos cuando voy a Starbucks todos saben cómo pronunciar y decir mi nombre.

Este artículo fue publicado originalmente en The Huffington Post.

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