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De las infidelidades al amor verdadero y todo lo que hay en medio

13/02/2018 8:20 AM CST | Actualizado 14/02/2018 8:43 AM CST
Gretta Hernández

¡Ah, la infidelidad! Una palabra que nos hace removernos del asiento. En lo personal, no me sentí herida al saber que el dueño de mis quereres hubiera entregado la piel a otro cuerpo, es decir, el sexo no es lo que me atormentó, fue la mentira.

He padecido la infidelidad de muy distintas maneras. Unas han sido descaradas, otras humillantes, y otras, aunque resulte extraño, divertidas.

Empezaré relatando la divertida. Mi amiga Flor y yo vivíamos en un departamento al que los lugareños apodaban "El edificio de las brujas". Si bien mi amiga y yo experimentamos sucesos espectrales en esa casa, el episodio extrasensorial que se manifestó fueron unas bragas femeninas colgando del tendedero y que a todas luces no pertenecían a ninguna de las dos.

Eran de color azul pastel y con el encaje roto (pero, ¿quién usa esos colores en la ropa interior?)

Mi novio de aquel entonces llegó a casa y se entretuvo en el baño, o eso dijo él. Cabe señalar que el diseño arquitectónico de la vivienda era de la época virreinal. A la entrada del departamento estaban el baño y la cocina con un pequeño patio de lavado. Después un pasillo al aire libre que comunicaba a las cuatro recámaras. De tal suerte, que para salir de casa, forzosamente debíamos atravesar el patio.

Y allí, vi oreándose a la luz abrasiva del medio día, los horribles calzones azules. Me detuve, los quité del tendedero y los inspeccioné. El novio me miraba petrificado.

—Estas bragas no son mías, ni de Flor —afirmé con seriedad. ¿De dónde salieron? Con mirada retadora observé al novio, quien de piel canela pasó a leche diluida con agua.

—¿Acaso tú los pusiste aquí? —pregunté. No, no, no. Tartamudeó. Con parsimonia fui por unas tijeras y corté en trozos la prenda. Mi novio se deshacía como gelatina en microondas. Después los arrojé al cesto de basura.

—Tendrás que decirle a tu querer dos cosas: una, que aprenda a coser. Y dos, deberá comprarse unas bragas nuevas— anoté estoica para después rematar— y tú tendrás que aprender a ser honesto.

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The kissing couple separated and breaks a parte - their bond is broken

Tiempo después me confesó que su "otra novia" echó los calzones en su mochila con todo el deseo de boicotear el desliz que tenía conmigo, o ¿era al revés? Cuando Jesús llegó a mi casa y buscó las llaves los encontró, se puso tan nervioso que lo único que se ocurrió fue colgarlos y hacerme creer que eran de mi roomie... qué pobre imaginación.

No todas las infidelidades duelen igual, ni dañan de la misma manera. La que a mí más me hirió fue la de Juan (los nombres de hombres que usaré serán pseudónimos). Yo tendría quizá unos 26 años y Juan me llevaba diez. En repetidas ocasiones Juan llegaba a mi casa con moretones en el cuello y con el cabello oliendo a sexo. Ante mis iracundos reclamos, él confesaba "que ella lo había obligado". Y yo en lugar de salir huyendo de esa relación, consideré que debía esforzarme más. Ser más bonita, más inteligente, más delgada.

No sé por qué durante dos años acepté ese tormento.

Pese a todos mis esfuerzos, Juan nunca quiso verme como su novia y eso a él le parecía que le concedía la libertad de acostarse con otras chicas. A mí lo que me hería de muerte no era el engaño, era no ser "la elegida".

No sé por qué durante dos años acepté ese tormento. Si con los seres que conforman tu núcleo tienes una relación que puede ser laboral, paternal y hasta vecinal, ¿por qué a la persona con quien compartes caricias y secretos no la reconoces "en una relación"?

¿Qué falta para que sea una relación?

Minada por sus constantes deslices decidí mudarme de casa, cambiar mi número telefónico y romper cualquier vínculo con él. Fue la única manera de salir de una relación tan destructiva.

Sin embargo, el síndrome de la mujer "no elegida" lo seguí cargando en el magma de mi mente y estropeó mis futuras relaciones.

A Jaime lo conocí en el trabajo. Era un hombre común, con una vida común. Era caballeroso y amable. Después de dos relaciones con hombres ególatras, salir con un chico sencillo, me venía muy bien, pero incluso aquellos que van por la vida con la bandera de "hombres de bien", pueden tener un doble rostro.

No deseaba que los celos y la paranoia me dominaran, así que mis siguientes relaciones fueron abiertas.

A principios de este siglo los correos electrónicos tenían muchas fallas. Se debía contar con varias cuentas en distintas compañías para asegurar el acceso. Recuerdo estar trabajando desde casa, era de noche y mi servicio de Yahoo no funcionaba bien. Jaime llamó a casa y llorando le expliqué mi desesperación, gentilmente él me ofreció el correo alternativo que tenía en Terra. Me dio la clave de acceso y entré. Dicen que cuando una infidelidad desea ser expuesta, las señales flotan en el aire.

Mandé mi trabajo y en la bandeja de entrada leí frases de "te extraño", "me haces sufrir". Evidentemente, los leí.

Ante mis ojos desfilaron encuentros furtivos. Él le decía que la amaba, que se sentía atrapado en una relación vacía y ella lo atacaba llamándolo "cobarde" por no terminar conmigo. Rompí en llanto. La lluvia golpeó los cristales de las ventanas y se llevó luz. Quedé en completa oscuridad, aunque en mi mente aún brillaba el contenido de los correos.

A lo largo de la relación, Jaime repitió varias veces que debido a mi "carácter locuaz", era más fácil que yo le pusiera el cuerno. ¿Basado en qué dedujo semejante disparate? Con Jaime me dolía la mentira, me dolía su juicio flamígero, me dolía su pose de samaritano frente a la sociedad.

Al siguiente día imprimí los correos donde descubrí su amorío, saqué las pocas pertenecías que él tenía en mi casa y las lleve a casa de unos amigos en común.

Cuando le reclamé, él —lindura de hombre— se ofendió por "invadir su privacidad".

Tras varios intentos por demostrarme que la relación con la otra mujer era cosa del pasado, accedí a volver a intentarlo, pero me sumergí en una paranoia que no pude controlar. Revisaba su celular, el contenido de su cartera, los bolsillos del pantalón, la guantera del auto.

"¿Qué estás haciendo?" me pregunté una tarde en que él se bañaba y yo abría las notas del lavado de auto, por si encontraba una pista de su nueva infidelidad.

Tener a la misma persona en la cama todos los días no significa ser leal.

Cuando me vi a mí misma, me avergoncé. Si algo aprendí del matrimonio de mis padres es que papá y mamá fueron muy discretos en su vida privada. Nunca vi a mamá esculcar las pertenecías de papá, ni escuché reclamo alguno. Si alguno de los dos cometió infidelidad, fue asunto de ellos. Yo crecí en un hogar donde existía la confianza.

De esa relación salí en calidad de trapo, solo creía en una fidelidad: la mía. Sin embargo, no deseaba que los celos y la paranoia me dominaran, así que mis siguientes relaciones fueron abiertas. Reconozco que me fortalecí a mí misma en el free love. Aprendí a observar mis sentimientos, a controlar las expectativas hacia los otros y sobre todo, a entender que el cuerpo, ni la mente, mucho menos el espíritu de mis compañeros me pertenecía. Solté, solté y me fui al otro extremo. Todo lo que me sonara a noviazgo convencional me resultó aburrido.

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Reconozco que me fortalecí a mí misma en el 'free love' .

En aquel tiempo tuve una relación que si bien era abierta, también fue leal y no me refiero a la piel. Leal a las necesidades de mi alma. Estuvo conmigo en momentos difíciles, me ayudó a creer en mí. Fue paternal y gran compañero. Con él entendí que la fidelidad se construye de distintas maneras. Que tener a la misma persona en la cama todos los días no significa ser leal.

Los lazos se basan en la comunicación, la reflexión, un proyecto de vida similar, la libertad, la confianza. Me enamoré y al expresárselo, él terminó la relación. No supe, hasta ese momento, que las cualidades incluidas en el paquete de hombre maravilloso contenían una cláusula: no enamorarse.

En historias paralelas, un amigo descubrió que su mujer le era infiel con otra mujer. Una amiga con sus propios ojos constató que a su marido le gustaban las mujeres mayores, pero muy mayores. Él tenía 40 y ella 70.

Ser fiel a los impulsos de la sexualidad en una sociedad prejuiciosa como la nuestra es un acto de valentía, pero la vida no pide pasaporte, de nosotros depende si nos subimos al tren o nos quedamos en el camino engañándonos o engañando a otros.

Ahora, mi concepto de pareja y fidelidad están redefiniéndose. No tengo prisa por saber qué camino me dictará el corazón. Lo que me queda claro es que, como decía Edith Piaf: "Quiero un hombre en mi vida, no en mi casa".

P. D. Feliz día de San Valentín

*Este contenido representa la opinión del autor y no necesariamente la de HuffPost México.