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'La batalla de los sexos' o de cómo no hemos aprendido nada

11/11/2017 7:15 AM CST | Actualizado 11/11/2017 10:38 AM CST

Melinda Sue Gordon / Twentieth Century Fox Film Corporation

Es 1973, Billie Jean King es la mejor tenista estadounidense. Es admirada por el presidente y su carrera está en su punto más alto. Pero su éxito es menospreciado por aquellos que piensan que un deporte es más valioso si se juega entre hombres. Basada en hechos reales, la película La batalla de los sexos (Valerie Faris y Jonathan Dayton, 2017) arranca cuando la recién coronada campeona, interpretada por Emma Stone, se entera de que Jack Kramer (Bill Pullman), el promotor de tenis más influyente de los 50 y 60, ha decidido que el premio en dólares para los hombres ganadores del tour será ocho veces mayor que el de las mujeres. El argumento: la gente paga boletos para ver a los tenistas (y no las tenistas) competir.

Kramer presenta sus razones enumerando hechos: los hombres son más rápidos, más entretenidos, más fuertes. Hechos, en sus palabras, biológicos. Pero Billie Jean y Gladys Heldman (Sarah Silverman), promotora del tenis de mujeres y fundadora de la revista World of Tennis, no ceden ante las amenazas y deciden hacer su propio tour con las mejores mujeres tenistas de la época, una apuesta que comienza con un dólar simbólico que todas aceptan por defender el valor de su trabajo y la equidad económica.

Así comienza una batalla ­–que a la fecha no ha terminado­–, primero por encontrar los recursos para sostener una gira independiente, luego por ganarse el respeto del público y la comunidad deportiva y finalmente por demostrar que ellas atraen tanto interés como sus contrapartes masculinas.

Paralelamente, mientras las tenistas comienzan a consolidar su gira y ganar seguidores, Bobby Riggs (Steve Carell), excampeón de tenis, ludópata y estafador profesional, personaje irreverentes cuya necesidad patológica por atraer la atención resulta patética de principio a fin (lo cual hace a Carell una excelente decisión de casting), se pregunta qué le da derecho a estas revoltosas de quejarse si él, multigalardonado tenista al borde del olvido, nunca obtuvo suficiente.

#SteveCarell and #EmmaStone as Bobby Riggs and Billie Jean King at the #BattleOfTheSexes presser in 1973 🎾

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La narrativa se teje en dos líneas paralelas, una estructura poco arriesgada y bastante común en películas "basadas en hechos reales", no obstante, resulta efectiva. Las líneas se acercan cada vez más hasta que inevitablemente se cruzan, permitiéndonos seguir los pasos de Billie Jean y la gira de tenis femenil al mismo tiempo que Bobby Riggs cocina lo que, en su cabeza, será su más grande espectáculo (además de una pequeña mina de oro): jugar contra la campeona y derrotarla en una humillación pública hípermediatizada.

Y aunque en términos de estilo y recursos cinematográficos la película no ofrece grandes innovaciones (utiliza una fórmula bastante sencilla en la que fuerzas antagónicas se preparan para un enfrentamiento final para el cual se hace un build-up a través de montajes e intercortes que, si bien son dinámicos, resultan un tanto repetitivos.

El estilo del filme recuerda un poco los recursos utilizados en Argo (Ben Affleck, 2012): la historia adquiere un valor adicional cuando al final de la película vemos fotos para reiterar que sí sucedió. ¡Y mira, hasta se parecen! Incluso el inicio de la película con el logo de la Fox de los 70 es un toque que pretende hacernos entrar en un plano de híperrealidad (falsísimo, por supuesto) desde un principio.

A pesar de que la historia es real y sí cambió para bien el mundo del deporte, a veces parece que no hemos aprendido nada.

Pero a diferencia de Argo, los temas ideológicos que se tocan en La batalla de los sexos resultan refrescantes incluso para una película sobre el movimiento de liberación femenina y derechos de las mujeres. Además de que la heroína es poco convencional –una mujer motivada por su pasión y por la irrebatible lógica de que el mismo trabajo merece el mismo reconocimiento (económico y público) que no se adhiere al cliché de activista ni al de la deportista incapaz de tener una vida fuera de su trabajo–, esta película no cae en los conflictos fáciles, sino que se concentra en cosas mucho más relevantes.

El tema que más recalco es el de la sororidad. La cinta no se nutre de conflictos entre las mujeres que integran el torneo, sino que plantea una relación cordial que sobrevive a cualquier reto porque están unidas en una lucha más grande; las rivalidades, los chismes y los dramas simplemente no forman parte de la película. En lugar de eso vemos mujeres que se apoyan, que se divierten, que bromean y se vuelcan con toda su pasión a hacer lo que aman y defender lo que creen. Ni siquiera los personajes que no coinciden en términos ideológicos con la protagonista dan pie a una representación gastada de los celos femeninos y la traición. Ni siquiera para efectos de drama. Eso hay que aplaudirlo.

En segundo lugar se agradece que la homosexualidad sea parte integral de la construcción de un personaje y no un recurso para el conflicto fácil. El personaje de Billie Jean pasa por una serie de emociones nuevas que intenta digerir en el contexto en el que se desarrolla, ante la presión pública de ser la campeona y de ser la cara de un equipo que depende en gran medida de ella. Sin embargo, más allá de los momentos sensoriales para plantear la atracción entre dos mujeres que rayan en lo cursi, la homosexualidad no se plantea como un problema. Es, si acaso, un descubrimiento y no se transforma, en ningún momento, en un triángulo amoroso que cobre más peso que la trama central.

Se agradece que la homosexualidad sea parte integral de la construcción de un personaje y no un recurso para el conflicto fácil.

Pero quizá lo más importante sea lo más obvio (y triste en un mundo en el que los hombres insisten en ser protagonistas de cosas que no les conciernen, desde una gira de tenistas mujeres, hasta una marcha por feminicidios en la Ciudad de México). Y es que, a pesar de que la historia es real y sí cambió para bien el mundo del deporte, a veces parece que no hemos aprendido nada.

En 2015 un reportero le preguntó a Serena Williams por qué no estaba sonriendo después de ganar un partido contra su hermana. Es lo que se espera de una campeona, ¿no? Y no fue la primera ni será la última vez que a una deportista se le exija, además de ganar, sonreír ante la cámara. En julio de este año, un reportero afirmó en una conferencia de prensa que desde 2009 ningún tenista estadounidense había llegado a una semifinal importante hasta Andy Murray, quien lo corrigió en ese mismo instante y aclaró que ningún tenista hombre había llegado a una semifinal importante. Pero detrás de esa afirmación hay un entendido tácito: es que ellas no cuentan. Este tema, pues, no solo es vigente sino urgente. Y si se va a hablar de hechos, empecemos por el hecho de que las mujeres en los deportes aún son tratadas con condescendencia, como si las ligas femeniles sólo fueran un apéndice de lo que sí es importante.

Algo similar sucede en el cine. Hay quienes argumentan que los grandes estudios no apuestan por películas protagonizadas por mujeres (o por lo menos no con el mismo grado de inversión) porque no venden la misma cantidad de boletos. Me parece que cosas que se dan por el estado de una industria no pueden considerarse hechos. Pero esperemos que esta película, diseñada por su estudio para ser un hit, demuestre lo contrario.

Esta texto fue ganador de la primera edición de Los Cabos Lab, concurso de crítica cinematográfica organizado por Los Cabos International Film Festival y HuffPost México con el objetivo de brindar un espacio educativo e impulsar a nuevos talentos dentro del marco de su sexta edición.

*Este contenido representa la opinión del autor y no necesariamente la de HuffPost México.