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El derecho de los hijos a elegir religión por voluntad propia

15/09/2017 8:23 AM CDT | Actualizado 15/09/2017 10:39 AM CDT
Gretta Hernández

A media ensalada, el padre de mi hijo Leonardo, ordenó: "Debes hacer tu primera comunión". Guardé silencio y enfoqué mi atención en la escena. Leo, molesto, preguntó: "¿Por qué?"

—Porque es un deber religioso —continúo el padre—. Soy católico y quiero que tú continúes con los sacramentos de la iglesia.

—Yo no soy católico —protestó Leo.

—Irás al catecismo y harás tu primera comunión, debes hacerlo para continuar tu formación como católico —insistió su padre.

—¿Acaso no me oíste? No soy católico, no creo en tu dios, ni en ningún otro. Soy ateo y quiero que respetes mi decisión —respondió Leo.

Levanté ambas cejas, estaba sorprendida. Mi hijo de 9 años defendía su derecho a la libre elección de credo. Creer o no creer, ese no era el dilema de la mesa, el dilema era la imposición de un rito que estaba muy lejos de corresponder a las creencias de Leonardo.

—Todo es tu culpa —me recriminó su padre.

—Pero yo sí creo en Dios, es tu hijo el que decidió no creer —tartamudeando contesté.

Muy molesto el padre sentenció: "Irás".

Sin perder los estribos, ordené al hijo que se marchara a su recámara.

Estaba muy sorprendida. Cuando Leo nació, su padre y yo decidimos que la única ceremonia a la que llevaríamos a Leo sin su consentimiento sería el bautizo. Él, por la religión católica y yo por Kriya Yoga, una doctrina proveniente de la India. Deseábamos que el hijo escogiera su propio sendero religioso para amar a Dios. Pensábamos que Dios era un camino de búsqueda personal y de amor. No de tradición.

Ocho años después del bautizo estaba por entablar una seria discusión para defender la opinión de mi hijo. Me sorprendía que después de los abusos sexuales de los padres y sacerdotes católicos, de la opulencia con la que vivían algunos de ellos, estuviera exigiendo a su hijo la primera comunión. Tantas veces coincidimos en que Dios carecía de copyright, que podíamos encontrarlo fuera de los templos y que su nombre era sagrado en cualquier idioma.

No discuto el derecho que tienen los seres a profesar la religión que deseen, lo que discuto es el derecho que también tienen los niños a decir no.

Ahora él había cambiado de opinión y amenazaba con obligarlo.

"Yo me acuso de no saber cómo transmitirle el amor de Dios a Leonardo", le dije con tono conciliador. Intenté ponerlo a meditar, a hacer yoga conmigo, pero nunca lo obligué, ni siquiera le insistí. Ha escuchado mis oraciones y mi "gracias a Dios", pero no lo encaminé. Pensé que él sentiría el "llamado" y optaría por volverse kriyaban y no fue así. Sin embargo, no estoy decepcionada.

Yo crecí en un hogar agnóstico y agradezco infinitamente no haber sido torturada con "el pecado original". Recuerdo a mi padre ordenar a mi madre y abuela paterna no hablar de Dios en la casa. No recuerdo imágenes de Cristo con rostro ensangrentado, como el que tenía mi otra abuela en la cabecera de su cama. Era un holograma que abría y cerraba los ojos cada vez que me movía y la imagen me llenaba de terror. "Dios no podía ser eso", me decía a mí misma para quitarme el miedo y brincar sobre la cama.

Pero mi otra abuela, tenía sus propios planes y con el pretexto de "no alcanzar a leer las letras diminutas de la Biblia" me ponía a leer en voz alta. Recuerdo leer el Génesis. Recuerdo preguntarle:

—¿Y los dinosaurios, abuela? ¿Por qué no hablan de los dinosaurios?

—Porque son un invento de esa bola de científicos herejes que nos quieren apartar de dios —contestaba la abuela Rafaela.

Yo reía para mis adentros y seguía leyendo. Me gusta leerle a mi abuela. Me gustaba imaginar las tierras lejanas que describía aquel grueso libro. Mi abuela no sabía que en realidad yo solo le creía a un hombre: Carl Sagan.

Tenía 9 años y no había sido bautizada, me daba gusto decirlo. Pero mi querida Rafaela se iba a asegurar de ver a sus nietas salvadas del limbo. Así que un día con la amenaza que pronto moriría, pidió como último deseo "ver bautizadas a sus nietas". Y allí comenzó mi suplicio.

Me dijeron que debía buscar un nombre católico porque Gretta Penélope sonaba muy apóstata. Escogí Mariana, ni siquiera sé por qué, pero Rafaela estaba muy contenta con la elección. La elegida de dios, decía.

¿Se pueden imaginar mi largo nombre en el acta de bautismo? Mariana Gretta Penélope, o quizá era Gretta Penélope Mariana. ¿Gretta Mariana Penélope? Ya no lo recuerdo y el acta debe estar en algún cajón del archivero de mi madre en el folder de 1987. Tenía 12 años y morí de vergüenza al entrar a la iglesia y verme rodeada de tanto infante, morí de vergüenza al ser obligada a realizar un ritual en el cual no creía. La abuela no murió hasta muchos, muchos años después y yo siempre la amé, aunque nos haya chantajeado.

Y ahora me encontraba en una situación similar. No discuto el derecho que tienen los seres a profesar la religión que deseen, lo que discuto es el derecho que también tienen los niños a decir no.

Dios tiene sus formas de tocar nuestros corazones, incluso a aquellos que se nombran sin dios.

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