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Cuando mi hijo y su mejor amigo fueron víctimas de parientes prejuiciosos

14/08/2017 6:01 AM CDT | Actualizado 15/08/2017 8:20 AM CDT

GeorgeRudy via Getty Images
"No escribo esto para que se compadezcan de mi hijo, sino para que si ustedes lo hacen, o permiten que alguien en su hogar lo haga, dejen de joder la infancia".

Benjamín es el mejor amigo de mi hijo Leonardo. Ambos van a la misma escuela, son de la misma edad, son hijos únicos y son amantes de los videojuegos. Benjamín, religiosamente, llamaba a Leonardo todos los días a las 4 pm. Hablaban de cómo superar un nivel, si hay ofertas para espadas legendarias, cómo conseguir un cofre con monedas de oro. Después de 40 minutos de una conversación que solo ellos entendían, se despedían sin aspavientos.

Hace unos días, dejamos de recibir sus llamadas. Leonardo marcó durante tres días consecutivos y Benjamín apenas tomó la llamada. Leo se sintió triste y solo. Se preguntaba qué habría pasado con su amigo.

¿Acaso le dijo algo que lo ofendió y que ya no quiere ser su amigo? Mi hijo no encontraba respuestas y su tristeza aumentaba, sin embargo la relación en la escuela permanecía intacta. Seguían siendo los grandes camaradas.

Mi hijo no encontraba respuestas y su tristeza aumentaba, sin embargo la relación en la escuela permanecía intacta.

Preocupada por el silencio, invitamos a Benjamín a comer a la casa. Con la panza llena de pizza de pepperoni y agua de piña con apio, pregunté al buen Benjas por qué ya no llamaba a casa.

El niño —que es un encanto de escuincle— muy molesto confesó que cada vez que marcaba el número de nuestra casa para hablar con su amigo, sus tíos y abuelos le decían en tono burlón: "¿Ya le vas a marcar a tu novio?"

Lo molestaron a tal grado que decidió no volver a llamarle a mi hijo.

Se hizo un silencio en la mesa, contuve mi furia para no decir una barbaridad y con tono maternal dije a Benjamín: "No debería importante. No dejes que la amistad se arruine por sus comentarios".

Ambos niños guardaron silencio. Siempre es difícil hurgar en los sentimientos de los pequeños. A veces Leo es un pajarito a quien debo arrojarle arrocito por arrocito para traerlo a mi ventana. "Bueno, pues ¡a jugar!", les grité y los niños corrieron al videojuego.

Recogí los trastos sucios y busqué la manera de intervenir "siendo políticamente correcta". Por la noche llevamos a Benjamín a su casa y con una falsa sonrisa dije adiós a la madre desde la ventanilla del auto.

Debemos educar a seres que ayuden a crear sociedades donde quepamos todos.

No habíamos doblado la esquina cuando mi hijo, sabiendo que soy de armas tomar, me pidió que por favor no le dijera nada a la madre de Benjamín. Tenía miedo de que además de las llamadas, le negaran las visitas a la casa.

"Está bien, amor, como tú me digas, pero debes saber que Benjamín y tú pueden llamarse todas las veces que quieran, pueden verse en la escuela, en la calle, en el parque y tener una relación de amistad. Lo dicho por su familia es una tontería, un prejuicio absurdo y barato. Su madre debió intervenir y hacer respetar el derecho que tiene Benjamín a tener amigos y relacionarse con ellos como le venga en gana, bueno casi..."

Callé cuando noté que mi voz se elevaba y mi hijo me ponía "ojitos" de fastidio.

Estúpidas bromas, estúpidas maneras de agobiar a un niño de 10 años. Ahora hay dos niños que después de la comida, se quedan mudos, encerrados en sus respectivos hogares.

No escribo esto para que se compadezcan de mi hijo, sino para que si ustedes lo hacen, o permiten que alguien en su hogar lo haga, dejen de joder la infancia.

¿Por qué no los dejamos ser niños? ¿Por qué sexualizarlos? ¿No ayudaríamos a crear mejores seres humanos si fortalecemos los valores de la amistad, el respeto y la confianza?

Pasaron los días y yo cumplí mi promesa y no hice mención a la madre sobre el asunto. Benjamín sigue sin llamar a casa, pero ahora cada 15 días hay invitación a la casa. Sus cretinos parientes podrán sacar sus decimonónicas conclusiones.

Mientras tanto, a cada mordisco a la pizza de pepperoni, yo arrojo a la mesa un pequeño discurso sobre la libertad que tenemos los humanos de relacionarnos con aquellos que nos hacen sentir a gusto en su presencia. Que nos quieren y nos respetan. Sin importar el sexo, color de la piel o religión.

A final de cuentas, debemos educar a seres que ayuden a crear sociedades donde quepamos todos. ¿O no?

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*Este contenido representa la opinión del autor y no necesariamente la de HuffPost México.

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